A los médicos y a todo el personal sanitario que trabaja bajo sus órdenes debemos los demás ciudadanos rendir un homenaje perpetuo. Ellos son los héroes de esta guerra que luchamos contra la actual pandemia y, en general, de todas las batallas que libramos contra las enfermedades infecciosas en las que nos vemos envueltos a lo largo de la vida. Ellos se tragan literalmente nuestros virus y bacterias cuando nos están atendiendo, y no hay sueldo que pueda compensar entrega tan generosa al servicio de la humanidad. Acaso las enfermedades o lesiones que un día nos aquejaron podamos olvidarlas por completo si no nos dejaron secuelas; pero todas ellas en conjunto sí las dejaron en los profesionales que trabajaron en nuestra sanación. Porque para ellos esa pequeña o gran desgracia del paciente al que atienden no desaparece cuando se marcha de su consulta: otra persona vendrá a ocupar su lugar con otro mal y con una nueva pena, que solo por compartida quedará en algún grado aliviada.

Vaya con este pequeño divertimento mi pequeño tributo a todos los profesionales de la sanidad española a los que el pueblo aplaude desde sus balcones todas las tardes, y especialmente a aquellos que han muerto víctimas del coronavirus o que convalecen de esa infección. Ellos han sido también víctimas de la falta de transparencia y de la negligencia de un Gobierno que los desasistió en vez de haberlos protegido como oro en paño, y que no les dotó a su debido tiempo -teniendo la capacidad necesaria para hacerlo- de todos los medios que precisaban para salvar muchas vidas que se perdieron y para frenar el virulento avance de la pandemia.

Pero la vida de los médicos experimentados es también una sucesión de anécdotas curiosas, porque junto al paciente normal, plenamente respetuoso con el doctor, se encuentran otros que podrían ser catalogados como pertenecientes al tipo “desagradables” y que se integran en diversos subtipos. Me refiero a los pacientes agresivos, lunáticos, soporíferos, sabihondos o desaseados. Los primeros piensan que el médico es un esclavo a sus exclusivas órdenes y cuando no quedan satisfechos con el tratamiento prescrito responden violentamente culpando al doctor de todos los males que deberían imputar, en su caso, a la madre naturaleza. Los chiflados tienen enfermedades extrañas que el médico no entiende por falta de sensibilidad o preparación: quizás se les aparece por las noches un vampiro de orejas puntiagudas que les absorbe, mediante unos rayos cósmicos de efecto cuántico, los conocimientos adquiridos durante el día, razón por la cual creen tener poca memoria. Los soporíferos suelen ser buena gente pero creen que el médico es ese pariente lejano al que hay que visitar una vez al año para contarle todo lo que hemos hecho desde el año anterior, viajes incluidos, y no comprenden que el tiempo del doctor es más valioso que el oro del que está fabricado el tiempo de los demás. Los sabihondos o marisabidillos le indican al doctor el medicamento que les tiene que prescribir para su enfermedad, sin más fundamento que el hecho de haberle venido bien a un vecino que tiene una dolencia similar; y si no les hace caso se marchan contrariados en busca de otro médico más comprensivo. Y, por último, nos queda tratar de los pacientes desafectos a la higiene, que abundan como las setas de cardo en otoño. Sobre éstos trata, de forma hiperbólica, el presente diálogo teatral en rima ondulante. Verán: un curioso espécimen del género humano llama a la puerta de un doctor y le pide que… Bueno: léanlo ustedes, que yo no voy a adelantarme a los acontecimientos.

PACIENTE

 

-Aunque me encuentro muy sano

llamo a su puerta, galeno,

mugriento como un cochino;

pero si aquí me persono

es porque yo me vacuno

cuando lo creo oportuno.

No me mire con encono,

que a mí me importa un pepino.

Vacúneme: se lo ordeno,

que le pago de antemano.

 

DOCTOR

 

-¿Cómo es usted tan marrano

que va cubierto de cieno?

Nunca conocí a un gorrino

que me hablara en ese tono,

y a ningún hombre, ninguno,

que osara ser tan bajuno

hediendo a estiércol y abono

ante mi olfato tan fino;

que para oler soy muy bueno

y de tal cosa me ufano.

 

PACIENTE

 

-Yo cuando puedo me enfango

y con ello me entretengo

como otros con el bingo,

y así tan sucio me pongo

que higienizarme es muy chungo,

pues no es oro nibelungo

lo que lleva un guarrindongo

que de lunes a domingo

va cubierto por un luengo

revestimiento de fango.

 

DOCTOR

-Es penoso que se afane

en faltar así a la higiene.

Permita que le conmine

a que a fruición se enjabone

antes de que desayune;

pero a mí no me importune.

Le ruego que me perdone

y que con esto termine:

¡Báñese como conviene

o su intento será inane!

 

PACIENTE

 

-No me daré ningún baño,

ni muy grande ni pequeño;

no me trate como a un niño,

que yo no soy ningún ñoño.

Si me rasco me rasguño

y de escozor refunfuño,

que en frotarme soy bisoño.

Me encanta este desaliño

y en ello pongo mi empeño

aunque le parezca extraño.

 

DOCTOR

 

-¿Es que es usted ermitaño

o de su mente no es dueño?...

Como me canse le endiño

-pues ya me tiene hasta el moño-

un sopapo con mi puño

y le dejo hecho un gurruño,

que no soy ningún gazmoño

que dé a todos su cariño;

y a aquel a quien yo desdeño

le puedo hacer mucho daño.

 

PACIENTE

 

-Lo que le gusta a mi olfato

no es para nada un secreto:

cualquier residuo o detrito

con el que juego y me froto

aunque me dure un minuto.

Es notorio que disfruto

de mi aspecto sucio y roto,

pero solo me limito

a pedirle a usted respeto

si quiere igualdad de trato.

 

DOCTOR

 

-No es cuestión de un pugilato…

Lávese y yo le prometo

el trato más exquisito

si cuando vuelva le noto

aseado e impoluto.

Yo con usted no discuto;

no deseo un alboroto,

ni darle tampoco un grito.

Haga lo que le receto

y vuelva dentro de un rato.

 

PACIENTE

 

-Siendo tanta la cochambre

que de enero hasta diciembre

voy tejiendo en tal urdimbre,

le aseguro que no hay hombre

que me quite esta costumbre.

Esta urdimbre es mi obra cumbre

-por mucho que a usted le asombre-

¡y a ver quién llama a mi timbre

para que aparte o desmiembre

de mi vida esta raigambre!.

 

DOCTOR

 

-Pues ya que no me hace caso

por tener tan poco seso

salga ahora de mi piso:

no me someta a su acoso

o de un delito le acuso.

A vacunarlo rehúso

por ser usted asqueroso.

¡Y si no se marcha aviso

de un silbido a mi sabueso

y le dará un buen repaso!.