El abuso de los plutócratas y de sus sicarios es evidente. En la actualidad, no hay sujeto dominante que esté de verdad sometido a la ley. Y respecto a la verdad son incapaces de decir cosa que lo sea. De tres hacen trece, y de trece, trescientos. En concreto, las izquierdas y derechas de la casta son, hoy, conceptos que apenas encubren aspiraciones intercambiables. Lo que cuenta es el poder por el poder. Y, sobre todo, la impunidad en los beneficios obtenidos. Hoy estos políticos son sólo unos botones de la plutocracia globalista, que defienden a dentelladas sus propinas.

Para ello no habrá traición que no intenten, fealdad que no soliciten, sangre que no viertan, castidad que no manchen, limpieza que no ensucien, ni maldad con que no te sorprendan. Porque son alimañas encubiertas al acecho de nuestra perdición, y aún después del estrago causado ocultan o tergiversan de donde salió el daño; y porque carecen de escrúpulos para alzarse con el poder, nos aplastan bajo su bota. Son escándalo para la verdad, fiscales de la razón y verdugos de la virtud, contra quienes la prudencia nada puede y la paciencia resulta perjudicial.

Como de sus lazos engañosos nadie está seguro, es obligado prevenirse de ellos, porque, si libres, siembran por todas partes su veneno y devastan todo lo que posee atisbos de excelencia, de sentido común, de españolidad. Para preservar su privilegio y su prestigio hacen de la pulga, elefante; de la presunción, evidencia; de lo oído, visto, y ciencia de la opinión. Quieren que se les diga la verdad, pero ellos no decirla; que se les pague lo que se les debe, pero no pagar lo que deben, que es, casi nada, dejar a España en paz, para que sin su lastre pueda alcanzar el elevado lugar que le pertenece en la Historia.

Estos políticos de la casta han hecho de las estratagemas de engañosos mercaderes granjería habitual, y a ninguno se ha ahorcado. Con lo cual pretenden convencernos de que lo suyo no es delito, ya que seguro que se castigaba si lo fuera, pues hemos visto amedrentar, anatematizar y multar a pobres gentes por no llevar la mascarilla o irse a pasar el fin de semana a su pueblo. Y si no se les ha echado a las galeras es porque estas ya no existen.

En delinquir a ojos vistas tienen todos ellos bula y hacen de la justicia un juego de manos, poniéndola en el lugar que les conviene, y ya sin esconderse, a la vista de todos los que quieran ver, sin que sus víctimas lo puedan impedir, ni los letrados lo sepan o lo quieran defender, ni los jueces juzgar. Además, con su inclinación a desenterrar cuerpos muertos, nuestros gobernantes frentepopulistas y su ralea de cómplices, consentidores y propagandistas, del rey abajo, han revelado fidedignamente su condición de hienas.

Entre ellos siempre juegan al mismo juego: si me dejas comprar, te dejo vender. Y así lo compran y venden todo al precio que quieren, porque todo cuanto se compra y vende lo han hecho suyo. Y si te sorprendes de sus abusos, de sus robos a bola vista, o los criticas, te toman por bobito, aprovechados y vividores como son, exhibiendo la proverbial fatuidad de los instalados en el poder.

Porque son tablajeros que van chupando sin pausa la sangre de la ciudadanía, como voraces sanguijuelas. Hoy, con estos tahúres, ganas diez; mañana pierdes treinta; pasado mañana ganas cinco; al día siguiente pierdes sesenta… Ruedan los días, los dineros, los decretos, los impuestos y los ipecés, y al final la riqueza y la libertad de España se la van quedando y los españoles sin ella. El caso es que, pecando de codicia insaciable, acopian sin recato las haciendas ajenas, como si sus cuerpos los conformara un repertorio de bocas y de garras.

Resumiendo, estos listillos ambiciosos de la casta son como los necios, o de su mismo linaje, que para el daño están siempre activos y presentes, y para el provecho sordos y desaparecidos. Hace mucho que los políticos de la Transición se consideran por encima de la ley y del sistema político constitucional, definidos como están por su desdén hacia las leyes que no les favorecen, y por su desprecio hacia lo que les ilegitima. Con las izquierdas resentidas y sus cómplices en el poder, y sus brutales modos de canallas, la Historia de España corre el riesgo de convertirse en pura crónica judicial.

Mas quizá no sea justo cargarles toda la culpa, habiendo a quién más repartir. Demos algo de ello a la plutócrata y multinacionalista «gente guapa», especuladores, financieros y empresarios, por ejemplo, y no a todos, sólo a novecientos noventa y nueve de cada mil, que son los que destruyen el planeta, roban así mismo a los ciudadanos, engañando a todos y festejando las ganancias con sus perros lacayunos, sus presidentes de Gobierno y sus reyes afines. Unos para acrecentar sus ya fantásticas riquezas, otros para igualarse a los anteriores, y dejar inagotables heredades a sus cachorros.

Porque, del mismo modo que sus esbirros políticos, también estos ricachos poderosos se asemejan a tiburones que abriendo la boca de la codicia lo quieren tragar todo para multiplicar la hacienda, sin poner los ojos en otra cosa que no sea su insaciable ambición. Conscientes todos ellos, además, de su impunidad, pues muy pocos, o ninguno, encuentra su castigo, al contrario, fulminan sin dudar a quienes les estorban.

En esta hora deprimida por la que pasa España, mi pluma siempre suele acabar en el mismo tema. Y concluyo que todo el pan es malo, aunque a la mayoría no les sabe tan mal. Y siguen regalándose con la indiferencia o escondiendo la cabeza debajo del ala, o votando al traidor PP o a sus monstruosos colegas de la casta, o comiendo y bebiendo, que los platos y vinos españoles son todos generosos, como tantas otras cosas admirables que tenemos.

Pero por mucho que los despistados, insolidarios e irresponsables votantes pretendan esquivar o impedir su identificación con la regeneración de España, causa común que en esta hora mueve a las gentes de bien, no podrán impedir que, andando los días y viviéndolos y padeciéndolos, tal como hoy los sufrimos, acaben encontrándose con la verdad, aun sin querer, y vomitando todos los repugnantes sapos que se han ido tragando durante más de cuarenta años, tal vez arrepentidos de su desidia moral y sociopolítica, postrados tanto como la patria que traicionaron y traicionan, y con el alma tan negra como el aceite que acecha su miserable condición en el suelo de los candiles.