Desde hace cuarenta y cinco años siempre ha habido una razón para que las elecciones, fueran generales, autonómicas o municipales, despertaran interés. Siempre ha habido algo que incentivaba el voto en una ciudadanía totalmente decepcionada. Incluso, los que no creemos en este sistema, no creemos y lo combatimos, nos hemos visto sacudidos por esas razones en interés de España.

Hoy el interés de las elecciones a la Comunidad de Madrid se sustenta en dar presencia, lo más suficiente posible a VOX, a fin de que pueda determinar el gobierno de Ayuso, y de paso echar al bicharraco, al galocho del moño de vieja. O más actual, al chico de las balas. A este espécimen de las cloacas más infectas de la ultraizquierda que viene ya vencido, al que de momento la señora Rocío Monasterio ha puesto en su sitio. Y ha tenido que ser una mujer (decente, femenina y patriota), porque esta clase de mujeres no ignoran ni dan la espalda, por más desagradable que sea tenerle de frente, a un tipejo que quería azotar a una mujer. Por eso, frente a estos tipejos, lo suyo es dar primero para de esta forma dar dos veces: hacer que se levante y forzar que abandone.

Pero sigamos con este engaño que son las elecciones, todas, generales, autonómica y municipales. ¿Desde cuándo la señora Ayuso y el resto de los consejeros no van a sus despachos, y si van es para no hacer nada? ¿Cuántos expedientes y documentos duermen en las mesas, esperando que termine la campaña electoral? ¿Cuánto dinero se va a derrochar? ¿Por qué coño los partidos en liza nos envían sobre con sus listas?

Volvamos a José Antonio, que será el pensador al que se tendrá que acudir para alumbrar estas ruinas. ¿Qué dice de las elecciones, de estas y de todas? Pues, que es “el más ruinoso sistema de derroche de energías”.  Derroche de energías que explica con esa retórica didáctica tan magnifica, y tan propia suya… “Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno”.

Adviértase que José Antonio expresa este argumento en pasado, que ese debería ser el nuestro. ¡Hacia la alegre primavera!