España es lidera el ranking, tristemente, de ser el país que peores resultados económicos presenta del conjunto de países de la Unión Europea. Las cifras son demoledoras en cualquiera de los sectores económicos que se quieran señalar y, por descontado, en los niveles de paro, deuda, déficit y nivel de crecimiento. Lo trágico es que detrás de estas cifras, balances y estadísticas, hay compatriotas cuya situación individual es dramática. La quiebra del,  tan cacareado, estado democrático, social y de derecho proclamado por la Constitución es tan real como lo es la incompetencia de nuestro gobierno. El estado de bienestar está comprometido seriamente y amenaza con transformarse en un estado de deshecho y de desecho, que no es lo mismo. El malestar social es generalizado, el auxilio se reclama desde todos los ámbitos y esferas de nuestra vida nacional.

En situación tan delicada y compleja ser requiere autoridad en el mando, conocimiento para ejercer el poder y, por descontado, aptitudes para liderar el envite y aptitudes para capitanear la recuperación. Estas cualidades, sobreentendidas y necesarias, deben ser acompañadas de actitudes de responsabilidad y compromiso con nuestra Patria. Esto no está ocurriendo en nuestra querida España, tan maltratada, ultrajada y abandonada por la ineptitud de nuestro ejecutivo. Profundo pesar y abatimiento me causa la deriva en la que nos encontramos, a merced de los vientos y de las circunstancias, sin rumbo y sin atisbo de mejora. La galerna en la que nos encontramos requiere una tripulación competente y solvente para afrontar la tempestad. El presidente, soberbio y engreído, prepotente e irresponsable, no atesora las necesarias competencias para gobernar la nave, pero peor –si cabe- es el equipo de mediocres que le secunda y acompaña en sus desvaríos. ¿Se pueden hacer peor las cosas? Yo creo que no a la luz de los hechos probados y consumados.

Junto a los oficiales al mando, entiéndase vicepresidentes (¡Cuatro!), ministros, secretarios de estado, vicesecretarios, directores generales y demás cortesanos de palacio, desarrollan sus labores administrativas los virreyes de las comunidades autónomas, con todo su  florido y cuajado séquito, muy numeroso por cierto, de funcionarios y personas de confianza señaladas a capricho. El estado regional, o de las autonomías, según declaración legislativa, genera unos reinos taifas que  desmiembran, despedazan y rompen con la unidad de nuestra Patria. El desequilibrio entre territorios se acrecienta y la desigualdad entre los españoles se consuma. Sin un empeño común, sin una empresa universal que acometer, la tragedia nacional está servida en bandeja de plata. La dispersión de fuerzas y efectivos, la dilapidación de recursos económicos y humanos, la desorganización y la insolidaridad se abre paso con frenética rapidez, con efectos demoledores y con sobresaliente éxito. Sin un proyecto común, España, es imposible alcanzar un horizonte de seguridad, o un triunfo que celebrar. No hay puerto tranquilo al que dirigirse y encontrar reguardo.

La tripulación tampoco ofrece ninguna garantía. Mercenarios a sueldo, generosamente pagados con cargo a las arcas del reino, traidores y renegados de la nación que les acoge, completan la nómina. Cualquier momento de zozobra es aprovechado para el amotinamiento y la felonía. El chantaje, la intimidación y la amenaza de la insubordinación, de la insumisión y la rebeldía les convierten en enemigos profesos y declarados. Los corsarios de la anti España siempre están dispuestos a la sedición. No se pueden defender los intereses comunes, los empeños en  la defensa nacional, si no se ama a España. Y es con esta tropa con la que afrontamos los vientos adversos que padecemos y sufrimos.

 Nuestra Patria se desgarra y se desangra. Una hemorragia descontrolada nos está debilitando y sometiendo a un estado de extrema gravedad. Mientras, el pueblo anonadado, conmocionado e inconsciente, también responsable, asiste indolente a su particular y colectiva epopeya. La falta de un sentimiento nacional gobierna sus mentes y doblega sus corazones, se abandona a una existencia, más parecida a una supervivencia, oscura, melancólica y desmemoriada. Una labor constante, permanente y destructiva, va demoliendo la trascendencia y el orgullo de sentirse españoles. El adoctrinamiento y la propaganda están dando mucho rédito político y electoral a los maestros de la sospecha, la mentira, el negacionismo y el engaño. El desarme moral e ideológico se está perpetrando. Un pueblo aborregado, subvencionado, manipulado y aquejado por  la desesperación se entrega fácilmente a la bandera corsaria levantada. La enseña nacional ha sido arriada con todo lo que ello supone. La esclavitud y el cautiverio nos es impuesto por comunistas, antisistema, independentistas, arrivistas y marxistas. No faltan a la cita los chavistas y bolivarianos, anarquistas, terroristas de tribuna y nazionalistas  travestidos de demócratas

 La cruda y áspera realidad desborda a la verdad, a la esencia de la existencia. La educación afronta una incertidumbre que pone en serio compromiso el futuro de la nación; la sanidad se encuentra en un escenario de guerra no declarada de impotencia e indefensión ante la pandemia; el turismo y la hostelería se hunden inexorablemente, sin esperanza, ni porvenir; la industria y la construcción ceden terreno frente a la crisis y el cierre inminente; el comercio baja sus persianas sin remisión y opción de salvación; la agricultura y la ganadería han sido abandonadas en la defensa de sus intereses sectoriales. Una larguísima lista de actividades económicas y sociales verá recortadas sus expectativas, reduciendo severamente su longevidad y vitalidad. Me disculpo ante tantos a los que no puedo citar, su enumeración es interminable. Legiones de personas abocadas al paro, colas del hambre y emigrantes hacia ninguna parte protagonizan el diario acontecer de nuestro país.

Mientras, el latrocinio y el despilfarro de la nueva nobleza, la de la mal llamada clase política, con el gasto corriente que genera al erario público, vive con ventajosas prebendas y distinciones sociales, con onerosos salarios, sin ser capaces de dar respuesta diligente y eficaz al drama para el que fueron elegidos como responsables, como delegados del pueblo al que saquean impunemente. España está a la deriva, decía al comienzo de mi artículo. Hace tiempo que no tenemos rumbo. No debemos callar, no podemos aceptar un destino como el que se nos quiere imponer. Hoy, como siempre, me duele España, espero que a ustedes también.