Igual que el Cristo de El gran Inquisidor, de volver hoy el 15M a nuestras calles resultaría pulverizado por los sacerdotes del igualitarismo, con Pablo Iglesias y su patulea de sicofantes mediáticos a la vanguardia. En palabras de Dostoievski: “Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia”. El 15M fue la ostentación pública de hartazgo, en tiempos de miseria, ante la hegemonía de lo que Enrique de Diego encuadraría bajo el acertado título de “casta parasitaria”. El término, como antes el movimiento, terminó fagocitado por un hatajo de comunistas surgidos del Foro de Sao Paulo que predicaban la Palabra castrista-chavista enarbolando textos de C. Schmitt y E. Laclau pero que, con los años, han sucumbido a esas dos religiones de sustitución, con vocación pedagógica, tan fundamentalistas como rentables que son la ideología de género y la calentología climática.

Podemos periclitó el 15M mientras lo expropiaba y canalizó, mediante un espurio discurso anti-sistema, el desencanto popular hacia la conquista del poder, evitando con ello la reforma del “régimen del 78”; en realidad su espejo. Crearon, con la complicidad de medios de comunicación de todo signo, un enemigo imaginario “fascista, racista y machista”, gracias al cual pudieron legitimarse dentro de la partidocracia. Como Syriza quisieron “cambiarlo todo para que nada cambie”, estrangulando a las clases medias con una deuda económica que será la ruina de numerosas generaciones. Donde gobernaron se dedicaron a robustecer a un Minotauro estatal cada vez más titánico y tiránico cuya única pretensión es expoliar al ciudadano creando el espejismo de que, a cambio, es su proveedor magnánimo.

El 15M se equivocó en todas sus propuestas sin excepción y, por eso, un movimiento análogo y libre de intervención, ahora, tendría que estar basado en políticas reales y locales; en un patriotismo inclusivo que busque conquistar el poder para ejercerlo desde abajo, como propone Dana Nelson en Democracia Común, y encaminado al bien común. Todo ello en el marco de una Hispanidad fundamentada en su propia idea de soberanía que incluya a una gran parte de Hispanoamérica y sustentada en su propia tradición para que pueda suponer una alternativa cultural y política real al proyecto globalista de una Unión Europea acabada que ambiciona fraccionar España para someterla. Frente a la nostalgia sesentayochista en lo estético y lo ideológico del 15M original, un movimiento socialdemócrata y conservador —por “conservaduros”, que diría el Marqués de Tamarón—; deben ser las familias, únicos núcleos de resistencia frente al omnívoro totalitarismo de una economía de Estado, quienes impulsen una reforma radical de España con carácter popular, comenzando por: 1) Suprimir las listas cerradas, la financiación pública de partidos políticos y la red de subvenciones a distintas mafias institucionalizadas como las ONGs; 2) reformar el sistema de pensiones, blindar la propiedad privada, inhabilitar a los partidos nacionalistas, derogar la Ley de Memoria Histórica, garantizar la independencia del Poder Judicial, desarticular las Comunidades Autónomas y revocar la ley D´Hont; 3) castigar severamente a aquellos que han trocado la democracia en lo que Ignacio Gómez de Liaño, el mayor pensador español vivo, acierta al calificar de “oligarquía incompetente”.

Todos hemos sido “infectados” con el virus mental de la ponzoña ideológica habitual que corre en torno al 15-M. La derecha ignora y desdeña un acontecimiento que parece resultarle ajeno cuando en realidad es clave para entender el pacto de la izquierda posmoderna con los grandes poderes financieros a nivel mundial. Juntos conforman un monopolio cultural y una aristocracia económica con la que dominan hoy el mundo. La izquierda, por contra, nos invade con páginas y páginas de nostalgia pueril y de lo que Gustavo Bueno llamaba "pensamiento Alicia" en forma de recuerdos gazmoños, memorias cursis, anécdotas grimosas y datos irrelevantes solo aptos para mentes derretidas tiempo atrás por la sensiblería y la ausencia de vergüenza ajena. Javier García Isac evocaba en un programa de hace unos meses la realidad del 15-M que conviene recuperar: “A mí no me engañaron ni un segundo pero hubo mucha gente a la que sí. Yo tenía claro que se trataba de un movimiento de izquierdas pugnando por mimetizarse con los nuevos tiempos. La izquierda estaba hundida y el 15-M era un intento por salvar la izquierda. Fue el primer intento de la izquierda de convertirse en casta. La casta se convirtió en caspa. Y luego la caspa en casta”. También resulta necesario recuperar de ese mismo programa unas palabras del historiador Fernando Paz: “La casta política es una categoría de enorme precisión acuñada por Enrique de Diego. En cambio, el 15-M no apuntaba demasiado a la casta política. Enrique de Diego se presentó en la Puerta del Sol con algunos de sus seguidores y fueron expulsados porque los organizadores —el 15-M fue un movimiento organizado— dijeron que no querían banderas —en referencia a las banderas de España— porque las banderas dividen. Y yo me pregunto: ¿Es que la bandera de España divide? La bandera de España sirve para aglutinar, es un símbolo de todos. Hay que recordar que se trataba de la época de Zapatero. Al día siguiente de expulsar a Enrique de Diego y sus banderas de España, comenzaron a aparecer banderas de la II República; banderas del Partido Comunista; banderas de la CNT. Todo aquello fue un gran timo que se aprovechó de la buena fe de la gente. A día de hoy sigue habiendo voluntad de cambio en la gente. El sistema en sí es corrupto; casi todos los casos de corrupción proceden de las autonomías y de sus redes clientelares. Lo peor del 15-M es haber defraudado la esperanza de la gente”. Un descrédito eficaz para todo antisistema que generara una reacción de aceptación consensuada del Sistema a pesar de sus defectos.

Parecería que está todo dicho, o eso pensaba yo, pero la campaña de desinformación puesta en marcha por los medios de manipulación me obliga a acudir a lo que sobre el 15-M dice Alberto Bárcena —uno de nuestros pocos historiadores españoles valientes, rigurosos y con capacidad de investigación— en su excelente libro La pérdida de España II. De la Segunda República a nuestros días. Como ha afirmado en alguna ocasión el también historiador Sergio Fernández Riquelme, se puede y se debe hacer historia de nuestro presente y de nuestro pasado inmediato. Y eso hace también Alberto Bárcena en su libro, donde se puede leer lo siguiente: “Nada menos espontáneo hemos conocido en nuestra historia reciente que el movimiento 15-M o de los indignados (en referencia a un panfleto escrito por Stéphane Hessel) de la Puerta del Sol de Madrid; si es que llegamos a encontrar ejemplos de algo parecido con anterioridad”. Vayamos al contexto: son los últimos días de un Gobierno de Zapatero que hace aguas por los cuatro costados. Entonces, “Cuando la acampada indefinida había colapsado la Puerta del Sol, sin vías de solución conocidas, y la presidenta autonómica, Esperanza Aguirre, reclamaba que se despejara la zona, la respuesta del ministro del Interior, Rubalcaba, fue que la policía busca resolver los problemas y no crear problemas donde no los hay”. En otras palabras: Rubalcaba y el PSOE respaldaban al movimiento y lo legitimaban con su permisividad.

Alberto Bárcena relaciona este hecho con la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, presidida por el papa Benedicto XVI. Sería una respuesta organizada de los eternos enemigos del sustrato católico de la cultura occidental y española: “Masonería y comunismo volvían a unirse en España y contra España; con las mismas fijaciones, los mismos objetivos a batir: catolicismo y patria; patria y catolicismo; todo lo demás caería por añadidura. En las calles del centro de Madrid volvía a palparse el odio rancio de 1936, cuando ya casi nadie lo creía posible”. Zapatero se marchaba tras haber cumplido con nota su función dentro de un plan mayor de ingeniería social pero su herencia guerracivilista en la izquierda era más fuerte que nunca. Así nacería una nueva ola izquierdista que hoy gobierna España bajo la forma de un nuevo Frente Popular aliado con las élites globalistas —como la Unión Soviética lo estuvo con el Frente Popular original— que diez años después pretende imponernos la Agenda 2030 como maniobra propia: el Plan Sánchez 2050.

Sigue ahondando Alberto Bárcena en los organizadores del movimiento: “La conexión con el mundialismo tampoco tardó en hacerse patente: uno de los principales impulsores del 15M, el cineasta Stéphane M. Grueso, era en 2016 el tesorero de la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información, financiada por la Open Society Foundations de George Soros”. El mismo Soros que, según Juan Antonio de Castro ha financiado al separatismo catalán para, literalmente, “destruir España”. Y que, como desveló el periodista de investigación Manuel Cerdán, "en julio de 2018, Pedro Sánchez se ha reunido más veces con el especulador de las finanzas George Soros y miembros de su clan que con el presidente del Partido Popular y líder de la oposición, Pablo Casado". En otro artículo, Cerdán ha añadido: "Pedro Sánchez percibió también dinero del especulador George Soros en su etapa de observador en procesos electorales y en otras misiones internacionales de carácter humanitario, a través de los demócratas norteamericanos del National Democratic Institute (NDI) y de otras ONG’s, vinculadas al magnate de las finanzas. Desde entonces, el presidente mantiene una estrecha relación con la organización fundada por el multimillonario, Open Society Foundation". Además, hay que recordar que Soros financia a través de diferentes empresas a medios de comunicación españoles como ElDiario.es o Maldita.es, dos webs de neo-inquisidores a la manera del Pravda que se arrogan la capacidad de decidir que es verdad y que no lo es.

Continúa el profesor Alberto Bárcena: “Solo con citar el nombre de Soros nos trasladamos al nivel de las organizaciones pantalla, la ingeniería social de máximo nivel y las revoluciones incomprensibles que han sacudido el mundo en lo que va de siglo, como las Primaveras Árabes”. Llegados a este punto hay que recordar que Soros anunció por aquellos años una inversión de 500 millones de dólares en refugiados y migrantes. Sobre el ámbito español escribe Alberto Bárcena: “Del 15M surgen una serie de partidos que se diferencian, más que nada, por el nombre; siendo el más representativo Podemos; unión de la extrema izquierda que buscaba superar el fracaso de Izquierda Unida y el aburguesamiento socialdemócrata del PSOE; sin que faltasen destacados representantes de dicho partido que lo patrocinaron en su lanzamiento, y lo utilizaran luego”. En otras palabras: que Podemos es, hoy, como lo era ya entonces en su fundación, una herramienta de actuación puesta a la disposición del PSOE. Alberto Bárcena explica el sentido político oculto: “Es verdad que le restaría votos, pero también podría resultar decisivo para poner en marcha políticas radicales que el partido de Felipe González era incapaz de asumir”.

Concluye este revelador fragmento de La pérdida de España como sigue: “Zapatero, sin ir más lejos, no llegó a la Moncloa con un programa político muy distinto al podemita; pero le quedaron algunos flecos sueltos que con el PSOE a solas no podía rematar. Necesitaban los socialistas de su misma orientación alguien que, por su izquierda, reclamara políticas o ajustes de cuentas, que ellos no podrían atender impunemente; si pretendían seguir perteneciendo al establishment donde les incluyeron Willy Brandt o David Rockefeller”. Hay que recordar que este último nombre, David Rockefeller, es autor de una afirmación escalofriante: “Estamos al borde de una transformación global. Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”. Ahora, en plena pandemia, el PSOE de Pedro Sánchez gobierna con el Podemos liderado hasta hace apenas unos meses por Pablo Iglesias, ex-ministro de la Agenda 2030. El círculo iniciado hace una década nos cerca en su interior, de una vez clausurado.

Autores como Carlos Taibo, Santiago Alba Rico, Ernesto Castro o Ignacio Ramonet figuran entre aquellos que más fruslerías han dicho y escrito en torno al 15-M. Desde la derecha liberal, Fernando Díaz Villanueva no se ha quedado atrás en cuanto a comentarios tan prolíficos como insustanciales. Por ello, resulta necesario rescatar las palabras que ya dijera Félix Rodrigo Mora algunos años atrás sobre el 15-M, más actuales que nunca: “Para quienes no tienen otra finalidad que arrancar tales o cuales migajas al Estado providente de la modernidad toda reflexión sobra y de lo que se trata es de agitar en la calle con machaconería hasta conseguir sus pedestres metas, más dinero y más servicios. Pero para aquellas y aquellos que se hayan propuesto tratar los grandes problemas de nuestro tiempo, desde la perspectiva de una revolución integral suficiente de la vida social, de los sistemas de ideas y valores y del propio ser humano, el conocimiento cierto es imprescindible”. Y conocimiento cierto es el que añade el libro La pérdida de España del historiador Alberto Bárcena sobre la izquierda del pasado y del presente.

El 15M pudo nacer de forma espontánea, yo no lo sé, pero se lo apropió inmediatamente la izquierda más deleznable de este país para servir mejor al capital más siniestro del globalismo. Posteriormente el movimiento de protesta en Wall Street o la propia y santificada Primavera Árabe se organizarían para provocar efectos análogos en geografías distantes. Porque esta clase de movimientos no son más que operaciones sutiles de disidencia controlada por servicios de inteligencia que pretenden llenar titulares en los periódicos con la sensación de que todo cambia para convencer de ello al lobotomizado ciudadano medio. Como afirma Frank G. Rubio, una de las voces más autorizadas para hablar del 15M, todo era espectáculo y nada más que eso: “Hemos pasado de la propaganda al simulacro. La sociedad del espectáculo era esto, y es en la sociedad del espectáculo donde se consuma el 15M que se quiso desde su comienzo espectáculo, espectáculo presuntamente alternativo, contracorriente y espontáneo pero espectáculo. Hasta cinco veces lo he repetido”. Como ocurre con nuestra pandemia, todo en el 15M es simulación porque, en el fondo, ya vivíamos —como vivimos ahora—, en una realidad virtual donde todas nuestras conciencias pueden ser conectadas a una mentira común hecha pasar por verdad. Sin mayores consecuencias.

La historia no es cíclica pero el trayecto de los revolucionarios es siempre idéntico. Un nuevo 15M no resultaría mejor: sospecho que los tontos útiles del poder, esos progresistas indocumentados entre gazmoños y oligofrénicos que votan a sus caciques, volverían a volatilizar el menor atisbo de rebelión popular. Los círculos dialógicos organizados durante las asambleas han terminado formando parte de los círculos endogámicos que llevan décadas carcomiendo a España desde el interior —aunque con el adecuado apoyo externo que se comenzó a implementar en la tan cacareada Transición—, con la ferocidad y el tesón propio de las termitas.