Ese embrutecimiento del que hablábamos en la quinta línea de necrosis, esa deriva hacia lo inferior y esta voluntad de degradación, como es natural, no quiere verse en el espejo. La degeneración no quiere tener enfrente un patrón diverso que le pueda dar la medida de sí misma. Por lo tanto, no sólo debe hacer la guerra contra toda aspiración humana superior, sino que además y sobre todo debe rechazar el pasado, la experiencia de nuestros padres, lo que nos ha llegado de ellos en forma de tradición, de identidad, de creaciones materiales e ideales.

Para no verse obligada a ver su rostro auténtico, para perder esa conciencia de sí misma que no quiere tener, la decadencia se expresa también en la incomprensión, en el olvido e incluso el desprecio de la propia tradición. Porque tener conciencia es también tener memoria, y borrando la memoria se anula la conciencia.

Hay una famosa frase del inglés Chesterton que a menudo se usa para justificar esta actitud, probablemente tergiversando las intenciones del autor: según esta frase la tradición es la “democracia de los muertos”. ¿Es así que debemos considerarla?

Se trata de una pregunta a la que debemos responder, porque la frase contiene una parte de verdad: consiste en que la tradición debe ser re-elaborada y renovada en cada generación, si es que ha de tener algún significado para la existencia humana. Pero a los que desprecian el pasado se les escapa que una tradición le da al ser humano algo fundamental: el sentido de pertenecer a una cultura, de tener una identidad, de formar parte de una civilización que bebe del pasado y se proyecta en el futuro. O se les escapa o bien quieren privar al ser humano de esta dimensión.

Una cultura es un organismo que vive en la conciencia de las personas; no tiene una existencia abstracta, en un vacío, sino que se apoya en una manera de entender el mundo y la vida que debe ser recibida, interpretada y mantenida viva; de otra manera muere y también muere algo en nosotros. Existe un deber de recibir los contenidos de esa tradición y esa identidad, de transmitirlos a nuestros hijos y renovarlos según nuestra sensibilidad, cada cual en la medida de su entendimiento y posibilidades. Un deber y una alta misión que sólo ignoran las épocas embrutecidas y decadentes, habitadas por las generaciones de la indiferencia y el nihilismo, como nuestra época presente.

Entonces la cadena de transmisión cultural se interrumpe, cuando llega el momento de los individuos centrados en sí mismos y en su pequeño bienestar, que ignoran todo horizonte superior, todo deber hacia el pasado y hacia el futuro. Es lo que podemos constatar por todas partes, hoy mismo. Basta mirar a nuestro alrededor para ver los signos de ello: la degradación de la educación, el hedonismo y nihilismo generalizados, la necesidad de vivir aturdidos y drogados con estímulos de todo tipo.

Es el precio de vivir en el vacío de un presente eterno y puntual, desconectado del pasado y del futuro.