¿Cansado del mismo sabor? Con la llegada del estío, y el calor reinante, apetece descubrir nuevos matices, más frescos, frutales y libres en boca.  Se abren así, un sinfín de posibilidades de viajar a través de los sentidos: la vista, el olfato y el gusto que proporciona una correcta copa de vino rosado, blanco o tinto de la D. O. Arlanza.

Quizá, muchos, no sepan ubicarla en el mapa vitivinícola. Déjese sorprender por esta acotada y desconocida comarca castellana de la provincia de Burgos, con la señorial Lerma a la cabeza,  como sede de su consejo regulador. Recia, fría,  que puede parecer inhóspita al principio como su trago largo, persistente, profundo, en  tinto, algo áspero. No, así, en los rosados, golosos, brillantes, dulces,  suaves de gominola, envolventes,  pero no por ello, no merecedores de una gran oportunidad en este océano del mundo que es el vino. Prueba de ello, llevan trabajando, con cariño y esfuerzo la vid desde el siglo X a través de los ojos, el recogimiento, y la mística de sus monasterios, como el de Santo Domingo de Silos o Santa María de Bujedo de Juarros. O parajes sin igual,  a través de sus rutas, como  el hermosos y agreste desfiladero de Yecla o la Sierra de Covarrubias  que aportan su granito, como férreos testigos, a tal deleite. Muchos de los cuales han sido reconocidos con relevantes premios como el Bachus de oro en 2020  o el Modus Vin gold, anterior.

Su proximidad al río Arlanza, en el valle medio y bajo y sus afluentes hasta su confluencia con el Pisuerga en la zona sureste de Palencia, dotan de personalidad a estos caldos, nacidos en diminutas parcelas, que aglutinan 67 municipios, de vid rugosa, rescatados por un grupo de visionarios entusiastas no hace mucho, en 1995,  que entienden bien su tierra y forman parte hoy de las bodegas familiares, 23, adscritas a esta peculiar D. O.,  donde el río se hace y sabe a vino, reconocida desde 2007, por su mayor consumo, con los más altos estándares de calidad y procesos de producción moderna que se reflejan después en copa y se disfrutan sorbo a sorbo, como el que bebe su historia.

Y es que ya se sabe,  “cuando el río suena… “ En este caso, vino lleva. De carácter arcilloso, por el terreno y la presencia de caliza activa, que aporta una determinada calidad, en los valles y páramos del Cerrato, en el norte y más carbonato en el surestes junto con un clima con mil caras, cambiante, osado,  a lo largo de las  marcadas estaciones que protegen las montañas de la influencia marina  e impregnan su vital carnet. Y aunque la principal variedad, cultivada,  “entre 750 y 1.200 m.” es en uva tinta del país o tempranillo. También trabajan garnacha, cencibel, merlot , cabernet sauvignon,  petit verdot. Blanca: albillo y viura, para elaborar brillantes coupage y monovarietales.  Por lo que hay una amplísima gama donde elegir si uno cuenta con una uva predeterminada, pero lo importante es dejarse llevar.

Salgamos por tanto de la etiqueta. De lo archy conocido Desterremos los falsos tópicos de “más vale lo malo conocido que… “  Y abramos el paladar a nuevos gustos, a nuevas formas en la copa, que llevan in situ una gran tradición. Desde luego que les va a sorprender.

Texto: César Serna

Fotografía: Rafa Tobar Blog Bodega Ateneo