¿Existe aún la libertad, esa facultad primordial y natural que nos confiere el poder de decidir? ¿Nos está permitido opinar de manera diferente a la oficial, a la única y aceptada, a dudar o cuestionar la pandemia, las vacunas, o las restricciones sin ser tachados de negacionistas y ser condenados a la muerte civil? ¿Somos libres en el mundo actual o estamos sujetos a un nuevo orden que ha conseguido transformar el sometimiento, la subordinación, la condición de servidumbre, esclavitud o de prisionero en algo ligero, sutil, suavizado y finalmente aceptado como benéfico e ineludible? Las respuestas a estas preguntas podrían resultar incomodas al día de hoy.

A nuestro alrededor estamos viendo que lo que durante mucho tiempo dábamos por sentado o como un hecho consumado, en realidad no lo es. Los regímenes democráticos y de libertades de occidente parecen estar sufriendo un cambio de tal magnitud que son irreconocibles en relación a lo que considerábamos como tales hasta no hace mucho tiempo atrás. Aún perduran las formas cosméticas para que no podamos afirmar taxativamente que vivimos en un régimen totalitario, pero sí en una sociedad de control y vigilancia extrema de coacción social inaudita en el ámbito de la vida privada y la cotidianeidad. Es indudable que la pandemia y la justificación del cuidado de la salud pública aceleraron un proceso que también viene de lejos.

Los límites entre lo permitido y lo prohibido, entre la aceptación y el rechazo, entre la libertad de pensamiento, palabra y opinión y la narrativa oficial son cada vez más estrictos, restrictivos y coactivos. Opinar de manera diferente a la aceptación de las leyes de género, la emergencia climática, el matrimonio gay, el feminismo, el lenguaje inclusivo, la transexualidad, el derecho al aborto y la eutanasia, el multiculturalismo, los migrantes, la transición ecológica, o el progresismo, puede costar caro, ya que se estaría cometiendo un grave delito de odio que culminaría con la muerte civil, multas inasumibles e incluso hasta pena de cárcel. La pandemia no solo trajo el delito del negacionismo sanitario sino también el de negacionismo de la corrección política. Hasta la Historia ha sido controlada por la visión oficial, única e indiscutible impuesta desde el Estado. Hoy no existe peor estigma que ser catalogado de retrogrado, fascista o negacionista y muchos no lo soportan, aceptando lo que sea por no ser expulsados del paraíso global multicolor.

La reconfiguración del mundo por parte de las oligarquías tecno financieras y su red de terminales mediáticas es asumida e implementada a rajatabla por los poderes nacionales a su servicio. Ahí están, a la vista de quien quiera, las “8 predicciones para el mundo 2030” del Foro económico Mundial y los “Objetivos de Desarrollo Sostenible” de la ONU, como Nuevos Mandamientos de reemplazo a los arcaicos Diez del Antiguo Testamento. Los mandatarios, ministros y demás funcionarios gubernamentales llevan en su solapa el pin circular multicolor en sustitución de cualquier símbolo nacional. Nadie se atreve siquiera a preguntar y menos a cuestionar el porqué de ello, por no correr el riesgo de ser expulsado de la vida política señalado como un indeseable ultraderechista que no tiene lugar en la sociedad.

El mundo sin fronteras, inclusivo, igualitario, verde, feminista, sostenible y demás consignas de corte ideológico, sectarias e hipócritamente deconstructivas, son parte del canon actualmente vigente a nivel global, con sus adaptaciones a nivel local, que las hacen aún más efectivas y peligrosas. En ese paquete entran también el indigenismo, el racismo antirracista del Black Lives Matter, el secesionismo, el veganismo, el animalismo, el transhumanismo, la furia iconoclasta hacia monumentos históricos, el consumo de gusanos o la carne sintética. 

También existe una pequeña, valiente y loable “inmensa minoría” aún dispersa que se resistirá y no asumirá sumisamente el dictado del poder y, por lo tanto, no se puede descartar que no haya un cambio de ciclo hacia la recuperación del orden y la ley natural. No podemos permitirnos asimilar esta situación como inevitable. Pero para ello primero habrá que recordar que hemos sido creados a imagen y semejanza divina y eso nos ha hecho libres. Esa libertad interior y la conciencia son las guías para enfrentar a la peor de las tiranías, las que no lo parecen y son asimiladas como lo contario.