Hace pocos días apareció la noticia de que la universidad de Oxford ha propuesto reducir los estudios sobre música clásica en beneficio de otros “más globales”, “que no sean cómplices de la supremacía blanca” y “que no angustien a los estudiantes negros”. Por mucho que la propia universidad trate de justificar que no se eliminarán esos estudios, los motivos que han impulsado a modificar los planes son repulsivos y se trasluce el objetivo verdadero que está detrás: la desaparición de la cultura europea y la raza blanca.

No es un suceso particular, se debe entender en su contexto global, arrastrado por la reciente propagación corrosiva del movimiento BLM que ha llevado a censurar películas, derribar estatuas, arrodillar a los blancos y otras muchas humillaciones. Evidentemente, no deriva todo de allí, el odio a la raza blanca empieza de mucho antes, ya que noticias de esta índole ya han aparecido antes, como la propuesta de eliminación en los planes de estudios de filósofos como Platón o Kant por ser blancos y “colonialistas” en la universidad de Londres.

En la misma línea, el hecho de representar las óperas de una forma iconoclasta, al incorporar elementos anacrónicos o de cualquier otro tipo sin ninguna relación con el drama representado, es también otra forma de mostrar desprecio por la obra original y su autor, que generalmente (por no decir casi siempre ya que la ópera es un género propiamente europeo) es un blanco.

Por tanto, el hecho de haber propuesto cambiar estos estudios es una señal del objetivo real; no angustiar menos a los estudiantes negros como dicen, sino despojar a los blancos de su historia, de su tradición, de su música, de sus ancestros, de su raza. Cuando se ofreció a los europeos el reggaetón y otras músicas de origen negro, se les apartó de sus propios ritmos y melodías, algo que ya decía William Pierce, conocido comentarista americano, hace más de 30 años. Si ya son pocos quienes se sienten atraídos por la música clásica y quienes la conservan, ya sea dedicándose profesionalmente o simplemente escuchándola o tocando alguna pieza en casa, situaciones como ésta producida en Oxford ponen aún más en peligro la persistencia de la cultura europea.

En definitiva, se trata de una guerra cultural contra los blancos, sin usar armas de fuego, sino otras más discretas, sofisticadas, que apuntan a minar el sentir europeo, la raza blanca en general y toda su cosmovisión a nivel cultural, espiritual, filosófico, de tradiciones… Los blancos han tenido mucha importancia en el trascurso de la historia y esto es algo que se quiere eliminar porque molesta a otras etnias. Por tal razón se les debe debilitar, haciéndoles adoptar contenidos de otros pueblos en detrimento de los suyos propios y, de manera paralela, haciendo que se reduzca su población (algo importante a destacar en esta guerra cultural).

Para concluir, como ya conocemos sus malignos propósitos, el paso siguiente es saber cómo reaccionar a ello. La mejor manera es seguir cuidando la tradición heredada, bien en casa o como profesional y transmitirla a los descendientes. Solamente así es como se puede perpetuar su recuerdo, en lo que a mí me concierne, por nada del mundo me vería privada de escuchar alguna sinfonía de Beethoven, una ópera de Wagner o una polonesa de Chopin. Su música es tan elevada que por nada del mundo se debe perder.