La vida es una realidad repleta y desbordante de mágicas experiencias, lúcidas vivencias y  percepciones únicas de la propia existencia.

Vivir es compartir, desplegar la energía vibrante de la creación, del sueño y de la fantasía, del caminar errante desde nuestra finitud, mortalidad y sentimiento profundo de seres sometidos a la dualidad, a lo mutable y cambiable.

Hay pocos sentimientos, pensamientos o emociones tan negativos como el odio; sí, el odio, sinónimo de oscuridad, destrucción, venganza, ira, rabia, ofuscación, olvido, muerte…”Allí donde hay amor, hay vida; el odio conduce a la destrucción”, certeras palabras de Mahatma Gandhi que sirven para reflejar la enorme fuerza destructora que significa sentir y atraer el odio a nuestra vida, y extenderlo a la vida de nuestros semejantes.

Viene a mi corazón las palabras de ese hermoso poema de Rudyard Kipling, que de forma sublime tantas veces recitaba mi amigo y hermano del sendero de la vida, Miguel Ángel Calle“…si no buscas más odio, que el odio que te tengan…” ¿Buscamos el odio o nos busca él a nosotros? El ser humano es un buscador, la búsqueda la lleva en su propia esencia, en lo más profundo de su ser; pero esa búsqueda no es sólo positiva, no se basa exclusivamente en aspectos altruistas, bellos, sublimes y reconfortantes para sí mismo…La búsqueda, en la búsqueda permanente de la identidad humana hay tristeza –mucha tristeza-, dolor y odio…Odio de la mente, de la razón; odio desde el corazón…Uno de los sentimientos más terribles que pueden movilizar a los hombres.  Recogiendo el testigo de las palabras de Siddharta Gautama, el Buda: “No hay incendio como la pasión: no hay ningún mal como el odio”.

Procuro que mi corazón quede alejado de tan despiadado enemigo que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, está presente, nos ata, amordaza e impide crecer; sí, crecer emocional y espiritualmente, ser lo que de verdad podemos llegar a ser: libres de pensamiento, corazón y alma.

¿Cómo vencer el odio que quiere instalarse en nuestro ánimo, en nuestro corazón, en nuestra vida? Como afirmaba Martin Luther King: “La violencia no es el remedio, tenemos que hacer frente al odio con el amor” El amor… la energía más poderosa del universo…De la que he hablado en otro capítulo del libro. El ser humano está embriagado de materialidad, de egoísmo, de sensaciones minúsculas y mezquinas que le lanzan al caos de la nada, del vacío existencial. ¿Hay esperanza? Sí, desde el corazón; volvamos nuestra mirada hacia el interior, a la parte más profunda de la realidad humana. ¡Rompamos las cadenas que nos atan al odio y sus aliados el dolor y el miedo!

Citando al insigne poeta Charles Baudelaire: “El odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida”. ¿Por qué vivir una vida narcotizada por el odio? ¿Es necesario? La respuesta es clara: no. Vivir es algo maravilloso y único; silenciemos, apaguemos en nuestros corazones la llama sutil del odio, de un odio sin sentido, sin razón de ser, que a nada conduce y que impide nuestra plena realización personal, aquí y ahora, en este instante preciso. ¡Seamos libres para sentir la realidad que nos toca con su suave y fresca fragancia primaveral.

“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”, palabras de Víctor Hugo que pueden servir de faro para todo navegante en los mares de la vida, con sus oleajes bravíos y tormentosos…Aunque parezca lo contrario, odiar es una elección, sí, es nuestra elección. Si dejamos sin timón a nuestros pensamientos y sentimientos, si dejamos que nuestra razón vuele sin ningún sentido de coherencia real; si permitimos que la mente no sea nuestra aliada, sino esa “loca de la casa” que afirmaba Teresa de Jesús…Aún más:”No nací para compartir el odio, sino el amor”, que palabras más certeras, pronunciadas hace milenios por el padre de la tragedia griega, Sófocles. Palabras que deben hacernos sentir lo importante, fundamental y esencial de nuestra vida: ¡vivir!

El odio impide que gocemos; nos causa inestabilidad y nos aleja de la calma y la paz interior, tan necesaria para el día a día.

Si orientamos nuestro corazón, si buscamos en nuestro interior y sacamos –de dentro hacia fuera- la fuerza que poseemos, nos abrimos a la vida…y la vida responde, siempre, con amor y generosidad.

En este preciso momento, recuerdo (de memoria) una estrofa de mi querido Juan de la Cruz:

“…No llora por haberle amor llagado,

que no le pena verse a sí afligido,

aunque en el corazón está herido,

más llora por pensar que está olvidado…”

 

¡Qué profundo y doloroso es el olvido! El olvido puede convertirse en un poderoso aliado del odio, en su compañero de peregrinaje. Debemos estar muy alerta ante la sensación hiriente que puede provocarnos el olvido de alguien hacia nuestra persona, algo relacionado con una circunstancia o situación que pueda afectarnos. ¡Despertad, despertemos de nuestro estado de embriaguez y vivamos la vida con positividad, dulzura y poderosa energía renovadora!

Lo importante, apreciado lector, es que sigamos caminando por esos senderos que la vida nos depara, apuremos hasta la última gota de nuestra alma y sintamos que todos, la humanidad, somos una auténtica y verdadera  familia.

Para un ser humano inmerso en el mudo agitado del día a día, de la dificultad diaria de manejar y tomar decisiones que pueden afectan a las personas, la cuestión de todo lo referente con el odio no es de menor importancia, dado que, por esa actitud de desprendimiento que el alma posee y a la cual te lleva cotidianamente y de forma inexorable, el odio puede quedar exento, realmente, del marco de tu actuación y no puede penetrarte con su afilado aguijón…

No puedo por menos que señalar las acertadas palabras del maestro nazareno, el Cristo:   “La paz esté contigo. La paz sea contigo”

                                           Sí…la Paz Interior.