Los militares, al menos los españoles, se caracterizan por poseer una capacidad de reacción rápida. Por vivir preparados para ser capaces de salir por la puerta en el momento preciso en que se les necesita. Sin excusas ni miedo, y frecuentemente con un entusiasmo y reservas de energía sin parangón. La Unidad Militar de Emergencias, es un grupo castrense español que se dedica a misiones urgentes, por lo tanto su capacidad de reacción es aún mayor que la del resto de grupos. Los miembros de la UME están formados en rescates, incendios y grandes catástrofes: cuando la Naturaleza demuestra que seguimos siendo vulnerables, sus súbditos, que toda la tecnología del mundo no logra convertirnos en omnipotentes, cuando el pánico y la desesperación rinden… llega la UME, con un plan.

La Unidad Militar de Emergencias suele trabajar en turnos que como poco doblan en duración a los del resto de funcionarios españoles. Y no patalean, ni gimotean, ni hacen aspavientos o teatros, ni se ponen en huelga, ni se manifiestan. Guardan silencio y aprietan los dientes. Y derraman los mismos centilitros de sudor y sangre, no importa el cansancio o el riesgo, que si los políticos y ciudadanos comunes les tratasen dignamente. Tal vez ello es la causa de que no exista una auténtica movilización para mejorar las condiciones de trabajo y salud mental y física de los uniformados españoles: ellos siempre cumplen, ellos siempre llegan puntuales, no importa los agravios recibidos. Parece que en España sólo empezamos a tratar con decencia a una persona (que no forme parte de un colectivo izquierdista) cuando ésta nos amenaza de alguna forma. La moral ha desaparecido.

Los militares españoles con frecuencia alcanzan el límite de sus capacidades humanas por ayudar y salvar vidas. Otros funcionarios españoles rezongan, arrastran los pies (nacieron cansados), intentan zafarse de su obligación, y consideran que sólo por calentar la silla, merecen un salario. Lo hacen porque pueden, porque se les permite. Y se sienten explotados porque su jornada laboral de 8 horas no se reduce a 6 (y si lo lograsen, querrían que las 6 se convirtiesen en 4, hasta que consistiese en llegar, fichar, y regresar a casa).

Miembros de la UME pasan 16 horas seguidas trabajando, cada segundo de ellas su vida y la de sus compañeros en peligro, colgados de un cable, en el interior de una cueva, casi a obscuras. Realizan el rescate, salen de la cueva, se duchan, y no esperan ningún aplauso. Porque nuestros militares, a diferencia de tantos compatriotas, conocen el concepto cumplir con el deber. Y entregarse sin reservas a la misión, dado que carecen de la mentalidad del mínimo esfuerzo.

He escuchado recientemente a unos cuadrúpedos cuestionar la presencia de la UME en la Palma en el otoño de 2021, incluso la propia existencia de la unidad. Ha dañado mis tímpanos y mi sensibilidad oír la expresión española “bah, eso también lo hago yo”. Qué atrevida es la ignorancia, qué límite puede alcanzar el engreimiento, y el desprecio: si 8º de EGB o COU fue la última vez en que abriste un libro de biología, cómo osas pretender mantener una conversación de tú a tú con el médico, que ha pasado una década en la facultad de Medicina. ¿Qué instrumentos, con qué argumentos cuentas para cuestionarle? Los facultativos se equivocan como toda persona, y han matado pacientes. Aun así tienen muchas más posibilidades de estar bien encaminados (no “acertar”, como si una profesión fuese la lotería) que quien no ha pisado la misma facultad que ellos.

Si un traductor ha pasado década y media estudiando una lengua, el resto con un diccionario en una tarde, no está a su altura.

Uno de los más graves problemas españoles es la soberbia, que es además el peor pecado y una enfermedad: a muchos arde la sangre y responden escupiendo desprecio, con agresividad y chulería, porque una persona cuestione su estatus de Dios, porque sugiera que no saben todo. Al sapiens sapiens eso le resulta inadmisible, y su respuesta es similar a lo que ocurre cuando se acerca un mechero al gas. Hoy en España resulta trágico y ofensivo que digan a uno que no es ministro del aire.

Por eso nuestra nación se encuentra en tal estado de mediocridad, porque los instruidos son cautos, y piensan antes de hablar. Los analfabetos, los altaneros, corren a tomar decisiones desinformadas, y hablan rápido y fuerte para que todo el mundo constate que son animales.

La ignorancia es atrevida, y la soberbia del que ha leído dos artículos y se atreve a encarar al que lleva años estudiando y practicando, es injuriosa y puede llegar a ser dolorosa, porque se está eludiendo, subestimando el valor de décadas de esfuerzo y entrega a la construcción de un corpus de conocimiento, de saber.

 

La UME se encuentra en el otoño de 2021 en la isla de la Palma, a causa de la erupción del volcán en la cordillera de Cumbre Vieja. Entre los cometidos que lleva a cabo, el más sencillo consiste en limpiar ceniza del tejado de las casas. Tal vez gracias a la suficiencia del “bah, eso también lo hago yo”, y al desdén por la formación, según el diario Canarias 7, en un artículo del 6 de noviembre, tres personas han sufrido politraumatismos al caer del tejado tratando de realizar esa labor, y una de ellas se encuentra en cuidados intensivos. Así que todo apunta a que un ciudadano común no puede hacer el trabajo de la UME… porque apartar ceniza de una cubierta elevada e inclinada, no es equiparable a barrer migas del suelo de la cocina.

Para ejecutar cualquier tarea que desempeñe un militar español, se requiere un proceso de aprendizaje, en ocasiones elitista (aunque esa palabra en España hoy día escueza). Un ignorante en asuntos castrenses como yo, ni siquiera puede arañar la superficie de las implicaciones del trabajo de la UME. Porque para ello, primero debería pasar 9 meses al año, durante un lustro, en una Academia Militar. Sólo entonces empezaría a comprender por dónde sopla el aire en su profesión.

Dado que no estoy dispuesta a entrar en dicha Academia, lo único y más útil y respetuoso que puedo hacer en presencia de un equipo de la UME trabajando, es apartarme, y observar desde la ventana con la boca cerrada, para aprender sobre un mundo complejo e inmenso, desgraciadamente lejano a mí a diario. Les observo y escucho en la distancia y me fascina su forma de comunicarse: el vocabulario técnico, la construcción de oraciones, el tono y volumen que usan en las distintas situaciones… También disfruto con su lenguaje no verbal: esa forma de palmearse el hombro, de compartir una risa grave, cómplice.

Les estudio en la distancia y reflexiono sobre por qué cuando cunde la histeria y la anarquía ante ciertas situaciones, la UME arriba tranquila, procede con orden impecable, guiados por un plan inteligente, práctico y estratégico. Con tanta energía cuando los demás estamos agotados, sin asomo de temor cuando a los no uniformados tiemblan los hombros. Con una disciplina férrea y una inquebrantable resistencia mental. Con un conocimiento tan extenso sobre materiales y las leyes físicas que los convierten en eficientes, cuando la mayoría apenas sabemos apretar un botón de la segadora.

En ocasiones se diría que los militares, al menos los españoles, son superhombres. No, son seres humanos de carne y hueso, que sudan, sangran y lloran. La explicación a su comportamiento se debe a algo más que la formación académica: cada persona está hecha de una pasta diferente. Algunos hemos nacido para amar y proteger el corazón de otra persona, otros para salir al campo de batalla y defender y salvar vidas. Es importante conocerse a uno mismo, y saber cuál es su lugar en la sociedad, para no perder el tiempo propio y ajeno, para no ridiculizar la bandera, ni malgastar el dinero del contribuyente. Ser militar no es una ilusión infantil, es una profesión y un estilo de vida, que requiere, aparte de décadas de arduo esfuerzo intelectual y físico, entrar en la Academia siendo determinada clase de persona; por ejemplo, teniendo la sangre a cierta temperatura. También estando dispuesto a que los próximos cuarenta años de tu vida, si no te disparan o pisas una granada antes, estén gobernados por valores morales, que para la mayoría sólo son un barrunto en la lejanía: valor, espíritu de sacrificio y servicio, disciplina, compañerismo, y honor.

 

Por todo lo expuesto, ante una catástrofe natural la solución no está en lo que al español jactancioso (incluyendo la caterva de políticos, periodistas y pintamonas de internet) se le ocurra de repente. Por eso es imperativa la presencia y acción de un militar español. Y que los demás nos apartemos, no molestemos, e intentemos ayudarles y colaborar, siempre desde la humildad, siempre sometidos a su autoridad. Tratándoles de usted, por ser desconocidos, y porque es el requisito mínimo cuando uno dirige la palabra a una persona que está dispuesta a que le vuelen las pelotas para salvar a un desconocido, sólo por ser éste un compatriota.

Recordando el lugar de cada uno, y que no todos somos iguales. Ni mucho menos.