Negación. La directora británica Sally Potter abre, parcialmente, los ojos. Intuye, viendo su postrera emulsión cinematográfica, The Party, que todo en lo que creyó es una perfecta y acabadísima patraña. Una cosmovisión que ya comenzó a forjar de forma nítida, sobre todo, con su sobrevalorada Orlando. Luego perdimos su pista y no nos suscitó excesiva pena (tal vez, se aprecien destellos asaz estimables en Ginger y Rosa). Pero en The Party se enfrenta a todos sus demonios, con corajuda causticidad, pero confusa prestancia. Su atroz caricatura de la izquierda caviar británica, casi 50 años después del origen del concepto radical chic (esos bobos: bourgeois bohèmes), en plena efervescencia pijoprogre, nos muestra a la realizador inglesa cómo va desvelando la sórdida realidad que esconden ( ay, la voraz farlopa; ay, el espantoso adulterio…) un grupo de amigos con ideas dizque socialistas y que confían en la democracia parlamentaria y en la sanidad pública universal (hija bastarda del aterrador estado de bienestar, pestilencial oprobio que solo crea domesticación, humillación y sumisión, además de un ejército de enfermos crónicos y una pérfida medicalización/psiquiatrización de la vida cotidiana).

La mirada es negra color hormiga, como la propia ideología del progresismo igualitario. Una gravísima enfermedad (tan presente en el film, enfermedades ética y biológicas) que ni es consciente de sí misma y se considera a sí misma salutífera. Una ideología de la decadencia, un Kali Yuga de la irreversible decrepitud, siempre basada en las buenas intenciones, senda directa hacia los ínferos. Una enfermedad ya devenida en metástasis (como el propio protagonista padece): la enfermedad del progresismo que Potter interpreta, por momentos, como grave patología investida tan solo de mentiras, cinismo, fariseísmo, falsificación y fraude. Un enfermedad ya terminal, debilitando irreversiblemente a todo el organismo social, ya exangüe y sin posibilidad de curación (sus embustes han arraigado/devastado las mentes occidentales durante los últimos sesenta años). Fermentos hórridos de debilitamiento insuperable e infección purulenta, presagio del hedor de la mortaja que a todos nos cubrirá en nuestro postrer tránsito.

 

Ira. Una ideología tenaz y terca, malévolamente porfiada, proporcionando diagnósticos falsos sobre la propia realidad y ofreciendo calamitosos remedios. Una cosmovisión ideológica que nos abre ineludiblemente las compuertas del Hades, ofreciéndonos tan solo el vacío (moral, epistemológico y estético) más escalofriante y una pulsión tanática que nos devora sin remedio. Gusanos y larvas que surgen del cuerpo putrefacto, miasmas ideológicas (igualitarismo, dogmas elegetebeís y de género, falsario ecologismo, multiculturalismo, pacifismo…) que abaten despiadadamente al cuerpo despojado, múltiplemente afectado por macizas e innúmeras necrosis, con un cadavérico tejido que se pudre y, además, hiede pavorosamente.

La estopa que Potter da es breve y concisa. Su escasa hora y cuarto de duración deja muchos interrogantes en el aire. Toca muchos palos, pero sin llegar a profundizar en exceso en ninguno. Su feroz autocrítica a la izquierda Don Pérignon nos indica que, casi finalizadas sus vidas, éstas fueron vividas en la impostura. El personaje de Kristin Scott Thomas lo apunta: existencias desperdiciadas. Sin verdad y sin belleza. Vidas arrasadas por el feminismo que hundió tanto a los personajes masculinos como femeninos que hormiguean por el relato de Potter.

En ese sentido el feminismo de Potter ha virado, no mucho, pero algo. Ya los hombres no se convierten en el enemigo a batir, alejándose de posturas paternalistas y neocolonialistas (La lección de Tango, Yes). Su catecismo progresista ya no exige la eliminación del hombre blanco y heterosexual. Incluso se le mira con cierta ternura en The Party. Potter decidió no callar como una ramoneta ante tanta injusticia flagrante. Sus antaño posturas inquisitoriales (igualitarias y de género), dejan la vía abierta, a una apuesta por la honestidad, por un tipo de vidas más cabales, prudentes y veraces. Ya no continúa con su obsesión enfermiza por el patriarcado/ heteropatriarcado (Orlando), su rechazo del principio de autoridad o su anhelo por embutirnos en camisas de fuerzas ideológicas). Su mirada es más justa, menos obtusa. No reprime la verdad masculina, no comulga en exceso con el feminismo revanchista y rencoroso de las últimas décadas, desbocado y fuera de control, tan bien cincelado en toda una crudelísima legislación antimasculina que padecemos, por ejemplo, en nuestra patria.

 

Negociación. Pero Sally Potter no apura hasta la hez el veneno que esta pulsión de muerte lleva en sus mismas entrañas. Solo vemos algunos de sus deletéreos efectos. El dogma igualitario, esa pútrida impugnación del criterio cualitativo y de la saludable diferencia, lo va dejando de lado, como sí hacía en otros de sus filmes (Yes, The Gold Diggers). Se quita, no del todo, la venda de los prejuicios y retrata perspicazmente la cena de la nueva ministra (en la sombra, en la oposición) laborista. Consigue darse cuenta Potter que la reductio ad unum de la naturaleza humana solo engendras monstruos invencibles y eternos. Pareciendo molinos, son hidras de misceláneas cabezas. El letal historicismo del progresismo (y de todas las izquierdas en general, incluyendo el felizmente fenecido socialismo real con sus 100 millones de cadáveres) se desdibuja en The Party. No hay una vía histórica trazada de antemano, ni un único patrón de medida. La propia realidad acaba, en muchos casos literalmente, abofeteándote el rostro. La complejidad humana (y de la propia historia humana) no posee meta ni paraíso salvífico al que arribar. La Kulturkampf (guerra cultural deudora de, entre otros, Lukacs, Gramsci, Adorno, Horkheimer, Beauvoir) es mejor dejarla a un lado y apostar bastante menos por la grandilocuencia infatuada del hombre nuevo del socialismo tan presente en el biotipo humano de hoy (el cerebro, nublado y desnortado, condicionado por el conductismo y el constructivo, siempre negador de la complejidad de la realidad: si los hechos no se amoldan al prejuicio, se tira la realidad el sumidero la Historia).

Depresión. Se dirige Sally Potter a una suerte de humilde introspección, de semblanza psicoanalítica. Tanto fraude, tanta palabra-policía para denigrar al que descree de tu visión de la vida (casposo, nazi, antiguo, facha…) no procede. La reunión que nos presenta Potter supone un cruce entre la catarsis de Sófocles y la astracanada de Muñoz Seca. Se atiza, sutil y malévolamente, a diversos entes (parasitismo funcionarial, rapiñas financieras, depravadas oenegés, banalización de las filosofías orientales, fecundación in vitro). Entrevé, como lúcida judía helenizada y en estado de errancia como Ulises (Yes, Vidas furtivas) que el Cosmos y el Logos, el Kairós y Khoristos, el Athanatos y el Aidios se revelan necesidades irrenunciables. En ese sentido toda la música que utiliza en sus películas son un ejemplo de lo antedicho (inolvidable e hilarante momento la inserción en The Party de El lamento de Dido, reina de Cartago, de Purcell, culmen de las arias barrocas; o las referencias “amorosas” de Cátulo y Virgilio). Y vislumbra la plaga de la hodierna tecno- imbecilidad (como hace, por otra parte, lúcidamente Álex de la Iglesia en Perfectos desconocidos), nueva tiranía contemporánea, aparte de la ideológica. Un mundo anegado en su propia basura tecnológica (en el sureste asiático y África), donde nuevas y viejas formas de opresión y artificialización (nanotecnología, biotecnología, robótica, inteligencia artificial, reproducción artificial, agroquímica…) se ensanchan por todos y cada uno de los lugares del planeta (ya sea tierra, aire o mar) y de sus habitantes, instaurando un mundo cada vez más despótico y alejado de un mínimo de irrenunciable libertad (recuérdese esa joya de Pixar llamada Wall-E).

Ahí el acierto de Potter es pleno (recordemos su injustamente infravalorada Rage). Y, sobre todo, donde atina es en la descripción de esa fatal alianza entre el Gran Capital y la ideología progresista, confluyendo ambos en la materialización del mundo. Una ideología progresista ( que infecta desde las derechas a las izquierdas: recuérdese el camino de servidumbre hayekiano) perfectamente machihembrada, rocosamente compenetrada con las garrapatas financieras, hermanados ( utilizada la izquierda más extrema, en muchas ocasiones, como tontos útiles) en la consecución del paraíso distópico (valga el oxímoron) del bárbaro progreso ( genial W. Benjamin), del horripilante bienestar ( ¿ dónde queda el bienser?), confluyendo en la adoración de la nada: un erial de pensamiento uniforme, donde los caprichos y deseos se confunden con los derechos, seres humanos unidimensionales ( como en tantas otras cosas, H. Marcuse erró) que más que vivir, vegetan y veneran la única religión válida sobre la tierra, la del dios Mammon ( Mt 6,24).                 

Aceptación. En fin, patada en los dídimos (y en los ovarios), etérea pero intensa, de toda una corrección política sobrevenida definitivamente en avasallamiento y derrota humana. Potter, fina melómana y devota de la poesía, judía británica, intenta en The Party salir del légamo reptil de la ideología que hizo fracasar tantas existencias y sobrevolar, cual águila (más bien, aguilucho) hacia cumbres más oxigenadas. Como el venerable salmón, intenta nadar contra corriente. Solo esperamos que las primeras llagas provocadas por los vapuleos del río no le hagan naufragar y prosiga, enhiesta e intrépida, por un camino que, con The Party, parece óptimamente enderezado.