Las pruebas de todo tipo (epidemiológicas, genéticas, clínicas y microscópicas) son tan abrumadoras que existe un consenso casi absoluto en el seno de la comunidad científico-médica en relación a la existencia real de una nueva forma de coronavirus, el SARS-CoV-2, que ha tenido efectos devastadores en la salud de la población mundial. Así desde que el 11 de marzo de 2020 Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, declaró que la Covid-19 era una pandemia, el SARS-Cov-2 ha provocado oficialmente, según los datos de la Universidad Johns Hopkins, más de 250 millones de infectados y más de 5 millones de fallecidos.

Además, la Covid-19 no solo ha tenido una enorme repercusión sanitaria, sino que también ha tenido una gran influencia en nuestra forma de vida, modificando de manera sustancial nuestra forma de pensar, de comportarnos y de relacionarnos. De hecho, los Gobiernos de todo el mundo nos han sometido a enormes restricciones, muchas de las cuales se han demostrado absolutamente ineficaces para frenar la expansión de la pandemia. Buena prueba de ello es que en tan solo 22 meses se han producido hasta 6 olas epidémicas, todas ellas con un gran número de afectados en todos los países del mundo.

Sin embargo, en la actualidad estamos en un punto de inflexión de la pandemia debido a los avances en el conocimiento de la enfermedad, al desarrollo de las vacunas y a la aparición de la variante ómicron, surgida como consecuencia de la aparición de 32 mutaciones en la proteína spike (S) del SARS-CoV-2.

Parece, por tanto, llegado el momento de evaluar los condicionantes virológicos, sanitarios, políticos e informativos que contribuyen, cada uno desde su particular campo de actuación e influencia, a la situación actual de la pandemia, para, a partir de dicha valoración, establecer la estrategia a seguir para hacer frente a la Covid-19.

En lo que hace referencia a la situación sanitaria nos encontramos con que esta 6ª ola se ha caracterizado por una rapidísima propagación de la infección acompañada de una muy escasa proporción de cuadros graves, especialmente en jóvenes y niños sin patologías graves preexistentes. A este estado de cosas contribuyen al menos 3 factores: en primer lugar, durante las olas precedentes una gran cantidad de personas se infectó por el coronavirus, desarrollando una inmunidad natural que ha provocado que ante un nuevo contacto con el virus el sistema inmunitario haya reaccionado con celeridad, minimizando la repercusión orgánica de la infección; en segundo lugar, como resultado del proceso evolutivo del virus ha surgido la variante ómicron, la cual ha demostrado tener una mayor capacidad infectiva y una menor virulencia que la variante delta, a la que ha desplazado rápidamente, disminuyendo con ello el riesgo de hospitalización en esta 6ª ola en un 70%; y, en tercer lugar, el desarrollo de las vacunas, debido a la inmunidad adquirida que su administración provoca en el organismo, ha contribuido no tanto a prevenir la infección como a reducir la gravedad de la enfermedad, siendo las tasas de hospitalización, de ingreso en UCI y de fallecimientos notablemente inferiores en vacunados que en no vacunados

En resumidas cuentas, la 6ª ola de la pandemia se está caracterizando por una incidencia acumulada muy elevada, acompañada de tasas de hospitalización, ingresos en UCI y mortalidad en mínimos históricos. En consecuencia, la situación epidemiológica actual se caracteriza por la aparición en muy poco tiempo de muchas personas infectadas, siendo la mayoría de los casos asintomáticos o leves y muy escasos los cuadros con una afectación orgánica severa.

Ante esta situación clínico-epidemiológica el funcionamiento de los sistemas sanitarios se ha visto gravemente alterado. Así, actualmente en España, nos encontramos con una Atención Primaria saturada y unos Servicios de Urgencias Hospitalarios colapsados. A esta situación ha contribuido sin duda las características propias de esta 6ª ola, ya que el hecho de que casi el 50% de los casos sean asintomáticos es enormemente positivo para la salud de la población, pero también resulta muy negativo para el control efectivo de la propagación de la infección. Sin embargo, éste no ha sido el único factor que ha contribuido al desbordamiento del sistema sanitario, siendo también las autoridades políticas y los medios de comunicación responsables en buena medida de la imposibilidad de dar una respuesta satisfactoria a las demandas de la población.

Así, en el ámbito político, el Gobierno socialcomunista con Pedro Sánchez a la cabeza ha seguido una estrategia que parece sacada de un tratado de ornitología. De  esta forma, después de demostrar su incompetencia en el control de la primera ola, como demuestran los datos epidemiológicos que situaron a España entre los países del mundo que peor habían gestionado la pandemia, P. Sánchez, “escondiendo la cabeza como un avestruz”, se escudó tras las Comunidades Autónomas (CC.AA.) dejando en sus manos el control de las sucesivas olas, eludió ilegalmente todo tipo de control parlamentario, intentó limitar las críticas a su gestión cercenando la libertad de expresión de los periodistas en las ruedas de prensa informativas e incluso, pisando terrenos orwellianos, pretendió crear una especie de “Ministerio de la Verdad” con capacidad para censurar cualquier tipo de noticia u opinión contraria a su acción de gobierno. A su vez, cuando su falta de implicación en la gestión de la pandemia ha resultado insostenible, P. Sánchez no ha hecho otra cosa que actuar como “pollo sin cabeza”, dictando medidas demostradamente ineficientes, como la tomada recientemente de obligar nuevamente a llevar mascarillas en espacios exteriores. Como consecuencia de esta deriva gubernamental, tras casi dos años de pandemia, España carece de una ley que unifique en todo el territorio nacional los criterios a seguir y las medidas a tomar frente a los brotes epidémicos. En consonancia con ello, cada CC.AA. se ha visto obligada a actuar unilateralmente, convirtiéndose así la lucha contra la pandemia en un auténtico galimatías regional. De hecho, demostrando la lamentable situación en la que nos encontramos, las medidas adoptadas por las autoridades sanitarias regionales han estado sometidas en última instancia al criterio no jurídico sino personal de los jueces, propiciando esta aberrante situación el que determinadas medidas estuvieran permitidas en unas CC.AA. mientras que en otras estuvieran prohibidas. Todo ello lo único que ha provocado es luchar ineficazmente contra la pandemia y confundir a unos ciudadanos que no saben exactamente a qué atenerse para protegerse del virus, entrando de esta forma en una espiral de creciente ansiedad, que los ha llevado a acudir en masa a los centros sanitarios.

Por su parte, los medios de comunicación han actuado, con honrosas excepciones, de manera excesivamente alarmista. Así, las noticias sobre la pandemia ocupan la mayor parte de los informativos, poniendo cada día especial énfasis en el número de nuevos infectados, pero sin transmitir con la misma vehemencia la escasa gravedad de la mayoría de los cuadros acaecidos; es más, han hecho básicamente lo contrario, informando de manera un tanto morbosa cuando algún personaje famoso ha ingresado en la UCI o ha fallecido. En definitiva, los medios de comunicación, con su política informativa hasta cierto punto aterradora, no han hecho otra cosa que difundir la “cultura del miedo” entre la población, lo cual evidentemente también ha contribuido a que una buena parte de la sociedad haya entrado en “modo pánico”.

Desde el punto de vista evolutivo todo parece indicar que la pandemia seguirá un proceso similar al que estamos padeciendo actualmente, ya que cualquier mutación casi siempre supondrá un empeoramiento de la capacidad funcional de un virus que se ha mostrado altamente contagioso. No queda tan claro el desarrollo temporal de la pandemia, pudiendo ésta seguir un curso caracterizado por la aparición periódica a lo largo del año de brotes epidémicos o bien convertirse en una enfermedad de carácter endémico y estacional.

En cualquier caso, de todo lo expuesto se deduce la necesidad de revertir el enfoque actual y establecer una nueva estrategia de lucha contra los brotes epidémicos. Bajo nuestro punto de vista, la nueva forma de actuación debe estar orientada fundamentalmente a la protección de la población más vulnerable y no tanto a intentar evitar la propagación comunitaria del virus de manera ineficaz, como demuestran las cifras de incidencia acumulada que estamos padeciendo. Así, entre las principales medidas a tomar cabría destacar las siguientes:

-Elaboración de una ley de ámbito nacional que incluya el establecimiento del conjunto de medidas a tomar ante todo brote epidémico, la conformación de un comité de expertos cuya composición sea conocida por la población y la obligatoriedad de que las autoridades sanitarias informen a la ciudadanía periódicamente y de manera rigurosamente científica de la evolución de la epidemia.

- Limitación de las medidas restrictivas para la población no vulnerable, evitando los confinamientos perimetrales, el cierre de negocios, los toques de queda, la limitación de reuniones o el uso obligatorio de mascarillas en espacios exteriores, dado que no hay ningún estudio riguroso que haya podido demostrar la eficacia de tales medidas y además,  en la práctica, están suponiendo la conculcación de derechos fundamentales individuales, el aumento de los trastornos psicológicos y cuantiosas pérdidas económicas para el Estado, las empresas y los trabajadores.

- Creación de una “red de centros centinela” que permitan detectar precozmente la aparición de brotes epidémicos, monitorizar de forma permanente la evolución de la epidemia y actuar en consecuencia y con celeridad.

- Modificar la terminología diagnóstica de la enfermedad, tipificando dos cuadros: uno que designe como “Catarro de vías altas” (CVA) a los cuadros leves o moderados y otro que denomine “Síndrome respiratorio agudo grave” (SARS) a los cuadro más severos o que requieran hospitalización, ya que ello permitirá diferenciar el abordaje diagnóstico y terapéutico de los pacientes.

- Testar tan solo a aquellas personas vulnerables o con una sintomatología que permita presagiar una mala evolución del proceso infeccioso, ya que en los casos leves en personas previamente sanas el abordaje terapéutico no se ve modificado por el resultado de las pruebas diagnósticas.

- Recomendar la vacunación exclusivamente a personas mayores de 60 años o con patologías graves, así como el uso en personas con alto riesgo de hospitalización de los nuevos fármacos antivirales que interfieren en la replicación del virus.

- Eliminar el “Pasaporte Covid-19” dado que diversos estudios han demostrado que la carga viral en nasofaringe es similar en vacunados y no vacunados, siendo por ello la capacidad infectiva de ambos grupos parecida, razón por la cual, a efectos de salud pública, dicho pasaporte no es de ninguna utilidad.

En definitiva, teniendo en cuenta las características actuales del SARS-CoV-2, la previsible evolución del proceso infeccioso hacia formas limitadamente lesivas y el desarrollo de vacunas y fármacos antivirales, resulta imprescindible reformular nuestra visión de la pandemia, desdramatizar la situación, aprender a convivir con el virus y volver a la normalidad en nuestra vida.