El votante está harto de que la bandera de Moncloa lleve grabado el estigma del miserable que busca culpable.

El Gobierno ha fracasado en su cometido de luchar contra el Covid19. Nunca tanto incompetente hizo tanto daño a una sociedad. Transcurridos más de dos meses desde que se sabía del peligro del virus, comprobamos que también ha fracasado el factor humano. Su ineptitud, improvisación, arrogancia y negligencia han sido el factor común de un Gobierno que ya está amortizado para la ciudadanía.

Pero voy más allá: el adjetivo de miserables lo llevan hasta las últimas consecuencias: la prueba de ello es que pretenden endilgar la tragedia al primero que pase por la puerta, llámese administración de color “opuesto”, Isabel Díaz Ayuso o Almeida. Hasta comprobamos que el “vice” de la coleta ha chapoteado con insistencia en el albañal inmundo hasta instrumentalizar políticamente los muertos, el dolor y el desprecio a las familias. Pero se esconde cuando adivina que Macarena Olona le va a “echar los perros” y demostrar su culpa de los 20.000 muertos de los centros de mayores.

La competencia de Iglesias en los centros de mayores ha sido pura y simple inutilidad. Lo suyo no es la gestión sino la altivez y el servir de altavoz a la ausencia de sentido común, al terrorismo, planificar la algarabía y la amenaza al contrario. Su mejor defensa es un buen ataque, por lo que cualquiera diría que se parapeta tras los 20.000 muertos de esos centros de la Tercera Edad. Los Juzgados hablarán en su momento.

Y como animalitos que chapotean en grupo en los estercoleros, no tardó Sánchez ‘plagio’ en meterse en ellos. Al presidente le faltó tiempo para incitar y excitar un odio político y vengativo. No menos miserable: manipuló y manoseó la tragedia y la culpabilidad contra Díaz Ayuso y Almeida; no se cansó de meter cizaña e intoxicar la crisis sanitaria. Precisamente él que, de cara a la galería, hablar de “despolitizar la crisis”.

El Gobierno ha contraído una deuda impagable. Miles de servidores públicos sanitarios y no sanitarios han trabajado con eficacia y no menos riesgo contra el virus, a pesar del Gobierno central que no se cansa de poner palos en las ruedas y negar el riesgo de los sanitarios: miles de toneladas de material sanitario enviaban a sus socios ideológicos de otros países mientras aquí los nuestros se protegían con bolsas de basura cual batas de dibujos animados o acudían a atender al necesitado “a pecho descubierto” y, en muchos casos morían. Ningún país del mundo ha llegado a los 55.000 contagios de sanitarios y decenas de fallecidos: eso lo dice todo.

Abundantes tortazos dialécticos se han llevado en el Parlamento tras demostrar que es el Gobierno más inepto y ruin de la era democrática. Ni siquiera ha faltado el “perro ladrador” de Pablo Echenique que ladraba a las palomas y defendía al “lobo”. Hasta los propios diputados hacían la vista gorda a sus críticas por pena y porque aprovechaban para reírse de su fraude a la Seguridad Social y del de “billetero” a la Hacienda Pública o las trapacerías de Iglesias con las “offshore”. Demasiados personajes de la casta siniestra caminando bajo palio, aliñados y condimentados con la sal del embuste, la traición del hipócrita y la irreverente incompetencia del miserable.

Mientras el Gobierno central chapoteaba en las zahúrdas, Ayuso y Almeida nadaban en las peligrosas aguas de miles de infectados y fallecidos, pero siempre lo han hecho con respeto y reverencia, incluso con lágrimas sinceras por el dolor. En esas aguas no han faltado “tiburones” podemitas y socialistas que -- furiosos de envidia ante el liderazgo de los dirigentes madrileños—lanzaban dentelladas de hipocresía, a la vez que entorpecían la gestión y el descenso de infectados y fallecidos. Los madrileños han ganado batalla tras batalla a la ineficacia y al nerviosismo del depredador Gobierno prochavista de Sánchez.

El alcalde de Madrid y la presidenta de la comunidad han ganado todas las batallas políticas, pero les falta ganar la guerra sanitaria al bicho, además de otras acometidas del otro “bicho” que tanto entorpece y obstruye el cambio de fase. El dúo cainita, Sánchez-Iglesias, no está para soluciones razonadas y menos aún sus atrincherados “expertos” sanitarios.

Nunca reconocerán sus errores porque para la siniestra ideológica la culpa siempre es del otro. No se cansará de retozar entre los cadáveres si con ello consigue que los errores se los carguen al “enemigo” político. La máquina del odio la engrasan cada día, por eso la ciudadanía les muestra su desprecio. El votante está harto de la nefasta gestión de la crisis sanitaria y de que la bandera de Moncloa lleve grabado el estigma del miserable que busca culpable.