Es muy frecuente argumentar contra la ley de memoria histórica invocando un supuesto dulce acuerdo en la transición entre los partidos para reconciliarse  y, sin olvidar  el pasado inmediato,  renunciar a echarse  los muertos unos a otros. Tal historia es del todo falsa, aunque tenga cierta virtud o efecto en la crítica a una ley tan miserable, de tipo tan reveladoramente soviético.
La gran cuestión de entonces fue simple: ¿iba la democracia a partir del franquismo o enlazaría con un Frente Popular sovietizante y disgregador? En la realidad, la transición partió del franquismo por dos vías: la política de las personalidades franquistas, empezando por el rey,  Fernández Miranda o  Suárez;  y  la social de  la nueva sociedad creada en los 40 años de aquel régimen. Y por ello la rechazó un antifranquismo que nunca había sido democrático, unido  finalmente en torno al PCE y el PSOE en una “Platajunta”  tan democrática como cabe suponer atendiendo a sus componentes. Estos suponían que el pueblo español odiaba a un régimen que le había librado de la sovietización y la disgregación, de la guerra mundial y de la miseria republicana: ¡creían que la gente añoraba la “democracia” de las chekas,  los expolios y los incendios!
La transición se planteó como una evolución “de la ley a la ley”, reconociendo implícita pero indudablemente la legitimidad histórica del franquismo. Y así fue aprobada democráticamente  y por mayoría aplastante, en el referéndum de 1976, que casi todo el mundo pretende olvidar.  Pues bien, contra el referéndum se alzó aquella oposición “democrática” nostálgica de una república demente o de un frente popular criminal, y trató de impedirlo mediante una huelga general política, que fracasó por completo, y luego con el boicot, que casi nadie siguió: la transición desde el franquismo, de la ley a la ley fue más votada que la posterior Constitución. 
Tales fracasos demostraron la debilidad de aquel embrión de nuevo frente popular, obligándole a una mayor prudencia. Pero pronto sus partidos  percibieron el punto débil de una derecha que, por falta de nervio histórico y en definitiva democrático, ¡quería olvidar y hacer olvidar su procedencia!  Y bien pronto supieron explotar tal flaqueza, y lo hicieron precisamente arrojándole a la cara los muertos de la guerra, reales e inventados. La demonización del franquismo, obsesiva y calumniosa, prosiguió impunemente año tras año, sin más resistencia que la de unos pocos francotiradores, hasta llegar a la situación actual. Y el “olvido” de la derecha se convirtió en escupitajos sobre las tumbas de sus padres y abuelos desde que Aznar decidió condenarlos oficialmente. Luego, con Zapatero, se conformó un nuevo frente popular de hecho, el de la “memoria a la soviética”.
Y esta es la historia real. La transición se hizo sobre una reconciliación popular alcanzada muchos años atrás, en rigor  ya en los años 40,  tan fructíferos contra toda la leyenda “memoriadora”.  Y quedó bien de  relieve en el referéndum innombrable.  Hubo, en cambio, una falsa reconciliación  de aquellos partidos. Que, como toda falsedad histórica, no podía dar buenos frutos.