A mucha gente de izquierdas el resultado de las pasadas elecciones, tan poco brillante para Unidos Podemos, le ha sorprendido mucho. A mí lo que me sorprendían eran las encuestas que pronosticaban una fuerte subida de esa formación.

Realmente no veía motivos de peso para esa subida. Las circunstancias habían cambiado muy poco desde las elecciones de diciembre. La propaganda oficial seguía machaconamente hablando de la superación de la crisis y de la disminución del paro gracias a la acertada política del gobierno Rajoy (naturalmente no decía nada del trabajo basura que se estaba creando). Y ya conocemos la máxima del ministro nazi de propaganda: “Una mentira cincuenta veces repetida se convierte en verdad”. Así que bastantes ingenuos se han creído lo de la superación de la crisis.

Teóricamente debían haberse sumado los votos obtenidos por Izquierda Unida y Podemos en anteriores elecciones. Incluso personas que se habían abstenido por parecerles que era inútil votar, ahora podían animarse al ver mejores perspectivas. Pero desgraciadamente también en las formaciones de izquierda, en todas, encontramos gente muy sectaria e intransigente que proclama: “Yo, ¿con esos? ¡Ni muerto!”. Así es que muchos, ante la coalición de los dos partidos, han preferido ir a la abstención o votar otros grupos.

 

Por otra parte el programa de Unidos Podemos adolecía de cierta falta de realismo. No quiero decir, ni mucho menos, que contuviera propuestas descabelladas, objetivamente irrealizables. Lo que pasa es que no tenía en cuenta quién tiene hoy la sartén por el mango en el mundo.

Vivimos bajo una dictadura del poder económico, cuyo único objetivo es aumentar sus beneficios a cualquier precio, y para eso necesita acabar con todos los restos del estado de bienestar. Empeñarse en ir en sentido contrario, apuntalando el estado de bienestar, supone desatar todas las iras de ese mundo del dinero que hoy tiene armas para arruinar la economía más floreciente

Vivimos bajo una dictadura del poder económico, cuyo único objetivo es aumentar sus beneficios a cualquier precio, y para eso necesita acabar con todos los restos del estado de bienestar. Empeñarse en ir en sentido contrario, apuntalando el estado de bienestar, supone desatar todas las iras de ese mundo del dinero que hoy tiene armas para arruinar la economía más floreciente.

 

Ahora, una advertencia muy importante: yo con esto no quiero decir, ni mucho menos, que el poder económico sea invencible. Es el clásico ídolo con los pies de barro. Pero tenemos que ser muy conscientes de la situación actual: de quién es el enemigo, de la fuerza y las debilidades que tiene. Y tenemos que estudiar la estrategia para poder vencerle. Estrategia que tiene como elemento fundamental hacer consciente a la sociedad de esta realidad. La democracia está secuestrada por el poder económico. Los gobernantes que elegimos tienen que doblegarse ante las imposiciones de “los mercados”, arrodillarse ante “los inversores”. Resignarse a ser los capataces de los señores de las finanzas.

 

Ese poder económico vacía de contenido la democracia, pero la sigue usando como máscara. Y desgraciadamente los grupos de izquierda entran en el juego, en vez de luchar para quitarle la máscara. Uno de los eslóganes más repetidos en el 15M era: “Le llaman democracia y no lo es”. Pues parece que los grupos de izquierda lo han olvidado y entran en la contienda electoral como si ese eslogan fuera una fantasía, cuando es una tremenda realidad. Y los seres humanos no seremos realmente libres mientras no nos liberemos del poder asfixiante del capital.

Hace dos mil años que el evangelio de Juan lo dice rotundamente: “La verdad os hará libres”. Y un escritor de nuestro tiempo, George Orwell, lo remacha: “En un tiempo de engaño universal decir la verdad ya es revolucionario”. No dejemos que le llamen democracia cuando no lo es.