En latín Marcus Licinius Crassus; o Marco Licinio Craso en castellano, no fue nada más que el hombre más rico de la historia, pues era el hombre más rico de Roma. Así mismo, su apellido que significa: grueso, grande, untuoso o inclusive gordo, no dice mucho, pero sí; lo expresa todo cuando se trata de lo “indisculpable”. He aquí, el termino del Craso error (Crassus errare), pues a pesar de ser de lejos el hombre más rico del Imperio a su vez más potentado y fastuoso, el cónsul Craso cometió un error tan grande, que no solo lo llevó a su fin, sino que lo inmortalizo por lo indisculpable. Así bien, un Craso error, es un error monumental, imperdonable o un error gordo, como la semántica del apellido del cónsul romano.

Ahora bien, a Marco Licinio Craso, se le conocía también con el agnomen (sobrenombre) de Craso el Triunviro, pues en sus hombros descansaba la tercera parte del poder de todo el Imperio. El poder político se había dividido en la figura del Triunvirato. Junto a Julio Cesar y a Pompeyo el Grande, Craso conformó ese Primer Triunvirato, que era una alianza entre los tres hombres más poderosos, y donde de hecho, Julio Cesar era el más joven y menos potente, pero ya era una figura clave de Roma.

Pues bien, “Roma no se hizo en un día” (“Rome ne fu pas faite toute en un jour”) como dice una frase medieval francesa. Su historia va más allá de tratados y crónicas, de intrigas, especulaciones y mitologías. Su historia hace parte de la nuestra, todo el sistema político y jurídico reposa en lo que un día fue el centro de la humanidad. Dijo John Lennon que “Si hubiera vivido en la época del imperio romano, me hubiera instalado en Roma”.

La historia de Roma también es la historia de Craso. Y la historia contemporánea arraiga ese legado. Gran parte de Occidente sin lugar a duda se satisfizo con los vestigios de Roma. Y, más allá, los hombres como Craso aún prosiguen conllevando el error. Y lo peor continúan siendo no solo parte del sistema, sino que gobiernan de la misma manera que otrora el cónsul Craso lo hizo. De forma imperdonable.

El aristócrata, general y político de la República romana, era el mejor para los negocios, había amasado una fortuna inigualable con todo clase de negocios, desde el comercio de esclavos, hasta las casas de lenocinio. Además, era el más hábil extorsionador y especulador. Aunque su fin, era la política, así que utilizó su basta fortuna para conceder prestamos a familias nobles empobrecidas, practicar clientelismo y mantener relaciones diplomáticas comerciales con la burguesía de aquel entonces: los équites –caballeros– que era el núcleo capitalista de la sociedad romana.

Craso era muy astuto y ambicioso, cosa que explotó a su favor siempre, asimismo nunca se implicaba demasiado en sus variados asuntos y tenía una red de pupilos a su orden, quienes ejecutaban sus negocios. En contraparte a su perspicacia para los negocios y estrategia política y socioeconómica, no era un gran táctico o estratega militar, aunque en la batalla de la Puerta Colina había dirigido un ala del ejercito del dictador Cornelio Sila, y había resultado victorioso. Pero, fue su ambición, la misma que lo había llevado tan lejos, la que lo condujo a su fin.

La fortuna de Craso fue amasada de forma siniestra. Confiscaciones de las propiedades de sus enemigos y sibilinos negocios inmobiliarios, gracias a su especulación en esta área. De igual forma, su codicia fue conocida por todo el Imperio y fuera también. Aunque, igual de conocida era su avaricia.

Avaricia y codicia eran los rasgos más relevantes del cónsul romano. Había nacido en una familia empobrecida y había tenido que huir hacia Hispania, por motivos políticos. La expropiación, incautación y compra de propiedades a precios minúsculos fue parte del origen de su fortuna.

Pero, según el memorable historiador, biógrafo y filósofo griego –luego romanizado– Plutarco, la fortuna de Craso que se había multiplicado en corto tiempo a porcentajes asombrosos, residía en su escuela de esclavos. El comercio de esclavos era el negocio más rentable y Craso le dio un valor agregado muy considerable. Se encargó de formar a sus esclavos, para venderlos como capital humano especializado. Como lectores, escribas, plateros, administradores, contables, mayordomos, etc., comenzó a venderlos.

Como usurero logró un mayor poder político. Inclusive le prestó al empobrecido y joven Julio Cesar en sus inicios una cantidad considerable de talentos, moneda de la época. Así Craso tenía el control sobre poderosas familias e individuos como el luego Cesar. Aun cuando, sus intereses eran muy elevados y era un feroz cobrador.

El calculador Craso, logró en política ser elegido por el pueblo como cónsul (año 71 a. e. c.) pues tuvo éxito en la legendaria coerción a la revuelta del mítico esclavo tracio y gladiador: Espartaco (Spartacus). Está rebelión dentro del marco de la guerra de los Gladiadores, librada por Espartaco, duró 3 años, y fue el entonces pretor Craso, quien como comandante del ejercito romano, en ese entonces solo 10 legiones, aplacó la rebelión de Espartaco que hubiera podido llegar a Roma.

Espartaco venció en primera instancia a las legiones romanas comandadas por el pretor y luego cónsul Craso. Pero, Craso adoptó una posición radical y tenaz, cuando reinstituyó la remota figura de la “decimatio”, que era uno de los castigos más duros empleados al ejercito romano. El castigo consistía en el diezmado de topas, esto es, condenar a muerte (por lapidación o golpes de vara) a un miembro de grupos de a 10 soldados y así aleccionar a todas las legiones. El motivo del severo castigo fue la deserción de varios legionarios frente a la avanzada del ejercito de gladiadores y esclavos de Espartaco.

La victoria sobre Espartaco, que compartió junto a Pompeyo y Licino Lúculo, convirtió a Craso en cónsul, cargo que desempeñó de forma diplomática ganando buena fama como político y además fue generoso –a pesar de su avaricia– con el pueblo romano para ganar su favor. A pesar de que, el éxito se lo llevó casi todo Pompeyo, opacando el papel de Craso.

No obstante, la suerte y el destino, aquella fuerza para los griegos superior a los hombres y a los dioses que guía el devenir de sus vidas, haría de Craso una leyenda. La buena racha del cónsul Craso terminó cuando su ambición y codicia lo arrastró hacia Oriente, al imperio arsácida o parto. La guerra contra los poderosos partos significó el fin de un viejo y luego vencido Craso.

Habiendo sido enviado a Siria, como procónsul, Craso empezó a planear su próxima hazaña: la conquista de Partia. Como intentando equipararse a los hábiles generales Julio Cesar en su conquista de las Galias y de Pompeyo designado como gobernador de la Hispania. Otrora Pompeyo había comandado la conquista de Judea (que anexionó a Siria), en donde consiguió una riqueza incalculable para sí y para Roma. Pero, Pompeyo no saqueó el templo de Jerusalén, aunque si se osó de entrar al Sanctasanctórum – “Santo de los Santos”– lo que ya era suficiente trasgresión, pues era un lugar exclusivo para el sumo sacerdote de Israel y en donde se albergaba el arca de la Alianza que contenía las tablas de la ley.

En la batalla de Carras (actual Harrán, Turquía) que el mismo cónsul Craso principió, seria derrotado a pesar de su superioridad militar. Fue así como, sin permiso del Senado emprendió esta cruzada con 7 legiones, y habiendo rechazado la ayuda del aliado de Roma, el rey armenio Artavasdes II, Craso y sus legiones fueron desmembradas y mermadas por el “Spah Salar” (comandante persa) Surena. Fue una carnificina – carnicería–. La infantería pesada romana fue aniquilada por la caballería ligera de los partos. Entre los abatidos, estaba el hijo de Craso, un joven y prometedor político, Publio Licinio Craso, pues su padre lo quiso allí.

La legendaria muerte de Craso hace honor al personaje. El cónsul de 60 años, al ver la inminente derrota, aquella masacre solo comparable con la del general cartaginense Aníbal Barca en la batalla de Cannas, se dirigió a negociar con los partos. Los partos no aceptaron ninguna negociación y lo ejecutaron. La cabeza de Craso y las manos fueron enviadas al rey parto Orodes II. En la batalla de Carras, 20 mil romanos fueron muertos y otros 10 mil fueron capturados como esclavos. Ese fue el error imperdonable de Craso, pues tuvo todo para haber obtenido la victoria.

El historiador Dión Casio aseguró que, a Craso, debido a su bien conocida fama de potentado, codicioso y avaro, los partos le fundieron con oro caliente la boca hasta la garganta, como para mitigar su sed de riqueza. Según Plutarco, al cónsul “los días se le pasaban encorvado sobre las balanzas”, pues no paraba de pesar y contabilizar el oro. Incluso, el comienzo de su fin fue un hecho en específico y tuvo lugar en la ciudad de Jerusalén o Yerushalayim «casa de la paz», cuando se atrevió a saquear los tesoros del sagrado templo (Beit Hamikdash) del rey Salomón (Shlomoh).

A pesar de todo, el cónsul Craso, era el punto de equilibrio del Triunvirato. Con la desaparición de este, la paz entre Julio Cesar y Pompeyo se dilucidó y estalló pronto una guerra civil en Roma, la cual ganó Julio Cesar, a quien le fue entregada la cabeza de su rival. De igual modo, la batalla de Carras fue el principio del fin del gran Imperio.

La historia se repite y hay hombres que como Craso, buscan hacerse con todos los reconocimientos posibles a nivel social y político (luego de haber obtenido lo económico o para obtenerlo) cometiendo grandes errores, sin exceptuar su ambición y codicia personal. En la actualidad y en toda la historia reciente y antigua, como la de Roma y el cónsul Craso, el fin de estos, es el poder y la riqueza, de seguro, terminaran como Craso con la boca fundida en oro o como el rey Midas de Frigia que terminó convertido en oro sólido.

Que el asunto de la Covid-19 y asimismo del negocio de la vacuna, no termine por ser un Craso error para quienes fundamentaron la gripe de Wuhan y que buscan la desestabilización de la economía global y de los gobiernos con arcanas intensiones, para transfigurarlo todo y ampliar sus ya grandes fortunas. ¿Terminaran como Craso, o al menos como Midas? Como dice la letra de “La belleza” de Luis Eduardo Aute:

“Míralos como reptiles, al acecho de la presa, negociando en cada mesa maquillajes de ocasión. Siguen todos los raíles que conduzcan a la cumbre, locos porque nos deslumbre su parásita ambición”.