Estrenada en toda España el pasado viernes 18 de mayo, Sansón de Bruce McDonald nos zambulle atrabiliariamente en la historia de este (presunto) Hércules bíblico. Con Sansón concluye la historia del último de los grandes jueces de Israel (precedente de la monarquía davídica). Nos hallamos en el siglo XI a. C. y afrontamos una espiral de degradación continua del pueblo de Dios. Un sistemático y tormentoso bucle de pecado y Gracia divina. Ya nos recordará Pablo de Tarso que donde abunda el pecado sobreabundaba el perdón del Altísimo (Rom 5,21). Como se afirma en un momento dado de la película: “El poder de nuestro Señor está en el perdón”. Dios no se deja someter por nuestro pecado y Él cumple su designio en nuestra existencia. Y en Sansón detectamos todo ello con suficiente claror.

Sin duda, hay muchas cosas singulares en Sansón. En primer lugar, su propio llamamiento, su vocación de nazireo (Num 6). Antes incluso de que viniera al mundo, Dios había hablado de Sansón. Tan inconscientes como eran sus padres de lo que iba a ser hasta entonces Sansón y su propio nacimiento, tan poco claro lo tiene también el propio Sansón, confuso acerca de su propósito y de su misión en este mundo. Vemos en el juez Sansón, aparentemente, muy pocos rasgos de lo que esperaríamos de un juez (un proto-rey, en definitiva). Un juez vendría a salvar a su pueblo, superficialmente lo que hace Sansón en este relato bíblico, uno de los más detallados del Libro de los Jueces. Vemos su vida como juez durante 20 años. Refriegas, escaramuzas, muchas de ellas motivadas por asuntos personales, por sus irrelevantes venganzas, líos con los filisteos, Pero realmente vemos poco de los grandes actos de liberación que han realizado otros jueces anteriores. No hay grandes batallas (qué decir de la batalla de Gedeón con trescientos hombres fieles derrotando a los madianitas), no hay grandes luchas y, en principio, la opresión de los filisteos continúa. Y Sansón, por tanto, hace grandes preguntas a nuestra mente. Realmente ¿qué tiene que ver Dios con toda esta historia? Dios actúa por medio de Sansón y lo que Sansón hace es realmente sobrenatural. Cuando Sansón recibe esa fuerza tan célebre, que le ha hecho a él tan famoso también, cabello mediante, hace realmente cosas que ningún hombre hace: es una obra luminosa del Espíritu de Dios que entra en su vida.

 

El crepúsculo de Israel

Son cuatro capítulos esenciales del bíblico Libro de los Jueces. Desde el capítulo 13 al 16. Sansón, aunque es un hombre de una extraordinaria fortaleza, que es por lo que es conocido por tanta gente, es sin embargo un hombre de grandes debilidades. Un hombre cuya vida es una tragedia, destinada aparentemente a una devastación inapelable. Y Sansón, como todos los jueces (Deborah, Gedeón Jefté…), representa en primer lugar al pueblo de Israel, al momento y circunstancia en el cual se encuentra Israel en esa época. Época de absoluta decrepitud. Recuerden el inicio del decimotercer capítulo. “Los israelitas volvieron a hacer lo que desagradaba a Yahvé y Yahvé los dejó a merced de los filisteos durante cuarenta años”. Dios anhela que su pueblo amado (Dt 7, 7-8) despierte a la realidad de lo que son: el pueblo escogido entre las naciones del mundo.

El Libro de los Jueces es la historia de un gran ocaso, de una espiral que se va hundiendo cada vez más hacia el abismo. Sansón y su historia, a la que dedica el Libro de los Jueces una gran extensión, 4 capítulos de los 21 que tiene el libro, nos muestra cómo llega más bajo que ningún otro. Hay pocos jueces, ninguno podríamos decir, como Sansón.

 

Mamporros y algo más

Muy lejana de su gran referente totémico, Sansón y Dalila de Cecil B. de Mille, con el borroso Victor Mature y la actriz más turbadora jamás entrevista en el celuloide, Hedy Lamarr, esta nueva revisión nos recuerda que Dios interviene cuando no hay esperanza posible para su pueblo. O cuando allega la desesperanza a cada una de nuestras vidas. Y también que el mal existe y que no podemos escapar a sus deletéreas consecuencias cuando lo perpetramos. E Israel, como secularmente sucede, acabará en manos de sus enemigos.

Nacido milagrosamente de mujer estéril (Sara, esposa de Abraham, como brújula) poseemos la pétrea certidumbre de que todo lo que está relacionado con Dios es admirable porque es Dios de lo imposible (Gen 18,14). El conjunto de la realización fílmica es bastante decoroso, muy alejado del disparate de la última producción sobre Noé de Aranofsky o el calamitoso esperpento del gran Ridley Scott sobre el Éxodo. La trama es sobriamente entretenida, fluctúa con mamporros por doquier, trepidante (y trémula) acción y algunas escenas de palmaria brutalidad desmedidamente asilvestrada, filtrándose a la postre un artefacto cinematográfico razonablemente pulcro y ágil, sin grandes estrellas actorales ni concesiones a la galería.

Sansón se revela cine modesto, cochambroso por momentos, que lucha con conmovedor tesón por aparentar que pertenece a una primera división del entretenimiento cuyas orillas en realidad le quedan aún lejos. Y justo es reconocer que, pese a las restricciones tanto de presupuesto como de puro talento implicado, la dignidad no se pierde en ningún momento. Estemos atentos a Billy Zane, a Rutger Hauer (qué le habrá acontecido a nuestro reverenciado Rutger, nuestro venerado replicante Roy Batty), o a Lindsay Wagner. Pero, una pena, existen momentos durante nuestro relato que frisa la chusta caracolera, proporcionando a la historia una artificiosidad ininteligible: efectos especiales irreales, barbas de baratillo, actores petrificados, diálogos ampulosos y atuendos arrabaleros.

 

Sansón y la judeofobia

Posible historia de superhéroes (la posesión de un don extraordinario, los aprietos de saberse elegido para una misión, la emoción de la llamada a un liderazgo para salvar a los suyos de una tiranía, mucha acción, un toque romántico y el sacrificio redentor final), nuestro héroe finalmente es traicionado vilmente por dos mujeres y cegado por los filisteos en cruel trance de tortura. Podemos llegar a estar totalmente ciegos a la realidad y todavía ser oídos por Dios. Nos movemos por nuestra vista, desconociendo que el poder de Dios no depende de los sentidos (Heb 11). Sansón acaba muriendo matando. El poder de Dios en la cruz es infinitamente mayor que nuestro pecado, apuntándose explícitamente en el film al horrendo pecado de judeofobia (el antisionismo es la actual judeofobia). Un odio al judío antiquísimo(tetramilenario), abisal, permanente, paranoico, peligroso, obsesivo, desajustado de la realidad, quimérico y generalizado. Es una auténtica lástima, pero brillantísimas personas desbarran en este asunto de manera clamorosa. No hay nada en este mundo que se pueda hacer para demostrar la Shoah, el exterminio de los judíos europeos, a quien no quiere enterarse. Ni se podrá demostrar, en definitiva, por mucho empeño que se ponga, que los judíos no quieren dominar el mundo.