Planea la sombra de la penuria. Acecha la miseria. Lleva tiempo haciéndolo, desde que ese virus bautizado Covid-19 irrumpió en nuestras vidas propagándose ante la ineficacia resolutiva y gestora de los Gobiernos.

En esta ciénaga en la que andamos metidos, la semana pasada fue una de las más tristes que recuerdo desde que comenzó la pandemia. Los bares y restaurantes cerraron sus puertas, bajo el pretexto de que los contagios han aumentado y hay que «contener su propagación». No daba crédito cuando leía la notica. Mis pupilas se dilataron ante la estupefacción hasta casi el eclipse total del iris y seguido se contrajeron a causa del disgusto.

Es falso (o al menos distorsionado) porque las cifras que se manejan no puede ser tenidas por buenas, en tanto en cuanto no las comparemos con el número de test realizados en dos momentos concretos: antes y ahora. Pero, con independencia de ello, dije en voz alta rompiéndoseme el corazón: son nuestros vecinos, son nuestros padres, son nuestros hijos; somos nosotros, por el amor de Dios. ¿Qué está pasando? ¿Qué harán esos camareros y hosteleros sin barra ni mesa ni cliente?, ¿Qué dirán cuándo lleguen a sus casas?, ¿Cómo van a llenar sus frigoríficos?, ¿Cómo pagarán sus facturas? ¿Cómo y cómo y cómo...?

Hoy golpea la ruina. No podemos cerrar negocios y abandonar a los individuos breando con su infortunio. Gestionar un pueblo requiere impulsar la generación de riqueza real y sobre todo ser más productivos para llenar estómagos y encender calderas. Hay que buscar y encontrar soluciones alternativas. Prohibir la actividad de negocios no frena el contagio de manera significativa (señores, señorías, se lo digo a ustedes), el porcentaje de contagiados es sólo del 2,8% de la población española (cuando se esperaba un 70% de la población total, tal y como afirmó Angela Merkel) de ellos muere el 2,9x%. Los contagios se darán en cualquier caso, salvo que encerremos a todos y cada uno de los individuos en habitaciones absolutamente aisladas, alejados de vecinos, familiares, compañeros y amigos, en las que morirán de inanición y tristeza. Señorías, el virus está en el aire. Tenemos que aprender a convivir con él, a esquivarlo en la medida de lo posible, a inhalarlo en pequeñas porciones; pero no detenernos y morir de hambruna.

Cerrar la hostelería implica matar al pueblo entero de hambre porque el hostelero no es sólo el dueño del restaurante, no. Es también el arrendador del local, los cocineros, los camareros, los que fabrican sartenes, manteles, cubiertos, los distribuidores, los decoradores, los proveedores, las gasolineras, los taxistas, la moda, sus comerciantes, diseñadores… Tantos y tantos que a su vez implican a otros, conformando una cadena de desgracia.

La realidad es que mientras nos quedamos en casa las colas del hambre se hacen kilométricas, los infartos de miocardio se duplican, los suicidios se disparan, la venta de ansiolíticos sigue aumentando, las enfermedades mentales avanzan a pasos agigantados, el paro alcanza máximos históricos, la deuda pública es ya impagable, el PIB anual experimenta una caída sin precedentes en tiempos de paz, la inmigración se ha descontrolado, el número de divorcios es mayor que el de bodas, el número de abortos es incontable, las familias están rotas. Mi generación es una generación perdida, que comenzó a trabajar con la crisis de Zapatero y ahora ya no tiene ni dónde trabajar. El paro juvenil está en el 40%. ¿Qué más se puede decir?

Aquel martes negro, mi cuerpo se revolvía sin sosiego. Buscaba culpables y, sin el más nimio titubeo, todos los dardos apuntaban al mismo centro de la misma diana.

¿El fin justifica los medios? ¿El que pierde los papeles pierde la razón?, me preguntaba sin cesar. ¿Ha llegado el momento de tomarnos la justicia por nuestra cuenta? ¿Ha llegado el momento de pasar de la palabra a la acción? En ese instante, con esta lluvia de dudas azotando mi cerebro, me acordé del mismísimo Jesucristo, quien tras formar un látigo con varias cuerdas, echó a golpetazos del templo a los mercaderes, por haber transformado su casa en «una caverna de bandidos». Hasta el propio, salvador del mundo y maestro de la verdad, tal y como aseguran los cuatro evangelistas, utilizó la violencia contra los fariseos. También me acordé de José Antonio Primo de Rivera quien consideraba la violencia necesaria y plenamente justificada cuando obedecía a intereses y valores más altos, tales como la defensa de la patria, la justicia, etc. Entonces, ahora pregunto: ¿Jesucristo habría echado látigo en mano a esta clase política privilegiada, tiránica y despótica? No sé ustedes, yo considero que sí. ¿Y José Antonio qué habría hecho? Honestamente, creo que sí (para ser sinceros, no me cabe la menor duda). ¿Y nosotros qué haremos? No lo sé, aunque de momento las primeras revueltas callejeras, las primeras manifestaciones ya las tenemos aquí y el nuevo símbolo de los hosteleros es una soga con un nudo corredizo al cuello, que conducirá a más y más ahorcamientos.

Entre tanto, la Comunidad de Madrid logra reducir los contagios con sus bares y restaurantes abiertos, manteniendo una prudente distancia de seguridad, sin hundirlos. ¿Ahora qué?