Por mucho que pueda fastidiar al Gobierno y a sus palmeros, Franco murió en la cama rodeado del cariño y el respeto de muchísimos españoles. El que diga lo contrario miente. Yo, que también tengo mi propia memoria histórica, como la tiene todo el mundo, tenía 16 años cuando murió el Generalísimo. A mí y a mis amigos, nuestros padres nos dieron permiso para ir a una de las interminables colas que serpenteaban por Madrid para ir a rendir un último tributo al General que había llevado a la victoria al Bando Nacional en una ya entonces casi olvidada guerra civil. Debo reconocer que con 16 años mi franquismo era escaso, a pesar de ser hijo y nieto de militares victoriosos en la Cruzada. Mis amigos y yo estábamos más por salir sin hora de regreso que por rendir un último homenaje al vencedor de la batalla del Ebro.
La nueva ley mal llamada democrática va a declarar ilegal al franquismo. ¡A buenas horas! Nadie les ha dicho que el Régimen se auto liquidó con el famoso harakiri el 18 de noviembre de 1976, en un alarde de patriotismo y de sentido común, al aprobar la Ley de Reforma Política. Hace ya casi medio siglo que esa parte importantísima de la historia de España es eso solo, historia. Los procuradores en Cortes franquistas, que renunciaron sus privilegios a cambio de nada, van a pasar a ser unos criminalizados por lo que hicieron.
Con la nueva ley las sentencias y sanciones de los tribunales franquistas podrán ser declaradas ilegales. ¡Pensé que todo estaba prescrito! Supongo que será una nueva vía de financiación para los de siempre. Debemos recordar las palabras de Errejón cuando instaba a sus camaradas a crear una serie de tinglados para garantizar la pasta a sus militantes cuando saliesen del poder.
Entre las nuevas memeces que trae la ley es declarar víctimas al gallego, vasco y catalán... y por qué no al bable, a la fabla de Fonz y al cheli. Víctima son las personas, no las cosas y menos las lenguas... pero detrás de esto está el reconocimiento de que tres comunidades autónomas son víctimas certificadas, por el mero hecho ser sus pequeños partidos independentistas los que sujetan a Sánchez. Es casi seguro que este apartado de la ley será una forma de castigar al español y hacer llegar un río de dinero a los de siempre. Los votos se compran con oro.
La nueva ley incorpora alguna maldad de última hora. Se amplía la aplicación temporal de la ley de 1978 a finales de 1983, con lo que se mete los primeros años de la modélica transición española en el mismo saco que el franquismo. Para dar paz y sosiego a los españoles se va a crear una comisión independiente con el objetivo de esclarecerlas hasta 1983. ¡Ya sabemos lo que se entiende por independiente! Ahora los herederos de ETA, los asesinos, gracias a la aritmética parlamentaria, van a poder juzgar a Felipe González, Alfonso Guerra y tantos otros socialistas y no socialistas. La vuelta de la tortilla. Al que le pique, que se rasque.
La ley vuelve con la retirada de los títulos nobiliarios franquistas, otra de las cuestiones que nos quita el sueño a los españoles. Siempre pensé que la izquierda sencillamente retiraría todos los títulos nobiliarios, como vestigio de una sociedad feudal, como algo propio del Antiguo Régimen, por anacrónicos. Sería lógico que quedasen como algo fuera , queridos y utilizados al margen del sistema por aquellos que los tienes, aquellos que les gusta y que, sencillamente, los usan, pues con ello no hacen mal a nadie. Poner en una tarjeta una corona ducal y fulano de tal conde de cual no debe ser un delito, como mucho un acto de ostentación, como si alguien pusiese en su tarjeta Miembro de la Sociedad Ornitológica de Nueva York. Recuerden lo que le gustaba a las ministras de Zapatero aparecer en Vogue. ¿Por qué no ser como Grace Kelly? Las ministras viajan en jet para ser como las chicas de Sexo en Nueva York.
La ley se llama democrática cuando de democrática no tiene nada. La democracia en un sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes. La nueva ley surge de una voluntad espuria de un gobierno que ha llegado al poder gracias a la anomalía democrática de la aritmética parlamentaria y a la estupidez sin cuento de Mariano Rajoy. Recordemos que, en 2016, hubo 24 millones de españoles que votaron en un censo de 36 millones, es decir que diez millones de españoles renunciaron a decir lo que opinaban. Es decir, que dos de cada tres españoles, como poco, no estaban con lo que se avecinaba el día del voto de censura. Si esta ley sale adelante, pues, que sea gracias a un referéndum...
No pude pasar a ver el cadáver de Franco. Me había puesto lentillas muy poco antes y una de ellas, en las apreturas, entre la mucha gente, se me salió del ojo. No era capaz de ponérmela sin mirarme al espejo. Me tuve que ir a casa.
Franco, mis abuelos Emilio y Luis, que hicieron la guerra como oficiales de regulares y en la Mehala, seguro que nos miran desde el cielo sorprendidos pensando que con todo lo que se nos viene encima estamos con estas tonterías. Pero si hay algo muy serio en todo esto. Al que disienta de la historia oficial, por un delito de opinión, de pensamiento, se le puede poner una enorme multa e incluso ir a la cárcel. Lo dicho, llamar a esta ley democrática es una perversión del lenguaje. Su nombre debería ser de Ley del Silencio o del Candado.