Tarea gris en su simplona sustancia, la deconstrucción de la Agenda 2030 no es con todo asunto baladí: este ejercicio de decodificación in progress requiere por parte del exégeta de dos cualidades positivas no siempre asumidas por los panegiristas de la presunta disidencia: discernimiento y mesura: si el primero arrastra consigo el descrédito de toda subjetividad subyacente, la segunda debe hacer las veces de freno y/o muro de contención ante los posibles “desvaríos” (“demasiado especulativos”, incluso “conspiranoicos” en su deriva catastrofista) del entregado analista.

Una vez más, la voz sistémica que monopoliza la narrativa oficial acallará los puntos de vista alternativos que quieran exceder la tosca estrechez de las líneas expuestas en la Agenda: bien por la vía del primado negativo y la descalificación/demonización de quien disienta, bien por el imparable recurso de sus detestables “co-rectores/verificadores de información”. 

En su infamia alevosa, la 2030 puede describirse como un borrador de simulaciones (de lo más blando a lo más duro) repensado por los cerebros de la Satanocracia supranacional: se conoce la meta, puesto que ésta ya ha sido fijada... al tiempo que se omite astutamente cualquier referencia sólida a su aplicación metodológica. Es decir, que en su condición de tal, este borrador-entelequia (que tan sólo ha sido “soñado”) todavía no está escrito “en limpio”, puesto que atiende a una (i)lógica secuencia de ciertos movimientos psicosociales deproyectados, confirmados o pendientes de confirmación: su implementación progresiva dependerá del grado de acatamiento que las masas vayan manifestando ante la ingeniería social desplegada en curso.

Ahora bien, la 2030 porta sobre las raíces de sus garras (subtextos) un abanico de ideas fijas que, con insistente saña, la Sinarquía va reforzando poco a poco a través de cada una de sus jugadas estratégicas; veamos:

  • Fin de la propiedad privada;
  • Fin de la familia tradicional;
  • Fin de la intimidad personal;
  • Políticas de identidad de género;
  • Medidas eugenésicas;
  • Leyes de eutanasia;
  • Abortismo masivo;
  • Ecología planetaria como nueva religión del Estado global;
  • Reducción de población mundial; o
  • Ilegalización de la Iglesia Católica (no confundir con el Vaticano, infiltrado y dirigido por el mundialismo).

A la luz de los últimos acontecimientos (especialmente la denominada “pandemia por coronavirus” = Gran reseteo), y valorando el grado de sumisión de unas masas aterrorizadas en su vivir cortoplacista, los últimos éxitos de “los Amos del mundo” son, más que apabullantes, integrales; hasta el punto de que podemos afirmar con rotundidad que los oligarcas del Nuevo Orden se sienten muy cómodos en esta partida que llevan las de ganar, puesto que nos aventajan con amplísima holgura (y no sólo eso: conocen con anticipación las jugadas futuras de su desarmado, y entontecido, adversario): el bípedo reblandecido post-estado del bienestar.

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