Como de Justicia es agradecer lo bueno, lo mejor:
 
Sin preámbulos, mi expreso agradecimiento al Doctor Javier Hergueta González, de la Unidad de Pluripatológicos quien dirigió a un joven y competente equipo médico conformado por Mercedes Maestre Torreblanca, Elena Chaves y Javier Prats Ulloa, Médicos Residentes. Gracias de corazón al magnífico personal de la planta octava y novena de Medicina Interna. Al Radiólogo Intervencionista Dr. Nikola y sus magníficos asistentes. Rebeca, Miriam, Marta, Mónica, Marisa, David, Juan, Iván, Valentino etc... Tantos, todos y cada uno. Enfermeros, auxiliares, celadores, doctores, personas especiales para tiempos tan diferentes de sacrificio diario. La dura batalla contra un riesgo de septicemia evitando la formación de trombos, la vigilancia frente al riesgo de bacterias peligrosas ha culminado con mi alta médica firmada el diez de diciembre. Retorno a casa por Navidad después de haber vivido en primera persona, y comprobado la sobresaliente capacidad de nuestro sistema sanitario, en este caso albergado en las magníficas instalaciones del Hospital Universitario de Guadalajara. 
 
No es baladí resaltar la excepcional gastronomía que sorprendió gratamente al paladar con un esmerado e insólito equipo de cocina digno del mejor de los restaurantes. Hasta en el mínimo detalle es digna de elogio la pulcritud del conjunto. 
 
El ataque de nuestro perro, denominado de presa
 

No podía imaginar la adaptación al conocimiento acerca de las denominadas bacterias resistentes en mi propio cuerpo, ni la obligada batalla médica que se iniciaría cuando nuestro perro aquejado de una insondable patología neurológica me atacó el pasado 24 de octubre sin reservas, al tocarle suavemente la cola para evitar que se la pillara con la puerta del jardín. Mi mujer recibió dentelladas en el muslo cuando valientemente lo levantó en volandas para evitar que los destrozos de las mordidas fueran peores y hasta crónicos. Nunca sabemos cuándo nuestras calmas rutinas pueden dar ese giro que convierte un solo segundo en una experiencia para recordarla ineludiblemente toda la vida. 

 
La mandíbula de un perro de siete años como Harry es demoledora en la trituración, tan destructiva como afilados los colmillos. En mi caso había clavado los dientes en la pierna derecha y después en mi mano y muñeca, también derechas, cuando con ellas procuré que me soltara intentando abrir aquel cepo mortal en que se convirtió nuestro perro dotado de todos los cuidados emocionales y de sustento.
 
Charcos de sangre mezclados de confusión fluían de lo que parecían heridas en las arterias que bombeaban alarmantemente los suelos. Mi mujer condujo el coche al ambulatorio de El Casar donde rauda y brillantemente nos atendieron en primeras curas, siendo trasladados en ambulancia al Hospital Universitario de Guadalajara. En momentos de perentoria urgencia es cuando sabemos lo que vale nuestro cuadro de Sanitarios, profesionales y tan humanos, que conforman un engranaje de excelencia de la que todos los ciudadanos debiéramos estar orgullosos al margen de disquisiciones ideológicas o administrativas. Nada es más revelador que vivir por experiencia propia el proceso de los cuidados  bajo la perseverante vigilancia con la que he sido dispensado durante los dos ingresos que sumaron un total de treinta días. 
 
Resulta más fácil escribir sobre la realidad sociopolítica con el impulso de la indignación que hacerlo con la incapacidad de expresar el infinito agradecimiento que llevo conmigo, después de comprobar la existencia real de estos personajes excepcionales de lo Sanitario que llamados por una vocación de destino universal se pueden calificar objetivamente como genuinos Ángeles de la Guarda en lo terreno. 
 
Gracias públicas siguiendo el noble proceder de protagonistas de nuestras historias de agradecimiento sanitario como el expresado por el Fiscal, admirado compañero del columnismo, D. Ramiro Grau Morancho, repuesto de su ictus, conocedor por mí mismo en mi caso de las atenciones y desvelos que dispensaron en el suyo. 
 
Insuficiente agradecimiento en estas líneas, eterno en mi memoria con esta experiencia sobre la grandeza de la profesión entregada al servicio del prójimo. No hay salario que pague justamente semejante dedicación especializada del alma. 
 
Gracias a nuestra vecina Ana que nos curó en casa. Gracias a Sonia y Óscar, amigos inspiradores, de esos amigos que Dios pone en el camino y endulzan los más gravosos acontecimientos de la existencia. 
 
Y con estos ángeles en nuestra vida, gratitud a mi mujer Lola quien con su arrojo permitió que haya podido contar esta experiencia que deposito en el contenedor de mis repetidos milagros de supervivencia en este mundo maravilloso, no obstante campo infinito de superación personal y colectiva. Con sus curas diarias, agujeros insondables de inacabables drenajes, siguió el curso de su programa de trabajo añadiendo cincuenta kilómetros más, para verme a diario, a su programa de curas y sacrificio personal: épica. 
 
Gracias a Dios por Todo, está en mis semejantes y los seres excepcionales que me muestra cada día: El Hospital Universitario de Guadalajara puede presumir de ellos.