Nota del subdirector: Les ofrezco por su interés y actualidad una magnífica entrevista de nuestro compañero Raúl Zorrilla, director de La Tribuna de El País Vasco Pedro C. González Cuevas, un intelectual de referencia para conocer, entre otros muchos temas, la historia de la derecha en España.

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El historiador Pedro Carlos González Cuevas, uno de los principales expertos españoles en el estudio del pensamiento político conservador, autor del ensayo más completo que se ha escrito hasta el momento sobre la formación de Santiago Abascal (Vox: entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria), explica que, tras los visto en las elecciones autonómicas catalanas, se confirma el surgimiento de “un nuevo tipo de derecha que cuestiona los efectos de la globalización, la emigración y el cosmopolitismo, tanto en las sociedades europeas como en Estados Unidos y América del Sur”.

 En su opinión, ¿está descompuesta la derecha española?

 En realidad, no hay que hablar nunca de derecha española. Es preciso hacer referencia siempre y en todo momento a las derechas españolas. El campo conservador español siempre ha sido plural, al igual que el campo izquierdista. Durante un siglo, existió una derecha liberal-conservadora y una derecha tradicionalista. Luego, emergió el fascismo y la democracia cristiana. Incluso durante el régimen de Franco permaneció la pluralidad de la derecha española. En la España de Franco, se podía ser carlista, falangista, monárquico o juanista, social-católico, incluso liberal-conservador, siempre que reconocieras la jefatura de Franco. El resultado de la II Guerra Mundial y el Concilio Vaticano II, hicieron inviable tanto el falangismo como el tradicionalismo. Fuerza Nueva fue la última manifestación del tradicionalismo español.

 Muerto Franco, las derechas estuvieron representadas por Alianza Popular y UCD. Hay que sumar aquí igualmente a los nacionalismos periféricos catalán y vasco, PNV y CIU. El final de la UCD hizo que el conjunto de la derecha se sintiera representada por AP y luego por el PP. Pero este fenómeno es producto de un contexto muy determinado: el final de la Guerra Fría y la hegemonía del liberalismo político y económico, la globalización y la crisis de la socialdemocracia.

 En el caso español, hay que señalar la consolidación del régimen del 78. Sin embargo, en el caso español, por lo menos desde 2004, con el 11-M, que tendría su culminación en los sucesos del 15 de Mayo, y luego en la crisis catalana de 2017, el contexto ha cambiado por completo. El PP perdió el poder; la Monarquía está en crisis; la representatividad política de un régimen partitocrático, como el español, es más que dudosa; el Estado de las autonomías no funciona, sobre todo desde la ofensiva separatista en Cataluña; y es excesivamente caro. A ello hay que añadir el contexto internacional, con la crisis de la Unión Europea, el ‘Brexit’, el empobrecimiento de las clases trabajadoras y medias por los efectos de la globalización y de las políticas de austeridad de la UE; y la emergencia de un nuevo tipo de derecha, que yo denomino identitaria, muy diferente al fascismo, que cuestiona los efectos de la globalización, la emigración y el cosmopolitismo, tanto en las sociedades europeas como en Estados Unidos y América del Sur.

 ¿Qué le ocurre al PP?

En parte, ya lo hemos dicho. La hegemonía del PP en el campo conservador/derecha era algo, en el fondo, anormal, producto de ese contexto. El contexto ha variado y es preciso darle nuevas respuestas. El PP fue, sobre todo con Rajoy, una especie de olla a presión, que no lograba ablandar los alimentos. Eso se vio en 2008, en el Congreso de Valencia, cuando Rajoy invitó a liberales y conservadores a abandonar el PP si no estaban a gusto en su seno. Y es lo que hicieron. El PP ha abusado conscientemente de esa hegemonía y ha despreciado a un sector considerable de las derechas. Temas como el aborto, la ideología de género y la memoria histórica, como elementos de la hegemonía ideológica de la izquierda, fueron asumidos u obviados por el PP. En el fondo, el PP ha sido una especie de Gargantúa de ideología progresista; o la ha asumido sin dificultad, o no la ha combatido. La traca final vino, no sólo de la derrota ante Pedro Sánchez con la moción de censura, sino de su desastrosa actuación en la crisis catalana. Eso, por no hablar de su política económica e impositiva, que ha perjudicado a las clases medias y trabajadoras. Por todo ello, lo más extraño no es la emergencia de Vox, sino que haya tardado tanto tiempo en aparecer.

 ¿Cree usted que Vox se convertirá de cara a las próximas elecciones en el líder de la oposición a Pedro Sánchez?

 En esto hay que ser muy cauto. Si he dicho que el PP no puede hegemonizar al conjunto de la derecha española, tampoco creo que Vox pueda hacerlo. Es un partido o, si se quiere un movimiento, todavía muy joven. Tiene que aclarar su ideario. Mi estudio sobre Vox, lleva por subtítulo Entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria. Su proyecto económico era excesivamente liberal, por lo cual no podía conectar con las clases medias más afectadas por la crisis y mucho menos con las clases trabajadoras víctimas de la globalización. Su destino era convertirse en una derecha identitaria semejante a la de Italia, Francia, Alemania, Polonia o Hungría.

Disputar al PP el campo liberal-conservador es un error. Vox tiene que seguir su propio camino. El discurso de Abascal en la moción de censura fue planamente identitario; y marcó el camino a seguir. La opinión pública española no lo entendió. Y es que la prensa y los medios de comunicación no han percibido el cambio de paradigma social y político que se está produciendo en el mundo, y que la crisis biopolítica ha contribuido a agravar. Después del Covid-19, el ‘Brexit’ y la crisis económica global, nada puede ser igual. Hay que captar lo que Wilhelm Dilthey denominaba “el espíritu del tiempo”. Las alabanzas del conjunto de la prensa española al repugnante e incalificable discurso de Pablo Casado contra Santiago Abascal demuestran que nuestra opinión pública –o, mejor dicho, publicada- ha sido incapaz de captar y analizar ese nuevo contexto social, político, económico y cultural. Sin embargo, Vox ha de profundizar en su ideario y proyecto político y difundirlo en el conjunto de la población; lo cual es difícil, porque no cuenta con suficientes medios. Todo está, en ese sentido, por hacer. Cuarenta años de progresismo cultural y de centrismo político no pasan en balde. Sin embargo, la misma emergencia y consolidación de Vox es ya una victoria de incalculables consecuencias. Por de pronto, ya pueden plantearse problemas de singular importancia –emigración, globalización, Estado de las autonomías, feminismo radical, modelo de Unión Europea, neoliberalismo económico, memoria histórica, etc-, que el PP había contribuido eficazmente a bloquear y silenciar en el campo de la derecha.

 ¿Qué futuro vaticina al PP?

 El PP sigue siendo un partido muy poderoso. Pero es incapaz de analizar los nuevos contextos y de captar el “espíritu del tiempo”. Hablo del Partido Popular, no de individualidades. El PP es una estructura que, siguiendo a Fernand Braudel o Claude Lévi-Staruss, podríamos denominar de “larga duración”. Ha cristalizado en unos hábitos y en una mentalidad de la que le es muy difícil salir. Lo estamos viendo en sus análisis sobre su fracaso en Cataluña. Sigue con la moderación y el “centrismo”, que son, a lo sumo, tácticas, fruto de contextos muy específicos. En situaciones tan graves como la española, una política centrista sería un suicidio. ¿Puede pactar con el PSOE?, ¿El qué?, ¿Puede llegar a un acuerdo con los nacionalismos periféricos?, ¿Cuáles?.

 Recordemos las colosales meteduras de pata de José María Aznar en Cataluña en 1996. Eso, por no hablar de la guerra de Irak. El arquitecto de la actual crisis no ha sido sólo Rodríguez Zapatero, Rajoy o Sánchez; ha sido Aznar, hombre de pocas luces, errático y endiosado. Y que, para colmo, se ha permitido dar lecciones al paupérrimo Pablo Casado, que nunca llegará al poder. Lo ideal para mí sería una muerte rápida para el PP, así haría menos daño. Sin embargo, repito: se trata de un partido poderoso, con muchos apoyos económicos, mediáticos e internacionales. No va a desaparecer, desde luego. Lo que podríamos pedirle es que repensara sus tácticas y estrategias políticas, y que no trate de acabar con Vox. No lo va a conseguir, y mucho menos ahora. Pero si lo consiguiera, no recuperaría esa base social. Simplemente, la desmovilizaría. Sin Vox, el PP nunca accederá al poder. Otra cosa es que pretenda restaurar el bipartidismo; pero eso, hoy por hoy, resulta imposible. Vox y PP, cada uno en su esfera, pueden ser complementarios. Ciudadanos, por cierto, nunca fue un partido de derechas. PP y Vox deben abandonar todo tipo de exclusivismo. Los tiempos de Aznar/Rajoy están más lejos que nunca. Afortunadamente.

Fuente: La Tribuna del País Vasco