Andaban los corifeos mediáticos progubernativos hace unas semanas cantando las mieles futuras del primer gobierno de los progresistas unidos y pidiendo, eso sí, que los demás dieran cien días de calma y paz a Pedro Sánchez y su mariachi. Han bastado unas semanas para que, salvo los sectarios de la Sexta y el particular Pravda socialista -El País- intentando defender lo indefendible, quede poco de la euforia y Pedro Sánchez, el primer franquista de España, el hombre que no puede vivir sin el Generalísimo, haya tenido que recurrir a Franco como supremo argumento, para dejar a parte de la oposición, PP y Ciudadanos, Casado y Arrimadas, mudos por un rato.

 

¿Qué ha hecho este gobierno de los mil y un anuncios en estas semana? Básicamente pagar el derecho de pernada de comunistas y separatistas. Claro que el gobierno cuenta con un amplio arsenal mediático de armas de manipulación masiva para difuminar la realidad. Derecho de pernada de ERC y el resto de separatistas que ha supuesto la inclinación de la cerviz ante un inhabilitado presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña y la salida de los presos de la cárcel junto con promesas de hacer viable una consulta en vez de un referéndum. Derecho de pernada, por lo visto, con los comunistas, tendiendo la mano a una delincuente que ejerce de vicepresidenta en la narcodictadura venezolana de ideología comunista vigente y con lazos de sobra conocidos con los jefes  de Unidas Podemos. Subida de pensiones -unos eurillos- previamente aprobados, subida del SMI con algunas sombras y anuncio de una reforma educativa cuyas dos grandes aportaciones serán: la reducción a la nada de la materia de religión -la Conferencia Episcopal, egregia muda, anda liada con la expulsión de los monjes del Valle de los Caídos y ver cómo se pone de perfil ante la futura resignificación del lugar-; el aprobado general para acabar con el fracaso escolar (repetir deja de ser una opción para convertirse en algo casi prohibido). Y también promesas: cambio de la reforma laboral del PP que ya veremos si consiste en algo más que palabras.

 

En unas semanas los agricultores braman contra Sánchez y el gobierno recurre a culpar de la situación a los supernercados o a reunirse con los sindicatos de cuota que no representan a nadie para que le pasen la mano por la chepa. Pero también andan enfadadas las autonomías, porque Sánchez retiene los pagos derivados de la recaudación del IVA -el gobierno necesita un chorro de millones para pagar favores-, y por un sistema de financiación despegado de la realidad. Es más, lo que casi todos los gobiernos autónomos temen y sospechan es que el dinero de todos acabe destinado a comprar voluntades independentista en Cataluña.

 

Sánchez y Ábalos, ¡qué pareja de tahures! Ábalos, el que no se reunió con quien hizo el milagro de no pisar suelo español ni entrar en el espacio Schengen; el que solo saludó, después cruzó palabras; más tarde resultó que trató de temas inanes durante 25 minutos con la vicepresidenta venezolana y, finalmente, la cosa anda por una hora con llamada incluida al presidente Sánchez para perfilar detalles sobre qué tenía que hacer el gobierno y unas sospechosas maletas desembarcadas que después de retener otra con oro en Aruba abren la caja de las sospechas -Grande Marlasca no se debió enterar de nada-.

 

Insisten Sánchez e Iglesias, este último convertido en el “negociador” en el tema catalán o de cómo destruir España sin que se note, andan en sus medidas sociales, en rentas mínimas para todos a cargo de la Seguridad Social, y con cosas por el estilo (hay que comprar votos y el terreno entre los ninis promete suculentos réditos). Mientras todo queda al futuro (¡sin Presupuestos aprobados no hay futuro!) Sánchez vuelve a lo de siempre, a cosas que no le cuesten dinero y que le permitan señalar a todos los que no estén en consonancia con los progres como el enemigo; aunque sabe que Casado y Arrimadas se pirran por ser progres.

 

No contentos -nunca tienen bastante- son pródigos en manipular la realidad para que las masas propias, el pueblo y la gente, los de abajo, no se les desmanden. Que crece el paro. Sale Ábalos y sin inmutarse -su cara es igual de dura que la de su jefe- nos cuenta que la economía va tan bien que la gente no se conforma, prefiere  esperar para encontrar un trabajo mejor. Que Garzón tiene un ministerio que no se sabe muy bien para lo que sirve, más allá de abonar nóminas a fin de mes, no importa. Garzón nos explica que va a luchar contra las hamburguesas porque la obesidad es un mal que aqueja a las clases populares que dada su situación de precariedad sólo pueden comer comida hipercalorica como las hamburguesas. ¿A cuántos han colocado? Tantos, que ni se sabe. Cada ministro ha poblado los ministerios de amigos del partido. El escándalo podría ser mayúsculo porque como afirma la CUP Pablo Iglesias se ha convertido en casta, cegado por el poder y el oropel ya es “la fierecilla domada”.

 

Sin embargo, en Moncloa piensan que en unas semanas el viento se le pondrá otra vez de cara al presidente, pudiendo entonces sacar cuello y engolar la voz mientras que Iglesias se mueve en torno suyo como sosías de Igor (el papel del doctor Frankenstein nadie se lo discute a Sánchez). Viento de cara, porque se acerca el 8 de marzo y es campo abonado para relanzar la ideología progre, de izquierda, género y feminismo. Hay que sacar a las enfervorizadas chicas y no tan chicas moradas a la calle para que Calvo pueda decir las tonterías habituales.

 

Viento de cara, porque Franco vuelve a las pantallas en un reestreno apoteósico de la mano de la nueva Ley de memoria histórica y democrática (un insulto a la memoria y a la democracia). Incluso, según dicha ley, Sánchez podría volver a desenterrar al Generalísimo y montar otro show alimentado desde la Sexta y la Cuatro. Cuenta, como es natural con el silencio cómplice y connivente del PP y el apoyo de un Ciudadanos que quiere ser de centro izquierda o centro nada. Partidos que buscan cómo sumarse a la corriente o que al menos la corriente no les dañe ante el consenso progre que ellos apoyan por su complejo de inferioridad ante la izquierda.

 

Después de borradores y anuncios, cocinada con el concurso de Marlasca y Calvo, Margarita Robles fue la amanuense de la primera versión, con la inestimable ayuda de las Garzón girls -Garzón el juez condenado, no Garzón el ministro en lucha contra el lobby del juego que me parece que le ha hecho callar- la nueva ley servirá de cortina de humo para reutilizar el antifascismo -fascismo puede ser todo aquello que no sean ellos-. Lo que también se traduce en el mantenimiento del discurso guerracivilista y la prédica diaria del odio contra los fascistas (en este caso franquistas). Pero convendría recordar que con ese calificativo se refieren también a los peperos y a los que votan a VOX. Un elemento más del discurso de la izquierda para negar cualquier legitimidad democrática a un gobierno en el que estuvieran esas fuerzas políticas. Esta es la trastienda de la nueva ley que algunos no saben leer.

 

Sánchez, que busca el control absoluto de la justicia, presenta un proyecto que va contra la Constitución, la que garantiza y defiende la libertad de opinión y expresión situándolas como un absoluto que no se puede coartar. Pero, ¿qué le importa eso a Pedro Sánchez? Estamos ante  una ley totalitaria y liberticida cuyo objetivo es volatilizar las garantías constitucionales, sabiendo que si esta propuesta saliera adelante le permitiría cualquier cosa. Algo de lo que debiera tomar nota la oposición. Franco es solo la excusa planteada para que parte de la oposición, PP y Ciudadanos, no se oponga y así sacarla adelante salvando el escollo del recurso al Constitucional. Después irán por ellos. Por eso Sánchez grita una vez más: “Franco, Franco, Franco”. ¿Habrá que aplicarle su ley por exaltación del franquismo?