Es bien sabido que a los sabios nunca les han persuadido las palabras, sino las razones; los hechos, no los dichos. Pero en la España de hoy, donde es obvio que el saber no ocupa lugar, hay pocos sabios y, esos pocos sabios, en su mayoría, andan indiferentes u obtusos respecto a cómo revertir esta crítica situación que padece la patria.

 

Pocos sabios, como digo, y muchos pusilánimes e ignorantes a quienes ni les interesa la sabiduría ni desean ser sabios, pues es característico de la ignorancia que ni siendo bella, ni buena y huérfana de conocimientos, cree estar en posesión de lo suficiente. Viene todo esto a cuento porque resulta increíble que un pueblo histórico, de cultura occidental y raíz cristiana, soporte apaciblemente a un Gobierno fanatizado, al servicio de la plutocracia globalista que quiere destruir España y que es, por lo tanto, traidor a su patria. 

 

Un Gobierno entretenido en delirantes proyectos ideológicos, diseñado para el adoctrinamiento de nuestros hijos y nietos y la promoción de una ingeniería social al servicio de la marxista ideología; que esconde, además, tramas oscuras de financiación y conexiones con el comunismo bolivariano o los extremistas iraníes, que se vale de las instituciones para ocultar todo eso y para medrar y colocar en ellas a los amigos y afines en puestos millonarios que los ciudadanos pagamos con nuestros impuestos y trabajo.

 

Llevamos cuarenta y dos años en los que a las emanaciones fétidas de un decretazo gubernamental aberrante o de un escandaloso caso de corrupción, inmediatamente ha venido a tapar otro olor aún más pestilente. Sólo la pérdida del último atisbo de decencia moral e intelectual otorga sentido a la infamante actitud de políticos y altos cargos que justifican el desafuero por razones de utilidad social; eso y el desprecio a la capacidad crítica y ética de los ciudadanos, que admiten lo inexplicable y aceptan lo inaceptable.

 

Sólo la profunda agnosia que en materia de costumbres democráticas caracteriza a la caterva de aventureros enganchados a los lóbis del Sistema, permite comprender que nadie objete las decisiones de quienes permanecen en sus cargos una vez demostradas las graves responsabilidades de ejercer de delincuentes o asociarse con ellos.

 

Los que mandan, funcionarios, barateros, ex ministros, barones, aventureros, pervertidos, políticos cesantes y políticos ascendentes se reparten el dinero apestoso. Y ahora sabemos que algunos de éstos, de esas pandillas que se lo llevan caliente desde el comienzo de la transición y tienen siempre varios familiares o íntimos en el PSOE y otros varios entre sus cómplices o en lo que venga, han participado en el asesoramiento y la gestión del tráfico de influencias o de divisas del numerario de la droga. 

 

Pero a los despachos de las instituciones o de los que comunican con ellas no se les sorprenderá en delito alguno; tienen al lado abogados granujas que los asesoran, y jueces y fiscales dispuestos a prevaricar para blanquearlos. España es hoy un páramo moral y cultural con intelectuales orgánicos, pensadores apesebrados, medios informativos cercanos al poder y financiados por él, donde suprimir las ayudas y las sinecuras es apostar por la sedición.

 

El caso es que nos hallamos ante una situación moral, política y económica tan fangosa que nutre a toda clase de salteadores y profesionales de la quiebra. Mientras a España hay que meterla en el frigorífico para que no huela, porque podrida ya está, al Gobierno lo apoyan los que han prosperado en este estado de cosas, esos especuladores y bandidos que se han enriquecido de manera obscena al pairo de la democracia, o los que están con expectativas de enriquecerse. 

 

Unos y otros, todos traidores y delincuentes, han dilapidado el poco patrimonio que nos quedaba, y se han repartido el botín configurando la ideología del Gobierno, porque los poderosos, y los que aspiran a serlo, son insaciables. Jamás tienen bastante. Su codicia crece con sus adquisiciones. Se anticipan siempre a la ideología que va a triunfar para obtener sus gracias.

 

Nadie, y menos el Estado, puede protegerse al margen del Derecho. De no ser así, el Estado perdería su legitimidad frente a todos, incluidos los frentepopulistas y terroristas, que no entienden de escrúpulos. Y este es el caso de la España actual. La modernidad (el Sistema), en aras del bienestar y del progreso, nos ha puesto a las puertas del infierno y se dispone a darnos la patada definitiva.

 

Algunos perdieron el respeto a nuestro sistema democrático hace ya muchos años, cuando comprobaron que éste consideraba posible convivir con la ignominia de todo tipo y condición. El servilismo deshonroso, las villanías de los delatores, las debilidades de los cortesanos, los escándalos del poder, las taras de los advenedizos... Servidumbre política y miseria intelectual son incompatibles con moral y razón.

 

Por un lado, los sicarios del Sistema se oponen a la verdad con la miopía de una clase política habituada a imponer su voluntad por encima de cualquier consideración objetiva. Por otro lado, a la plebe, ganada por el frentepopulismo sociológico, le atrae con fuerza la culpa; cada cual atiende a sus placeres e intereses, y les resultan más intensos gozándolos a costa de los desdichados. 

 

Que en este caso no pueden ser sino aquéllos trabajadores responsables que defienden su derecho a mantener su dignidad de personas a través de la ley y del trabajo, derecho que la ultrajada Constitución establece y que en nuestro caso las izquierdas resentidas niegan, ampliando cada vez más los delitos y el paro, y amparándose en una crisis de la que ellos son criminalmente responsables.

 

Estos hombres de bien necesitan una creencia, tienen que ligar a algo sus esperanzas. Porque nada hay más contagioso que el entusiasmo. Sin él no alcanzará la verdad ninguna victoria. Pero a los españoles de espíritu libre nadie se la ofrece. Algunos incautos confiaban en el mensaje navideño del Rey, mas esa carta ya ha sido revisada y bendecida por el Gobierno. Y del rey abajo ningún político antepone su libertad a las tópicas servidumbres de la cómoda ostentación de un cargo, ni deja de prestarse a representar una función escrita por otros.

 

De ahí que, a estas alturas, con unas instituciones malolientes, una honrada intelectualidad desunida y sin chispa y un vulgo bajo y cobarde, sólo quede confiar en los caprichos impredecibles del destino. O eso, o un despertar fulminante e insospechado de la ciudadanía.