Como buen globalista, Toffler asumió la unión entre el liberal-capitalismo y el totalitarismo marxista postulando la síntesis de ambos materialismos internacionalistas sobre la construcción de un “hombre nuevo”, entendido, básicamente, como instrumento productivo. Porque: “[...] los patronos de la tercera ola necesitan […] hombres y mujeres […] que se adapten con rapidez a nuevas circunstancias y que estén sensitivamente sintonizados con las personas que les rodean”. (La Tercera Ola, 1980, Ediciones Orbis, Barcelona, 1985, XXVI, Un nuevo trabajador, p. 371).

Una idea que ya había adelantado en El shock del futuro (1970) y que manifestaba un interés particular por la educación de la nueva sociedad. Por ejemplo, en el capítulo VI (Op. cit., Plaza y Janés, Barcelona, 1982, p.153), en el punto titulado “Educar a los niños para el cambio”, o en el capítulo XVII del mismo libro: “aumentar la capacidad de adaptación del hombre. Esta será, durante la revolución superindustrial, la labor central de la educación”. (p. 493).

Claro que cuando una “visionario” iluminado se deja llevar por la demagogia y es capaz de poner por escrito cosas como ésta: “Ya no basta que Johnny comprenda el pasado. Ni siquiera es suficiente que comprenda el presente, pues el medio actual se desvanecerá muy pronto. Johnny debe aprender a prever la dirección y el ritmo del cambio”. (ESDF, XVII, La nueva revolución docente, p.500), es para echarse a temblar. ¿O es que acaso el delirio que impregna dicha retórica puede alumbrar otra cosa que un porvenir de peleles analfabetos?

Ahora bien, antes de alcanzar esa nueva sociedad “perfecta”, tan dúctil, es preceptiva una labor “educativa” previa, fundamentalmente dirigida a la división interna de las naciones en comunidades enfrentadas. De forma que, en paralelo a este proceso disolvente, se proceda, a su vez, a la atomización de cada comunidad en torno a identidades cada vez más reducidas. Así, Toffler anticipó también la finalidad de las políticas identitarias, el carácter victimista de las mismas y la pretensión de aglutinarlas con una orientación determinada: “El primer y herético principio del Gobierno de la tercera ola es el del poder de la minoría. Sostiene que el imperio de la mayoría, el principio legitimador fundamental de la Era de la segunda ola, se está tornando crecientemente anticuado. No son las mayorías, sino las minorías las que cuentan. Y nuestro sistema político debe reflejar crecientemente este hecho”. (LTO, p. 404). ¡Y se queda tan ancho tras anunciar un futuro que se lleva por delante el concepto mismo de democracia! Lo cual ya es grave, pero hay más que analizar: Obsérvese que, en este punto, al anunciar la nueva realidad que “debe ser reflejada”, Toffler incurre en la argucia de la profecía autocumplida, pues, conocido el sentido del “deber ser” ¿por qué no impulsarlo? ¿Por qué no incentivar con campañas y subvenciones el “empoderamiento” de las minorías o la creación de otras nuevas? Y es que Toffler tampoco ocultó la intención de servirse de estas minorías para la implantación de un nuevo orden: “[…] los psicológicamente oprimidos –los millones de víctimas de la epidemia de la soledad, las familias rotas, los padres sin cónyuge, las minorías sexuales– […] son importantes fuentes de fuerza para el movimiento de la tercera ola”. (LTO, p. 421).

Lógicamente, después de leer estos pasajes parece difícil desmentir el proceso de ingeniería social alentado desde las instituciones y medios de comunicación globalistas, e imposible defender como “casual” un programa que sigue al pie de la letra las pautas señaladas por Toffler hace ya cuarenta años.

También se entiende mejor lo que llevó al británico Douglas Murray a escribir La masa enfurecida en 2019 y la resistencia creciente de una gran parte de la población a ser “cancelada” por no someterse a ese nuevo paradigma cuyo horizonte es la esclavitud.

En este sentido, anticipando la reacción popular frente a la tiranía mundialista, Toffler pretendió, a través de un forzado posibilismo, que el enorme supositorio fuera indoloro: “[…] para evitar una violenta agitación debemos empezar ya a centrar nuestra atención en el problema de la obsolescencia política estructural en todo el mundo. Y debemos llevar esta cuestión no sólo a la consideración de los expertos, los constitucionalistas, abogados y políticos, sino también al público mismo, a organizaciones ciudadanas, sindicatos, Iglesias, a grupos de mujeres, a minorías étnicas y raciales, a científicos, amas de casa y comerciantes”. […] “Desencadenando un vasto proceso de instrucción social –un experimento de democracia anticipativa en muchas naciones a la vez–, podemos detener el empuje totalitario. […] Y podemos ejercer una estratégica presión sobre los sistemas políticos existentes para acelerar los cambios necesarios”. (LTO, p. 424).

Nótese una vez más que es el propio Toffler quien determina lo que es “obsoleto” y cómo insiste en implantar su agenda a través de la imposición de un plan de reeducación y una “presión” que no especifica. Teniendo además la desfachatez de justificarlo ¡contra el “empuje totalitario”! Cuando es él mismo quien establece la urgencia de esos “cambios necesarios”, y su planteamiento no sólo restringe la validez de cualquier argumento contrario, sino que ni siquiera contempla escucharlo. Es más, Toffler condena de antemano a sus antagonistas como retrógrados, empleando una fórmula muy efectiva –“asesinos de ideas” los llama– para amordazar cualquier oposición: “[…] la responsabilidad del cambio nos incumbe a nosotros. […] Esto significa luchar contra los asesinos de ideas que se apresuran a matar cualquier nueva sugerencia sobre la base de su inviabilidad, al tiempo que defienden como viable todo lo que ahora existe, por absurdo, opresivo y estéril que pueda ser”. (LTO, p. 425).

Una argumentación insidiosa por dos motivos: En primer lugar, porque descarta considerar la posibilidad de que haya algo salvable entre lo ya existente. Y en segundo término, porque presupone en sus antagonistas una especie de querencia insuperable por lo absurdo, opresivo o estéril. Pero, sobre todo, una argumentación escandalosa en tanto implica un enorme desprecio hacia sus lectores y un insulto a su inteligencia. Pues, aunque resulte muy cómodo –y a menudo, eficaz– caricaturizar a tu adversario, la “falacia del hombre de paja” no sólo daña el argumento que se apoya en ella, sino que también debilita el crédito de quien la emplea.

Como ha podido constatarse en los pasajes citados, el afán de Toffler por determinar lo que la gente debe hacer, decir o pensar, y la misma arrogancia –“la fatal arrogancia”, que diría Friedrich Hayek– de pretender conocer y planificar lo que conviene a cada cual, revela un espíritu inequívocamente dictatorial. No en vano, Toffler llegó a escribir: “Ya en la actualidad deberíamos preparar equipos de jóvenes para vivir en comunidades submarinas. Es posible que una parte de la próxima generación se encuentre viviendo en el fondo de los mares […] Y deberíamos hacerlo no sólo con estudiantes universitarios, sino con los niños de las escuelas primarias o incluso con los parvularios”. (ESDF, capítulo XVIII, Educación en tiempo futuro, p.512). ¡Claro que sí! Y esa decisión sobre las vidas ajenas corresponde… ¿a quién?, ¿al Estado? Y después de decidir por estos niños y jóvenes su misma existencia sumergida, ¿por qué no organizar la vida de todos en todo momento?, ¿por qué no poner cámaras en cada esquina y en el interior de los domicilios para vigilar las conductas incorrectas o prevenir el delito? ¿O por qué no drogar a todo el mundo para reprimir sus impulsos? ¿Y por qué no prohibir comer carne como propugnan veganos y animalistas? Porque también esto lo predijo Toffler en The Eco-Spasm Report (1975), sugiriendo “la aparición repentina en Occidente de un movimiento religioso que prohibiera comer carne vacuna, ahorrando así cantidades enormes de toneladas de cereales que, de ese modo, se utilizarían para dar de comer al mundo entero”. (Op. cit., Bantam Books, 1975). Esto es, abundando en la misma “conciencia ecológica” obligatoria frente a la “crisis climática” que hoy preside, día sí, día también, los informativos, la educación y las redes sociales de Occidente.

En cualquier caso, de lo que se trata aquí no es de sí Toffler debe ocupar un lugar privilegiado en el santoral de la secta globalista, sino de entender que la imposición de su agenda 2030, aparte de ser un negocio muy lucrativo para sus promotores, es un atentado brutal –y definitivo, si finalmente triunfa– contra la libertad.