Son tiempos convulsos los que estamos viviendo, amenazados por una pandemia que extiende su manto de miedo, enfermedad y muerte por todos los rincones de la Tierra.

Pero no es solo el coronavirus lo que amenaza a la humanidad, sino que el socialcomunismo, el globalismo capitalista y el fundamentalismo islámico, enfrentados entre sí en busca de su expansión y supremacía, no hacen otra cosa que dibujar un horizonte de acontecimientos cada vez más tenebroso, sin lugar para la ilusión y la esperanza, ambas desterradas por la falta de sentido que cobra la vida en medio de la opresión.

El socialcomunismo, impulsado por su afán de dominación en pos de un igualitarismo axiológicamente inasumible, viendo periclitado el discurso de la dictadura del proletariado,  procura ahora, allá donde prospera, la instauración de regímenes populistas de carácter totalitario, en los cuales la población se ve sometida a un estado de miseria, que solo puede sostenerse por medio de la tiránica violencia ejercida por una clase gobernante que tiene como única finalidad mantenerse en el poder y disfrutar de las prebendas que ello conlleva.

Por su parte, el globalismo capitalista, cada vez más alejado de las esencias liberales, apuntala cada vez con más fuerza su truculento “nuevo orden mundial”, en el cual el ser humano se ve sometido a la codicia de unos plutócratas que, desde las más altas esferas de las corporaciones transnacionales, tan solo persiguen el propio beneficio económico, más allá de cualquier otro tipo de consideración, convirtiendo así a los individuos en meros autómatas, inundados por una angustia vital cuyo origen desconocen y sin otro proyecto vital que el de la producción y el consumo. 

Por último, el fundamentalismo islámico, desde un fanático dogmatismo cuya seña de identidad es la intolerancia con cualquier forma de disidencia, aspira a imponer al mundo su particular teodicea y someter a la humanidad entera a la sharía o ley islámica, para lo cual no dudan en declarar la yihad contra los enemigos de su causa, es decir, contra todos aquellos que sencillamente no comparten su cosmovisión en todos y cada uno de sus aspectos, sembrando allá por donde pisan las semillas del enfrentamiento, el terror y el caos. 

Frente a estos cuatro jinetes del apocalipsis, nos encontramos con una civilización occidental en franca decadencia, que asiste paralizada y perpleja a su propia aniquilación. Si bien todo parece fruto de un ominoso presente que se manifiesta de forma apremiante, lo cierto es que el proceso deconstructivo lleva años desarrollándose.

 Así, la “modernidad”, alumbrada por el llamado movimiento ilustrado, depositó su fe en la “diosa razón”, puso su esperanza en el progreso tecnológico ilimitado y encumbró a la ciencia –asentada en el reduccionismo cartesiano, el mecanicismo newtoniano y el experimentalismo baconiano- no como la principal sino como la única fuente de conocimiento, descuidando con displicencia la dimensión espiritual que todo ser humano, desde los albores de su existencia, encierra en su interior, proporcionándole su auténtica esencia.

No seré yo quien cuestione el valor y los logros de la ciencia, pero como señala Claude Lévi-Strauss, en su obra recopilatoria “Mito y significado”, “La ciencia nunca nos brindará todas las respuestas”, y de hecho, dado que su campo de actuación se reduce al mundo de lo sensible, es incapaz de dar respuesta a los grandes enigmas que acucian  a la humanidad: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿adónde vamos? 

En definitiva la modernidad ha traído consigo un enorme avance en el conocimiento del cosmos y de todo lo que en él se encuentra, así como un impresionante desarrollo tecnológico que ha liberado al ser humano de muchas de las tareas que lo encadenaban. Pero como perniciosa contrapartida ha eliminado casi por completo el componente espiritual del ser humano, relegando al baúl del olvido toda forma de “intuición comprensiva luminosa”, la cual, por ser intrínsecamente inefable, solo puede ser transmitida de forma simbólica.

Así -como recrea Albert Camus en “El mito de Sísifo” mostrándonos la historia de un hombre condenado eternamente a empujar una piedra hasta la cima de una montaña, para solo conseguir que vuelva a caer-, el ser humano en el momento presente deambula a lo largo de su periplo existencial sin rumbo propio, sin proyecto vital, sin horizonte de sentido.

En definitiva el proyecto de la modernidad se ha ido desmoronando con el paso del tiempo, para dar lugar a la “postmodernidad”, movimiento que adquiere carta de naturaleza con la obra de Jean-François Lyotard “La condición postmoderna” y  que básicamente se caracteriza por la invalidación de todo metarrelato cosmovisivo, la negación de todo valor moral y la consideración de toda verdad como una cuestión contextual. De esta forma el postmodernismo nos sumerge en el imperio del relativismo más absoluto, algo que solo puede conducirnos, y de hecho lo está haciendo, a un hedonismo estéril, a un nihilismo lacerante y, como corolario de todo ello, a un angustioso vacío existencial.

Sin embargo, en medio de este sombrío y desolador panorama, como cada año por estas fechas, llega el ritual navideño que conmemora el nacimiento de Jesús de Nazaret y su epifanía a los Reyes Magos, con el único propósito de iluminar el espíritu y colmar de ilusión el corazón de todos aquellos susceptibles de recibir su purificador y fraternal mensaje, abriéndonos así una puerta a la esperanza. 

No es necesario ser creyente para entender la grandeza de Jesucristo, ya que sus enseñanzas dan muestra de su infinita sabiduría al revelarnos el secreto último que permite dar un sentido a nuestras vidas. Así, dice Jesús: “Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros” (San Juan 13:34-35). En esta sencilla máxima reside el verdadero espíritu de la Navidad, que no es otro que la renovación del mandamiento de amor que Jesucristo nos dejó como imperecedero legado.