La llamada Ley General de Sanidad fue el instrumento utilizado por el gobierno socialista primero con la oposición del centro y derecha, y luego con su tradicional sumisión, para trasformar nuestro sistema y nuestra asistencia sanitaria de la Seguridad Social. Transformación que culminó con la desaparición del INSALUD el 31 de diciembre de 2001.

No creo que esta transformación obedeciera a un intento de mejorar la asistencia sanitaria española, ya entonces de amplia cobertura y de eficacia científico técnica excelente. Por el contrario, sirvió para satisfacer las ansias nacionalistas independentistas de las comunidades históricas que desde la transición vienen aprovechándose de los equilibrios electorales para obtener sus correspondientes réditos a consta del resto del país.

Un modelo centralista dinámico en eficacia y expansión cualitativa y cuantitativa, dio paso a otro hipercentralizado en la capital autonómica de cada una de las comunidades autónomas cuyo resultado fue la creación de 17 estructuras asistenciales y administrativas proporcionando oxígeno al modelo de Estado propiciado por la Constitución de 1978. Es lo que se llama Sistema Nacional de Salud, conjunto de los servicios de salud de las comunidades autónomas y de la Administración del Estado.

El Sistema, dice la Ley, está orientado prioritariamente a la promoción de la salud y a la prevención de enfermedades considerando como actividad fundamental la realización de estudios epidemiológicos para orientar con mayor eficacia la prevención de los riesgos para la salud. Se crea igualmente el Consejo Interterritorial de Salud como órgano permanente de comunicación e información entre los servicios de salud y la Administración del Estado.

Y todos tan contentos hasta que llego la pandemia. Cada Comunidad Autónoma dueña y señora de “su” sistema sanitario y un ministerio huérfano de competencias. Con sus casi dos décadas de rodaje todo habían sido parabienes y alabanzas de los responsables políticos que gobernaban o críticas a la gestión por parte de los que estaban en la oposición. Lo único que permaneció sin cuestionar fue el nivel de cualificación de los profesionales y su innegable compromiso con el servicio público.

Lo cierto es que el sistema olvidó sin disimulo, su orientación prioritaria, más allá de programas de salud para cuyo desarrollo e implementación no se necesitaba el referido cambio de modelo. La epidemiología y la salud pública permanecieron ajenas a las estructuras asistenciales, como primos lejanos abandonados de la mano de Dios, a pesar de ser enunciadas por la Ley como actividades fundamentales. La pérdida de estatus del Ministerio de Sanidad ayudó a este escenario, acentuado si cabe por el bajísimo nivel  y por el interés exclusivamente político de alguno de sus titulares.

Como el sistema fijó sus pilares sobre el modelo asistencial, abandonando las actividades preventivistas antes residenciadas en el Ministerio de Sanidad, el sistema fue incapaz de tomar medidas precoces frente a la pandemia, de ejecutar una desescalada ordenada y de asumir una normalidad en tiempo y forma adecuadas. Por la misma razón la segunda oleada ha pillado al sistema con escasa, poca acertada y pésima capacidad de respuesta.

Por ello, podemos afirmar que no existe el Sistema Nacional de Salud, porque no ha desarrollado sus estrategias fundamentales. Para qué iba a hacerlo si su auténtica vocación no era otra que la de crear 17 servicios de salud no nacionales para dotar de competencias y financiación a las comunidades autónomas.

Me temo, por lo que vemos, que otro tanto está ocurriendo con el Sistema Educativo. De hecho, la improvisación con la que se está gestionando el inicio de curso, la toma de decisiones en el ámbito sanitario educativo por profesionales no sanitarios, la nula coordinación entre Sanidad y Educación, los continuos cambios de criterio nos dibujan un horizonte nada favorable.

Sólo con lo padecido hasta el momento, con los sufrimientos y muertes evitables que los servicios de salud no han sido capaces de evitar es obligatorio plantearse un radical cambio de modelo de salud. El modelo de Sistema Nacional de Salud nos lo vendieron en una caja muy bonita, la Ley General de Sanidad, pero dentro no estaban, ni falta que les hacía, los hilos adecuados para gestionar y desarrollar la asistencia sanitaria y la salud pública de una nación frente a las amenazas del siglo XXI.

Nuestro País ha pasado de tener uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo a ser el primer gran país con mayor tasa de mortalidad por COVID y a ello ha contribuido, sin duda, la actual organización sanitaria. Pero no se modificará nada, nos venderán inversiones, planes, proyectos, y muy buenas intenciones como viene haciéndose durante décadas. Pasará la pandemia y seguiremos igual que estamos y todo porque al Estado de las Autonomías no necesita un modelo sanitario integral si no una estructura sanitaria financiada sobre la que articular sus estrategias políticas.

Carlos Navarro Arribas

Médico Inspector de la Seguridad Social.

Médico Titular de Sanidad Exterior.