En los pocos días transcurridos desde la moción de censura presentada por VOX se han escrito ya ríos de tinta sobre el discurso de Casado. Sobre la parte política del mismo, interpretaciones para todos los gustos; sobre sus insultos a Abascal, el común denominador de la estupefacción: Nadie parece entender el porqué.
 Para mí la explicación de los insultos es muy simple si se analiza desde el punto de vista sicológico. Hay dos hechos de la trayectoria reciente de Casado que han pasado desapercibidos pero que creo lo retratan.
Uno: Primera concentración en Colón contra el golpe de estado en Cataluña. Me desilusionó, aunque me lo temía, no ver a nadie del PP. Pero, al acabar el acto y apartados de los asistentes, me encontré a Casado y a Cristina Cifuentes siendo entrevistados por la televisión. Al llegar a casa vi en los noticiarios que Casado, en esa entrevista (y con la complicidad de A3), intentaba hacernos creer que la manifestación había sido cosa del PP y, más concretamente, suya. "Bueno -pensé- al menos esto ha servido para conocer la catadura moral de este sujeto".  
Dos: Convención del PP en 2019. Con Casado ya presidente del PP organizan esta sesión de onanismo colectivo para convencernos de que el PP ha vuelto a sus esencias. Invitan a Jaume Vives. Creo que, como son unos lerdos prepotentes, debieron pensar que iban a ver una actuación de José Mota. Pero, ¡ay!, resultó que Jaume es un tipo inteligente, valiente, y perfectamente consciente de que, como no le debe nada a nadie, puede decir lo que piensa. Y durante 10 minutos, ante la sonrisa bobalicona de Casado y García Egea, se dedicó a recordar al PP todas las traiciones que había cometido, para terminar sugiriendo a los miembros honrados del PP que se afilien a VOX.
El ABC del liderazgo exigía aquí que Casado saltara como un rayo, agarrara un micrófono y rebatiera -o asumiera- lo que había dicho Jaume. Daba igual asumir o rebatir, lo importante es que, en esa situación, un verdadero líder tiene que decir la última palabra; Casado no podía dejar en el aire las últimas palabras de Jaume, tenía que usarlas para agrupar tras él a todos los espectadores; algo así como: "No te preocupes, Jaume, conmigo empieza una nueva era". Pero Casado no tenía nada que decir y prefirió quedarse sentado. Y yo comprendí que una coliflor tenía más liderazgo que Casado.
Permítanme que les recuerde la leyenda de Mozart y Salieri. A finales del siglo XVIII, Antonio Salieri era un músico muy popular en Viena, pero bastante mediocre. Consciente del genio de Mozart y de sus apuros económicos, Salieri le encarga al genio de Salzburgo que componga un réquiem con la intención de hacerlo pasar por suyo y así demostrar que él también tiene talento. Finalmente, Salieri que es incompetente pero no tonto, llega a la conclusión de que ni siquiera robando sus obras podrá igualarse a Mozart, y termina asesinándolo.
No se me ocurriría sostener que Santiago Abascal es el Mozart de la política, pero ni el podemita más desorejado se atrevería a negar que Abascal es un hombre de principios y un verdadero líder.
Sin embargo, Casado sí que es Salieri: ¿Que Abascal convoca una manifestación en Colón? Casado-Salieri intenta hacer creer que la obra es suya. ¿Que Abascal habla de la España de los Balcones? Casado-Salieri se apropia de la idea. ¿Que Abascal llena sus mítines hasta la bandera? Casado-Salieri se roe las uñas en su covachuela. ¿Que Abascal se jugaba el cuello enfrentándose a las ratas etarras? Casado-Salieri, desde su moqueta, le acusa de pisotear la sangre de las víctimas.
Como Salieri, Casado se ha pasado los dos últimos años intentando copiar la partitura de Abascal sin entender ni la letra ni la música. Ahora ha decidido matarlo. Porque a Casado le ocurre lo que a Salieri: Incompetente pero no tonto, ha comprendido finalmente que nunca tendrá ni los principios ni el liderazgo de Abascal.
Y es que, en resumen, la tragedia de Casado es que lo que a él verdaderamente le gustaría es ser Santiago Abascal.