Soy un español sin rentabilidad social por decreto del gobierno social comunista que tenemos en España

Hace casi dos años, cuándo estábamos en plena primera ola de la pandemia, escribí sobre las personas sin rentabilidad social .Quienes eran estas personas quedó reflejado en un artículo bajo el nombre de El Lamento de un soldado.

Quería reflejar en aquel artículo la crueldad con la que el sistema sanitario mejor del mundo, por orden de las autoridades sanitarias del gobierno español,  había decidido que los ancianos con más de 65 años eran personas sin rentabilidad social, ya estaba amortizada su vida para la sociedad y eran un lastre que debía ser abandonado.

Ya nos hemos olvidado de los cientos y cientos de ancianos que fueron confinados en sus habitaciones en las residencias, aislados de sus seres queridos, solos con su paracetamol que era lo que se prescribía y con la orden tajante de no llevarlos a los hospitales porque podían colapsar el sistema sanitario y no era rentable el emplear respiradores para estas personas. Ellos que fueron los que financiaron durante muchos años la seguridad social  

El Gobierno de la Nación y los gobiernos autonómicos se pasaban la pelota de quien era el responsable de tamaño  desafuero, lo cierto es que fueron autores y cómplices de  decisiones que ocasionaron muchas muertes,  por desidia, por incompetencia o por maldad. Se erigieron en dioses para decidir quien moría y quien vivía.

Estas personas mayores de 65 años, entre los que me encuentro, fuimos declarados sin rentabilidad social, a pesar de que esas generaciones de españoles fueron los que sacrificaron su infancia, su juventud y su madurez para que las generaciones venideras disfrutasen de una sociedad mejor.

Fueron hombres y mujeres que  tenían un sencillo coche utilitario y una casa perfectamente hipotecada a intereses de cerca del 20% .Eran felices porque pensaban que  su sacrificio se le recompensaría en la vejez, cuidaron de sus padres ,cuidaron de sus hijos y cuándo hizo falta en las crisis cuidaron de los nietos.

Estos hombres y mujeres de estas generaciones de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, han sido engañados  por nuestros políticos, que son cicateros con las pensiones de jubilación y viudedad, pero que se permiten el lujo de disfrutar de unas prebendas en sus cargos que les permiten camuflar bajo el nombre de dietas un sueldo que no tiene retención de IRPF, pero si son dietas no deberían cobrarlas cuando no están en período de sesiones las cámaras legislativas. Da lo mismo que sea el parlamento español que los parlamentos autonómicos, da lo mismo el partido político gobernante desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, a todos les gusta este sistema.

Pues ahora vuelve la sociedad a dar una nueva vuelta de tuerca a estas personas sin rentabilidad social. Las entidades bancarias, con la complacencia de los gobernantes han decidido que estas personas deberían tener conocimientos de informática, saber el   manejo de aplicaciones en los  teléfonos móviles y por supuesto tener Internet y un  ordenador en casa, todo esto con las pobres pensiones que nos proporcionan nuestros políticos.

 Asisto con cierta frecuencia al espectáculo de un hombre o mujer con dificultad para manejarse ante el cajero automático para realizar algunas operaciones y que no recibe ayuda de ningún empleado de la entidad bancaria porque los recortes de plantillas han dejado bajo mínimos el personal de las oficinas. Eso si, hay mucho gestor comercial manejando el teléfono de la oficina correspondiente para captar clientes.

Esta tarea es para estas personas  mayores más penosa ya que tienen que esperar, bajo las inclemencias meteorológicas del invierno, a que se les atienda en el interior de la agencia bancaria.

Vivimos en una sociedad enferma, con unos políticos ajenos a la vida de los ciudadanos, sobre todo de los más débiles, como son nuestros mayores.

Ha llegado el momento de decir basta  al trato que se les está dispensando a los hombres y mujeres que lo dieron todo por crear una sociedad mejor,  y ahora cuándo algún político decide que no son rentables socialmente, se les abandona y se les trata de forma humillante.

 Un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla, nuestros mayores son parte de la historia.