Antígona, Sófocles, siglo V a.C., pasmosa historia de un desafuero fascinante y fascinador. En Antígona se detecta el combate, más necesario que nunca, entre el Todopoderoso Leviatán y la mujer audaz y noble, nobilísima. Pero no la mujer victimizada, idiota, tonta del bote, insana y frágil que nos vende el feminismo actual. Pura mercancía averiada. Una mula ciega poco comprable. En absoluto, todo lo contrario, Antígona es la mujer que ama a sus hombres (no los odia). Adora a su hermano y anhela un digno enterramiento para él. Y no deviene mónada solitaria: su familia se revela como fuerza de choque contra el Poder descarnado (hoy encarnado en esa mortífera alianza entre el Estado invasivo y el Capital desbocado). Un monstruo tan arrollador y liberticida que solo segrega por doquier títeres y majadas ovejunas.

Antígona respeta a sus mayores y su tradición. Los venera. Cree en un mundo jerárquico. Justamente jerárquico, digámoslo así. En ese sentido, parte de la izquierda postmoderna y su vanguardia feminista han conseguido, parcialmente, imponer la idea de que la jerarquía es una construcción social del malvado y podrido patriarcado occidental. Heteropatriarcado, mejor dirían. Se sofoca la insoslayable zoología/biología bajo armazones ideológicos. A veces incluso se niega la naturaleza para culpar al varón. Bastante disparatado todo, por supuesto. Semejantes puntos de vista no poseen base fáctica alguna. La biología evolutiva y la neurociencia van demostrando a diario que las jerarquías son increíblemente añejas. Los machos tratan de controlar el territorio y las hembras de seducir a los machos más potentes y exitosos. Es una estrategia inteligente, depende de ello el éxito evolutivo. Las hembras de distintas especies, incluida la humana, no son ajenas a este devenir. A muchos les escuece sobremanera asumir las lecciones de la Biología evolutiva, descubrir lo mucho que tenemos en común con los animales. Vamos, que, afortunadamente, no todo es cultura o razón.

 

Insumisa, valiente, digna

Es Antígona desobediente e insumisa cuando la ocasión lo merece (memento Génesis 3 y el relato prometeico). Seduce que sea loca, rara, mala (ay de la raza buenista, ay de los normales). Impulsiva, vitriólica, pero sobre todo leal a los suyos. Una lealtad muy superior a la lealtad patriótica (aunque ambas se vinculen estrechamente). Una conciencia que está por encima siempre de la más justa de las leyes emanadas desde cualquier Parlamento.

En cambio, Ismene, su hermana, llega a hastiar. Intenta comprender (seguramente, como Hemón, el prometido de Antígona) el pavoroso mundo de los adultos (recuerden el inicio de E.T. de Spielberg donde el director secciona las cabezas de los personajes más vetustos). Antígona afirma que no está en esta vida para comprender, está aquí para decirle a Creonte que no. El eterno y necesario, más que nunca, Non serviam. No serviré. Además aclara a Creonte, rey de Tebas, que ella vive para morir si es necesario.

En definitiva, otra dialéctica aparentemente insoluble: la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad (Weber). Uno tiene que hacer lo que debe y después ya se verá. Y, sobre todo, Antígona muestra su dignidad (del indoeuropeo Dek, decoro, decencia) en el interrogatorio decisivo: serenidad honesta de quien está dispuesta a dar su vida por la justicia y la verdad (recuérdese Jn 18), y el cinismo que cobardea en tablas de quien considera que solamente es verdad lo que se silencia (Creonte).

 

Intelectuales zumbados

Es la misma estrategia que utiliza la cohorte de intelectuales que infectaron el mundo desde las presuntas luces de la Razón. Troupe de palmeros, agradaores y lametraserillos. Más hastío, casi languidez. Los denominados grandilocuentemente intelectuales (y sus derivadas históricas inevitables: La Vendeé, Gulag, Hiroshima, Auschwitz, aborto en masa, terrorismo...) ponen todo su empeño, todos sus recursos intelectuales para empujar una idea hasta el extremo, hasta la locura, siempre irracional, no razonable, (casi) siempre sirviendo a déspotas totalitarios. Mark Lilla ha escrito sobre el tema en The Reckless MindIntellectuals in Politics. Pero el primero en apuntar este fenómeno fue Julien Benda en La traición de los intelectuales.

No hay un solo dictador del siglo XX que no haya contado con una banda                  (¿armada?) de intelectuales. Y eso se lo debemos a la Diosa Razón. Las féminas intelectuales, hogaño, abanderan estas dictaduras de género y opresiones ideológicas, tan tecnocientíficas y muticultis. Pero siempre quedarán Antígonas suficientes que desenmascaren su burdo resentimiento y la pavorosa mediocridad intelectual en la que habitan.

Gracias, en definitiva, Antígona, por amar y no odiar a tus hombres. Por honrar la razón, con minúscula, pero sobre todo por tener corazón.