Las cifras lo dicen todo, miles de fallecidos, cientos de miles de contagiados, millones de desempleados, empresas en cierre e indicadores económicos catastróficos. La inicial crisis sociosanitaria ha originado una potentísima crisis en los sistemas económico-financieros. Para mayor preocupación la crisis sanitaria y económica ha puesto de manifiesto o quizá sencillamente agravado una crisis en la esfera política preocupante ya que nos aboca a una nefasta normalidad.

Médicos, enfermeros, sanitarios, policías, militares, trabajadores autónomos, asalariados, trasportistas, todos absolutamente todos, han demostrado estar a la altura de las circunstancias frente a la pandemia. Las excepciones sólo sirven para confirmar la regla.

Es algo así como el 2 de Mayo y así debería pasar a la historia. Nuevamente el pueblo llano ha tenido que dar el Do de pecho, plantar batalla y muchos, demasiados han caído, sin otras armas que sus manos y su corazón. Como valientes, como héroes muchos.

La ejemplaridad se empaña desgraciadamente cuando nos reflejamos en nuestros políticos. Y digo desgraciadamente porque son nuestros representantes, elegidos libremente y quienes tienen encomendado tomar decisiones por nosotros. Pero sus decisiones sirvieron hace meses para colocar en el gobierno a una banda de socio comunistas de oscuras intenciones y peores propósitos.

Prefiero ponerme una venda en los ojos y para justificarlo culpar de ello al sistema electoral, pero todos sabemos que hubo otras alternativas que al menos hubieran impedido los pactos con Bildu o una vicepresidencia del gobierno en manos del comunista rancio.

En este contexto me invade un sentimiento de desilusión y rabia el ver cómo, frente a una crisis brutal, el resto de los políticos o no saben o no quieren estar a la altura de sus ciudadanos y me preocupa caer en la tentación de intuir que nos encontramos frente a políticos profesionales, motivados por las prebendas y la vida cómoda.

Y si seguimos intuyendo, podemos llegar a concluir que quizá por esta razón no han sabido ver en esta crisis una oportunidad y una obligación de destacar, de asumir un liderazgo útil y generoso arriesgando su propio estatus.

Me radicaliza la realidad que estamos viviendo que no es otra que la de nuestros políticos abordando esta crisis de la misma manera que hubieran abordado cualquier otra. Los mismos debates, en los mismos escenarios, con los mismos reproches, el tono quizá más bronco en un intento cómico de marcar diferencias pero con la misma falta de brillantez en sus contenidos y sin alternativas válidas y tangibles ya que el horizonte es el mismo de siempre, la urna.

Viejos partidos todos, sin camisas nuevas, acostumbrados a ganar porque pierde el otro y no a ganarse a pulso el privilegio de gobernarnos. Una estrategia que no exige izar banderas y a cambio les garantiza perpetuarse alternativamente en el poder. La forma de hacer política es tan simple y cómoda que nadie parece dispuesto a mover un dedo, a arriesgar, a ganarse y a servir a los españoles, a luchar de verdad contra el virus y contra los izquierdosos.

Desgraciadamente queda mucha crisis por delante, pero a cambio oportunidades para marcar un nuevo rumbo, para dignificar la política, transformándola y poniéndola incondicionalmente al servicio de España y con ello rindiendo el mejor homenaje a los que ya no están. Para ello España necesita y exige políticos capaces de metabolizar esta crisis de forma tan noble como lo ha hecho siempre el pueblo español, movidos exclusivamente por el generoso espíritu de servicio a España.