Esta es la exclamación que sin ningún empacho se permitió soltar el pasado miércoles en sede parlamentaria Pedro Sánchez. Con toda seguridad no fue una improvisación, sino parte del guion elaborado por su equipo de fontaneros monclovitas. Últimamente saturados de trabajo en su intento por contrarrestar los escándalos y las meteduras de pata del actual Gobierno que se suceden sin solución de continuidad. Denodados esfuerzos que no van como sería deseable encaminados a elaborar un programa económico técnicamente serio y profundo para relanzar la depauperada economía española y con ello el empleo, dentro del cual el eje imprescindible e inaplazable debería ser un riguroso plan de reestructuración de las AA.PP. capaz de reducir duplicidades y gastos no estratégicos por un valor no inferior al 5% del PIB. Pues no, no parece ese sea el objetivo del staff que rodea a nuestro presidente del Gobierno. Los esfuerzos están centrados en la defensa y la contrapropaganda con un objetivo primordial: alargar la legislatura aunque sea de forma agónica hasta su final, y para ello “lo que haga falta, donde haga falta y cuando haga falta”. El genial Goethe no habría podido imaginar que su inmortal personaje, Fausto, pudiese cobrar vida real casi dos siglos después. Sánchez es su reencarnación fidedigna, solo que él no ha pactado de forma directa con Mefistófeles, no lo ha necesitado porque tenía a mano a sus representantes terrenales: filoterroristas, separatistas y comunistas de viejo cuño. También con una diferencia en el pago a satisfacer por su psicopática ambición. A Sánchez no le ha bastado con vender su alma al diablo, sino que ha vendido también a España al haber hecho depender su gobernanza de los enemigos internos que trabajan para su destrucción.

El pasado miércoles asistimos a un nuevo espectáculo cirquense en el Congreso de los Diputados. Sesión en la que el Gobierno ha logrado la sexta y “última” prórroga del estado de alarma gracias al apoyo de sus interesados aliados y al que de nuevo se ha sumado Ciudadanos. La postura de este partido solo se puede explicar como un mero movimiento de su instinto de supervivencia como opción política. Buena parte de sus cuadros han abandonado el partido y será muy difícil parar el proceso de descomposición en el que está inmerso. Una jugada de riesgo propia de quien ya tiene poco que perder. Pero un apoyo muy complicado de justificar ante su electorado dada la desastrosa gestión del Gobierno en todos los órdenes.

Pero a Pedro Sánchez no le bastó con su provocadora exclamación “viva el 8M”. Una exclamación que retrata una vez más su absoluta falta de escrúpulos y de sensibilidad frente al sufrimiento que ha supuesto para sociedad los más de 43.000 españoles que de forma irreparable han perdido la vida en esta pandemia. Es un ¡viva! que resulta de una frivolidad insultante cuando hay expertos que afirman que si el Gobierno hubiera reaccionado en base a la información de la que ya disponía en los días previos a este evento y hubiese adoptado medidas de distanciamiento social se podrían haber evitado hasta un 60% de los contagios. Empero no parece haya estado muy afortunado Pedro Sánchez con su exclamación. Como tampoco lo ha sido la campaña publicitaria lanzada desde Moncloa cuyo atrevido eslogan es “salimos más fuertes”. Una afirmación que no resiste el más mínimo análisis moral o económico y social. ¿Cómo se puede realizar esa afirmación con 4 millones de parados, otros 3 millones de trabajadores inmersos en ERTES, una caída drástica del PIB y un déficit público desbocado? Y lo que aún es más grave ¿Cómo se puede mantener semejante eslogan ante los familiares y amigos de los más de 43.000 fallecidos? Otra prueba irrefutable de la altura moral del Gobierno que padecemos.

En esta semana también se ha agravado la situación del ministro del Interior. Un ministro achicharrado, cuya reputación ha quedado por los suelos. Su arbitraria decisión de cesar injustamente al ejemplar coronel Pérez de los Cobos, constituye un acto incalificable de soberbia y despotismo tras la negativa de este a facilitar información sobre una investigación realizada en calidad de Policía Judicial y decretada como secreta por la instructora. Una decisión rayana en la prevaricación que ha desencadenado un malestar sin precedentes en el Instituto Armado. Cuando Marlaska había tratado estérilmente de camuflar su decisión en una supuesta remodelación de equipos en el seno del Ministerio, una artimaña que no colaba en plena pandemia y menos que el cese se materializara en la tarde de un domingo, se filtra a los medios el oficio de la directora general, María Gámez, dirigido al secretario de Estado de Seguridad, proponiendo el cese inmediato del jefe de la Comandancia y, con una torpeza propia del actual Ejecutivo, haciendo constar en el mismo que el motivo del cese se fundamentaba en “no informar del desarrollo de investigaciones en el marco operativo y de Policía Judicial”. Un documento que demuestra de forma palmaria que el ministro Marlaska había mentido en sede parlamentaria, tanto en el Congreso como en el Senado, y que le inhabilita políticamente para seguir siendo ministro ni un solo día más y, lo que es quizás más importante aún, lo deslegitima para ser el jefe de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado al carecer de la autoridad moral imprescindible para este cometido. El comportamiento del actual ministro del Interior es incompatible con los credos y valores que atesoran los miembros que integran la Guardia Civil y la Policía Nacional. Pedro Sánchez no solo no ha cesado a su ministro del Interior, lo cual habría sido un gesto de respeto democrático al Parlamento y a la división de poderes consagrada en la Constitución, sino que hizo justo lo contrario, ratificó su apoyo al ministro lanzando un velado aviso a navegantes indicando se proponían destapar a la Policía “patriótica” que había conformado en tiempos del PP. Es decir, a Pedro Sánchez y a sus aliados les molesta que policías y guardias civiles sean patriotas, o que haya ciudadanos dispuestos a enarbolar su bandera como un gesto de amor a España y de compromiso para luchar por su permanencia y engrandecimiento.

Simultáneamente el Gobierno continúa con su inacabable ristra de mentiras, errores y rectificaciones. Este jueves se sumaba a las críticas realizadas por los más prestigiosos medios internacionales a su desastrosa gestión de la pandemia el periódico, quizás el más influyente de Europa, Financial Times, denunciando y burlándose de las incomprensibles cifras de fallecidos que España facilitaba como consecuencia del Covid-19. El periodista, haciendo gala de su humor inglés, decía: “con la metodología que emplea España ayer en Inglaterra en vez de tener 179 muertos solo habríamos tenido 20”. Otro ridículo internacional que va en detrimento de la credibilidad de España. La ministra de Industria, Comercio y Turismo, hacía unas declaraciones indicando la próxima apertura de las fronteras terrestres con Francia y Portugal. Tres horas después tenían que rectificar ante el malestar que la noticia había causado en el Gobierno portugués. El inefable ministro de Consumo, Alberto Garzón, también intentaba mantener su cuota de pantalla haciendo otra de sus desafortunadísimas declaraciones afirmando que “en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado podrían existir elementos reaccionarios dispuestos a asumir el discurso que invita al golpe de Estado”. Una afrenta gratuita e injustificable a nuestra Guardia Civil y Policía Nacional. Todo muy en consonancia con la estrategia que se vislumbró en las intervenciones del presidente del Gobierno en el pleno del Congreso. Se crea una mentira y luego se justifican las arbitrariedades gubernamentales so pretexto de combatir esos ficticios frentes.

Cuando pensábamos que este Gobierno había batido todos los records posibles de incompetencia, nepotismo (ahí está el carguito que Pedro Sánchez acaba de crear ad hoc para su amigo entrañable Iñaqui Carnicero a razón de 90.000 €/año o los vergonzantes nombramientos de nuevos consejeros en Enagás) y manipulación mediática nos damos cuenta de que no. Su capacidad para superarse tiende a infinito. La catástrofe que se nos viene encima no se arregla con cesar ipso facto al provocador Iglesias y su consorte, al desprestigiado Marlaska o al inepto Garzón. El mal que asola a España es un cáncer sumamente agresivo que está diagnosticado hace tiempo y se llama Pedro Sánchez. O lo extirpamos a la mayor brevedad o su acción metastática acabará con España. ¿No hay cirujanos españoles en el Bilderberg?

¡Gobierno dimisión!