Probablemente alguien pudiera censurar lo que a continuación escribo pero me indigna el olvido o la claudicación ante el plato de lentejas. Yo he visto a los chekistas de la memoria histórica ir fotografiando monumentos y calles para realizar los censos de la delación. Hace no mucho, en un lugar remoto, ante los restos ya prácticamente sin letras de un monumento a los caídos nacionales, entre ellos los asesinados por los republicanos, no pude dejar de expresar mi desesperanza por su futuro. Cerca de mí un individuo, cámara en ristre, e indumentaria típicamente rojiprogre hacia unas fotos... se esperó a que me alejara para silbar el himno de Riego. Ya tengo años suficientes como para valorar en toda su extensión tamaña valentía, pero es que de tontos está el mundo lleno.

 

Hace unos días me encuentro con la decisión adoptada por el ayuntamiento de Torre Pacheco (Murcia), tras aprobar una moción de Izquierda Unida, de, en aplicación de la Ley de la Mentira Histórica -llamemos a las cosas por su nombre-, retirar unos monumentos y placas de calles en recuerdo de los ASESINADOS por los republicanos en el lejano octubre de 1936. Varios de ellos, por cierto, concejales derechistas del mismo Ayuntamiento que ahora procede a proscribir su recuerdo.

 

Hasta aquí lo habitual. Lo menos habitual es que el alcalde, al que apeo de cualquier tratamiento, sea familiar directo de los asesinados. Leyendo lo dicho por tan egregio personaje es evidente que carece del aplomo y la dignidad suficiente para renunciar antes que prestar su colaboración a la infamia, pero es evidente que algunos prefieren la indignidad a perder el sillón.

Hasta aquí lo habitual. Lo menos habitual es que el alcalde, al que apeo de cualquier tratamiento, sea familiar directo de los asesinados. Leyendo lo dicho por tan egregio personaje es evidente que carece del aplomo y la dignidad suficiente para renunciar antes que prestar su colaboración a la infamia, pero es evidente que algunos prefieren la indignidad a perder el sillón.

 

Ejemplo preclaro es Antonio León Garre, alcalde de Torre Pacheco (Murcia) por el Partido Independiente. Su partido junto con el PSOE e IU ha votado Sí a la moción para retirar monumento y placas. Sucede que en esas lápidas y rótulos, que tan íntegro alcalde va a retirar sin muestra de dolor alguno, aparecen tres hermanos -los republicanos asesinaban a familias enteras- Aniceto, Juan y Francisco León Meroño junto con su primo Pedro León Garre (cualquier lector sagaz habrá notado la coincidencia de apellidos con el alcalde) y Francisco Jiménez Lozano. Bastaba con que el egregio alcalde hubiera invocado la propia ley recordando que también fueron víctimas de la guerra y por tanto merecedores de homenaje para defender el No a la moción (¡Ah, se me olvidaba! No es verdad se refiere sólo a los republicanos y no a sus víctimas). Pero para eso hace falta valor.

 

El alcalde piensa que no son dignos del recuerdo, y, como diría Marco Antonio, "el alcalde es un hombre honrado" (como sinónimo de honorable). Pero este alcalde, un hombre indigno por su decisión, no sólo ha buscado excusas, supongo que para lavar la conciencia que no tiene, ("fue más el deseo de venganza y las rencillas personales que la propia ideología lo que condujo a la ejecución de los cinco vecinos"), sino que fervorosamente ha aplicado la ley recordándonos que cualquier ciudadano tiene familiares que sufrieron la guerra y la posguerra en un bando y otro, y por tanto... Supongo que como familiares de caídos el sufrimiento en su familia debió de ser muy relativo. Pero, digo yo, que siguiendo el razonamiento de tan preclaro alcalde, todos deberían tener derecho a recuerdo, calle y monumento... O no. Entonces ¿por qué quitar sus nombres? ¿Porque lo pide IU y lo apoya el PSOE y el alcalde quiere congraciarse con tan insignes demócratas? ¿Porque no quiere que le recuerden mezclado con quienes eran identificados en los años treinta como fascistas y le malogren su carrera política?

 

Dadas las circunstancias y viendo la imagen del sujeto en cuestión lo único que me queda claro es que el señor alcalde lo que quiere es seguir siendo alcalde. Un alcalde indigno e indignante porque es, conviene recalcarlo, familia de los asesinados. Ahí está lo sangrante y vergonzante de su comportamiento. Los tres hermanos ASESINADOS eran primos de su bisabuelo y el otro primo segundo de abuelo y abuela paternos. ¡Casi nada!

 

Ahora, este valiente alcalde, Antonio León Garre, que no ha tenido ni la dignidad de defender a sus familiares asesinados, seguro que tendrá el apoyo y la sonrisa de los que no dudan a la hora de presentarse como herederos ideológicos de sus asesinos. Solo falta que dedique alguna de las calles a los heroicos republicanos.

 

Seamos claros e ilustremos al alcalde de la indignidad. En el fondo de esta inicua ley lo que subyace   no es más que el intento de borrar de la historia a las decenas de miles de personas asesinadas por los republicanos, y al hecho de que existe una relación de causa-efecto con muchos de los ejecutados por el régimen de Franco al acabar la guerra. Eso es lo que con la ley se busca ocultar.

 

A ello ha prestado su colaboración Antonio León que por ser alcalde ha decidido participar en la segunda ejecución de sus familiares en vez de dejar la vara y marcharse con la cabeza bien alta a su casa.