El 16 de agosto, y ante el agravamiento de mi estado, fui trasladado con toda urgencia a Zaragoza, al servicio de neurología del Miguel Servet, sito en la séptima planta de la ciudad sanitaria, y allí se desplazaron urgentemente mi esposa e hijo, hermano, cuñada, Pepe, que es como un hermano, y mi sobrino Joaquín.

Obviamente solo les permitieron verme un momento, como una atención especial que agradezco, y a mí me quedó la duda de si venían a verme o a despedirse, tal era el lamentable estado en el que estaba.

Me ubicaron en una pequeña Uci con tres o cuatro camas, y tres enfermeras pendientes de nosotros las 24 horas del día, y conectados a múltiples aparatos, con todo el cuerpo lleno de ventosas o como se llamen, un artilugio en el brazo sano, es decir el derecho (siempre he sido de derechas), y que automáticamente me miraba la tensión cada quince o veinte minutos, etc.

Al más leve movimiento, se disparaban las alarmas, y empezaba a sonar un ruido que alertaba a las enfermeras de que algo no iba bien.

Evidentemente, no podía no moverme, y notaba (es un decir) que medio cuerpo no obedecía a mi cabeza, y que estaba muerto como la mojama…

Y empecé a rezar, y a pensar que yo no merecía eso.

Toda una vida luchando, estudiando, formándome, leyendo, escribiendo, etc., para nada.

Me quedaba el consuelo de que mi hijo Ramiro es abogado en uno de los más grandes y prestigiosos despachos de España, y que Esmeralda recibiría la pensión correspondiente, que le permitiría vivir dignamente, pero nada más.

Estaba paralizado, no podía ni moverme en la cama, pero la cabeza no paraba de pensar, recordando todas las cosas que había dejado a medio hacer, o que ya no podría realizar.

Me veía tullido, para el resto de mis días, eso suponiendo que me quedara algún tiempo, y que iba a ser una carga para mi esposa e hijo.

Y que la vida era injusta, muy injusta, pues no he fumado en la vida. Tampoco tomo licores, salvo alguna cerveza en verano. No he consumido nunca drogas y, en definitiva, lleno una vida sana, aunque con mucho estrés, y posiblemente demasiado sedentaria, aunque procuro andar, pasear, etc.

Mi autobús urbano son los zapatos, y suelo acudir a todas partes andando, salvo que sea al otro extremo de Zaragoza.

No utilizo nunca el coche en la ciudad, y procuro reducir al máximo el consumo de café.

En definitiva, pensaba –y sigo pensando-, que no me merecía lo que me estaba pasando, pero el hombre propone, y Dios dispone, y hay que resignarse a lo sucedido, y apechugar con fuerza para procurar modificar favorablemente la situación.

Al preguntar mi esposa qué iba a ser de mí, uno de los médicos de la planta le dijo que me fuera buscando una residencia para personas incapacitadas…

Esmeralda pasó unos días horrorosos ante esa perspectiva, al igual que mi hijo, Ramiro, y toda la familia, que se volcó conmigo, tanto los Grau como los Morancho.

Mi gratitud hacia todos y cada uno de ellos, y especialmente hacia la prima Meritxell, una excelente médico, que animó mucho a mi esposa, y le dio numerosos consejos, que nos fueron de gran utilidad.

Y yo hice lo único que podía hacer, que era rezar, y aceptar que estaba en las manos de Dios, y que, en definitiva, sería lo que Él quisiera…

De mi estancia en la UCI de la planta séptima recuerdo el cuidado, y hasta los mimos, las buenas palabras, etc., de todos los enfermeros, y muy especialmente de un chico joven, andaluz, muy reconocible por su peculiar gracejo, que era la amabilidad en persona. ¡Si me estás leyendo, amigo, gracias, muchas gracias!

Tras una semana, más o menos, pues tengo los recuerdos perdidos en la nebulosa de mi inconsciencia, fui trasladado a una habitación, y allí pude comprobar in situ que era incapaz de moverme en la cama, y hasta de hacer mis necesidades, pues el cuerpo se resistía a orinar y defecar en los pañales, al igual que en la cuña.

Terrible situación, que no le deseo a nadie.

Encima, por la noche sufría pesadillas, que me llevaron a caerme de la cama en dos ocasiones, ante mis deseos de ir al baño, pues estaba que reventaba, pero no podía hacer de cuerpo, ni siquiera orinar.

Tuve que ser sondado en algunas ocasiones, con el riesgo de padecer infecciones del tracto urinario, y el dolor correspondiente.

Vistos a posteriori los informes médicos correspondientes, resulta que: “… ante la falta de monitores en urgencias del Hospital de Barbastro, se decide traslado a UCI del HUMS para control y tratamiento.

Infartos puntiformes en el hemisferio cerebral izquierdo con microinfartos protuberanciales recientes.

Diagnóstico principal: ictus isquémico agudo.

Valorado por el servicio de rehabilitación quienes deciden su traslado para continuar tratamiento.

En la Unidad (de Neurología) nuevo episodio de empeoramiento hemicorporal sin cambios en TAC”.

Excuso decirles que sigo sin enterarme de nada o casi nada, que los recuerdos son muy borrosos, y que mi gran preocupación era el dineral que le estaba costando a la seguridad social, con una enfermera permanentemente a mi lado, durante 24 horas al día, lo que suponía un mínimo de cuatro enfermeras, contando con una corre turnos. ¡Cómo si fueran a pasarme la factura!, pero es lo que hay, cuando uno se preocupa más del interés público que del particular.

El día 30 de agosto me bajan a la planta O, Servicio de Rehabilitación, donde comenzará mi lucha por la vida, por volver a la vida, pero esa es ya otra historia.

 

(Continuará)