Lo reconozco, amable lector: asisto al espectáculo que nos está dando el PSOE estos días con alborozo y, por qué no decirlo, también con vergüenza ajena.

Vergüenza ajena porque lo más bajo del ser humano se está exponiendo sin ningún decoro en la plaza pública. En este caso en la c/Ferraz nº 70: ambición rastrera, mentira, traición y odio.

Ingredientes todos ellos que no son nuevos en la historia del PSOE pues enfrentamientos tan o más duros que el actual han tenido lugar en sus 137 años de vida incluidas muertes entre ellos mismos.

Nada nuevo, pues. Y, desde luego, no seré yo el que verse ni una sola lágrima. Si acaso, una lágrima de risa.

No seré yo tampoco el que ejerza el papel de “tonto útil” (“Poljeznyj idiot” en su original ruso, tal como lo acuñó el camarada Lenin) y clame a los cuatro vientos por una solución que permita llegar a un acuerdo y así permitir la supervivencia del PSOE. Justificado, según ellos, por la necesidad para España de tener un partido socialdemócrata para su estabilidad democrática y bla, bla, bla.

Ya hay bastantes en los medios borreguiles y en el espectro político presuntamente adversario del PSOE.

Yo formo parte de los que creen que este partido ha sido protagonista principal y en muchos casos único de buena parte de los episodios más negros y sanguinarios de la Historia moderna de nuestra patria. Un partido que ha mostrado sobradamente en sus declaraciones y en sus hechos que no aceptará nunca la oposición política ni el triunfo, no del adversario (ese término no lo conocen), sino del enemigo.

Empezó mostrando la vía Pablo Iglesias, no “El Coletas”, sino el idolatrado fundador del partido, el mismo que viajaba siempre en primera clase y, al llegar a la estación donde se le esperaba, se cambiaba a algún vagón de tercera:

“Tal ha sido la indignación por la política del gobierno del Sr. Maura…que nosotros hemos llegado al extremo de considerar que antes de que su señoría suba al poder, debemos ir hasta el atentado personal”. (Diario de Sesiones del Congreso del 7 de julio de 1910).

Unos días después, Antonio Maura sufría un atentado en Barcelona. Pablo Iglesias nunca condenó la salvajada.

El XI congreso del PSOE, celebrado en 1918, aprobó la siguiente declaración:

“El Congreso saluda con entusiasmo a la revolución rusa, viendo en ella el triunfo del espíritu revolucionario del proletariado, que ha de transformar el mundo implantando el régimen socialista”.

Después se verían las consecuencias de ese golpe de Estado en Rusia y más de cien millones de personas serían masacradas en el Mundo durante el s.XX en nombre de esa ideología a la que el PSOE adhería con fervor.

Las elecciones nacionales de 1933 fueron ganadas por la CEDA. Sin embargo, fue Alejandro Lerroux el designado como primer ministro, a pesar de que su Partido Radical no quedó más que en segundo puesto. Fue precisamente por la presión insoportable de toda la izquierda que los legítimos ganadores no pudieron acceder al poder. A pesar de ello, en la remodelación gubernamental del 4 de octubre de 1934, Lerroux decidió incluir tres ministros de la CEDA en su gobierno.

Ese mismo día (¡para qué esperar más!, exclamaron esos probos demócratas) los responsables del comité insurreccional creado por el PSOE se pusieron al frente de sus comandos y el 5 de octubre desencadenaron su golpe de Estado con especial virulencia en Asturias donde destruyeron Oviedo y saquearon la sucursal del Banco de España. Con ese botín, los ladrones pagaron su campaña electoral de 1936. El 19 de octubre, gracias a la intervención del ejército, se acabó aquella orgía de destrucción, robos, violaciones y asesinatos.

Los verdaderos responsables de aquel desastre, los dirigentes del PSOE, no sólo no fueron castigados sino que en las elecciones de 1936 pasaron a ocupar sus escaños en el congreso con sus manos manchadas de sangre.

Los socialistas se siguieron ilustrando en el odioso arte de la amenaza previa al asesinato en la persona de José Calvo-Sotelo. En efecto, Margarita Nelken, a la sazón diputada del PSOE, declaró en sede parlamentaria: “Este hombre ha de morir con los zapatos puestos”.

Para no dejarla sola y por eso de la paridad, Ángel Galarza diputado socialista declaró también pocas fechas antes del asesinato de Calvo-Sotelo: “Contra Calvo Sotelo toda violencia es lícita”.

Y, como siempre en la historia socialista, los hechos no tardaron en seguir a las declaraciones: en la noche del 12 al 13 de julio de 1936 un comando formado por militantes socialistas y utilizando vehículos del Estado, de la Guardia de Asalto, sacó por la fuerza al político de su casa y una vez en el vehículo, Victoriano Cuenca, militante del PSOE le descerrajó dos disparos en la cabeza y por la espalda (¿cómo, si no, haría un cobarde?).

Durante le Guerra Civil, ni un solo militante socialista llegó a formar parte del santoral ateo del bando rojo donde sí había personajes como Mera, Durruti, Líster o “El Campesino”. ¿Falta de arrojo en el combate? No lo sé. Allá ellos con sus criterios. Donde sí fueron particularmente activos los socialistas fue en montar checas (centros de torturas, violaciones y asesinatos al margen de cualquier legalidad y creadas inspirándose en el modelo soviético). Fueron siniestramente famosas en Madrid las de Marqués de Riscal del ya citado diputado Galarza o la de Martínez de la Rosa al mando de García Atadell y donde el ministro socialista Gracia Villarubia iba regularmente a supervisar las salvajadas.

Una vez que perdieron la contienda, se dedicaron, según sus camaradas comunistas, a pasar cuarenta años de vacaciones. “Demasiado arriesgado” se dijeron y dejaron a los comunistas romperse los dientes contra la realidad de un pueblo que sólo quería trabajar y vivir en paz y en seguridad.

Se despertaron de su siesta con los mismos bríos marxistas de siempre puesto que en la Resolución Política de su Congreso en 1976 llamaban:

“…a la superación del modo de producción capitalista mediante la toma del poder político y económico y la socialización de los medios de producción…por la clase trabajadora (…). Se rechaza cualquier camino de acomodación al capitalismo a la simple reforma de este sistema”.

Y seguían sin resolver sus complejos respecto a la unidad de la patria:

“El PSOE reconoce y alienta a las diversas nacionalidades y propugna su pleno desarrollo en el marco de un estado federal”.

Y ya la traca final:

“El PSOE reafirma su vocación republicana”

Después, una multitud de capítulos vergonzosos han continuado la serie negra que ha sido la vida del PSOE.

El balance, pues, no deja lugar a dudas: es, sin ningún lugar a dudas, el partido más corrupto de nuestra patria, el partido colaboracionista con el PNV y el que rindió la dignidad de la nación ante una ETA derrotada (“gracias”, Zapatero), el que se vendió al separatismo del 3% en Cataluña, el defensor de todos los tiranos marxistas que hubo y hay en Hispanoamérica (castristas, sandinistas y demás ralea), el paladín de la siniestra ideología de género, del aborto genocida, del PER clientelista y del atraso de Andalucía y Extremadura, de la “Alianza de civilizaciones” (otra idiotez del genio Zapatero), el del complejo antioccidental y el que se ha quitado completamente su presunta careta de moderado para empezar a perseguir a la Iglesia y a los católicos por el mero hecho de serlos.

En Italia, el PSI desapareció enfangado en la corrupción y con su líder, Bettino Craxi, exiliado en Túnez para que no le atrapara la Justicia de su país. En Francia, el PS pierde elección tras elección y todas las encuestas publicadas hasta ahora anuncian la derrota de cualquiera de sus posibles candidatos en la primera vuelta de las próximas elecciones presidenciales.

No, definitivamente España no necesita al PSOE. No sólo nunca han mostrado arrepentimiento por la multitud de hechos vergonzosos que han jalonado su Historia sino que encima se enorgullecen y se permiten, en el colmo del descaro, dar lecciones de ética desde una presunta superioridad moral. Por no necesitar, tampoco necesitamos al resto de la izquierda. Todo se andará. También la caída del imperio soviético parecía imposible y se derrumbó con estrépito en un nada de tiempo.

Sí señor, ¡que desaparezca!