Las crisis son oportunidades. Crisis significa que los postulados con los que antes nos explicábamos las cosas ya no funcionan. A menudo necesitamos que los acontecimientos nos pongan delante que la coyuntura ha cambiado, aunque sea un duro despertar. La sanidad no está cambiando: ya ha cambiado. La sanidad, entendida como actividad que dispone de los recursos para para recuperar la salud del ciudadano cuando enferma, es un servicio y es un negocio. ¿Servicio según el que lo recibe y negocio según el que lo presta? Vamos a tratar de aclararlo para saber qué está pasando ¿Quién es el prestador del servicio? ¿Un médico o una compañía de seguros?

                En su origen, la relación médico-paciente se basaba en el encuentro de dos personas que se necesitaban: uno tenía un problema y el otro, por sus estudios, creía tener la solución. Hasta aquí es una mera relación contractual como sucede en cualquier otro tipo de actividad. Pero en la sanidad lo que está en juego es la salud y la vida del cliente. Puesto que el individuo tiene en alta estima su salud y su vida, los datos que de esa relación se obtenían se consideraron de "sensibilidad extrema" y la profesión médica empezó a regularse desde los Colegios Profesionales con la creación de un Código de Deontología para proteger a los protagonistas del acto médico. Se trataba de hacer primar la salud del paciente y su derecho a la intimidad por encima de todo. De igual manera, se procuraba garantizar al médico la plena autonomía a la hora de ejercer su profesión de acuerdo con el conocimiento de la ciencia en el momento concreto en que se desarrollaba la prestación, lo que se llama la lex artis ad hoc. Y el Código de Deontología refrendaba que los actos médicos debían retribuirse de manera que permitiese al médico una vida digna. Cuáles debían ser esas retribuciones nunca se concretaron pero se pretendía, -como se pretende para el personal funcionario- que con pagos dignos los trabajadores no tengan la tentación de aceptar estipendios extras o sobornos.

                Esta relación entre el médico y el paciente se basaba de ordinario en la confianza. Nadie pone algo tan importante como su vida en una persona en la que no confía. Y esta relación primigenia así descrita ha venido a transformarse por la irrupción de varios fenómenos de los que quiero señalar los siguientes.

                En primer lugar, la aparición de las llamadas compañías de seguros como agentes intermediadores entre los pacientes y los médicos. Son agentes de cobro al paciente y pagadores de los servicios médicos. Las compañías médicas no "prestan" servicios médicos. La compañía cobra una cuota mensual al asegurado (que siempre le parece excesiva) y paga los servicios al médico en la medida que los presta (pagos que siempre le parecen escasos). La compañía cobra la cuota se usen o no los servicios médicos y paga al médico sólo cuando se prestan. La aparición de las compañías de seguro justifica su existencia ante la sociedad para "abaratar" las prestaciones de los médicos, haciendo sus servicios más asequibles. Y así, por ejemplo, los honorarios de 100 euros de consulta de un médico privado, se quedan en 15 que son los que le paga la compañía. Al paciente se le hace ver que en lugar de 100 al médico ha pagado 50 a la compañía, de los cuales la compañía paga 15 al médico y se queda con 35. Los servicios que los médicos prestan a través de compañías están baremados. Y esos baremos no se han modificado en los últimos 30 años, lo que supone una merma importante en el poder adquisitivo del médico. Esto hace crecer el malestar de los médicos prestadores de servicios a través de compañías que denuncian ese abuso ante sus Colegios médicos (que no hacen nada) o agrupándose en asociaciones como UNIPROMEL. Mucha gente que tiene un seguro médico desconoce este aspecto y conviene que lo reflexione para entender el deterioro de la relación médico-paciente.

                Ante la presencia de este agente intermediario que son la compañías de seguros, los médicos comprenden que si las compañías se hacen con los pacientes y los aglutinan, no queda más remedio que "pactar" con ellas para aceptar los baremos que pongan, trabajar a bajo precio o ver reducida su clientela. De lo contrario, quizás vengan menos pacientes, aunque los que vengan paguen más. El médico de ejercicio libre no sabe si trabajar por su cuenta o integrarse en los llamados grupos hospitalarios, un nuevo intermediario que todavía abarata más su actividad. La aparición de los llamados grupos hospitalarios que aglutinan tecnología y profesionales propician que se "entiendan" con las aseguradoras cerrando con ellos los baremos e impidiendo que sea el profesional quien negocie con las compañías de seguros. De este modo el médico trabaja para una institución netamente mercantil (sólo interesa la cuenta de resultados de la empresa) que además depende fuertemente de las compañías de seguros.

                En este entorno, el médico ya está muy lejos del paciente. El paciente quiere ser atendido, pues ha pagado su cuota, y una compañía o un grupo hospitalario le pone delante a un médico que ejerce de prestador de servicios con la consigna de no ser oneroso a la empresa. La salud ya empieza a tener precio y el paciente percibe que el médico que le atiende ya "no tiene vocación", no ejerce con la autonomía que tendría en un entorno libre, le ve como un mercenario que obedece a su pagador. La relación asistencial se vuelve distante, fría, inoperante en muchas ocasiones, dando lugar a la pérdida de confianza: la relación ha pasado a ser meramente mercantil. Y esta situación no es nueva, viene siendo manifiesta desde el milenio pasado y perfectamente conocida por los Colegios de Médicos profesionales que no han hecho absolutamente nada por restablecer la dignidad del ejercicio médico profesional.

                Con esta reflexión quiero llamar la atención de que no es una cuestión simplemente de dinero o pagos. Es cierto, como se apuntaba, que un salario digno disminuye la tentación de coger sobresueldos, primas, o pagos extras. Ante salarios de miseria se puede comprender -que no aceptar ni justificar jamás- que los agentes prestadores de servicios se dejen "agasajar" por multinacionales farmacéuticas o instituciones si se consiguen determinados objetivos que muchas veces redundan en un recorte de las prestaciones asistenciales. A menudo se conmina a los profesionales a violar su Código de Deontología porque la "disciplina del grupo" donde trabaja así lo exige. Algunos compañeros, contrariamente a su criterio y a instancias de la institución donde trabajan, se han visto "animados" a prescribir (o dejar de prescribir) medicación o tratamientos que en su fuero interno consideraban que no debían (o debían) prescribir. En unos casos primó la ética y en otros, tristemente, los colegas han traicionado sus convicciones, con no pocos problemas de conciencia que han derivado en depresiones. En una vuelta de tuerca de este deterioro y para que no se vean violentados los que escrupulosamente miran por el bien de su paciente, se está intentando cambiar el Código de Deontología Médica.

                El problema de la autonomía del médico no sucede solo en el ejercicio privado. Pilar Aparicio, Directora General de Salud Pública y Calidad e Innovación del Ministerio de Sanidad reconoce que la Atención Primaria tiene un problema serio y ha demostrado estar herida muy grave, como anunciando que su muerte es inminente e irremediable. Ante la inevitable destrucción del sistema público de salud, dirigentes de grupos hospitalarios privados abogan por "refundar" el sistema, a ver si con el nuevo paradigma que se genere la sanidad privada agrupada en bloques consigue mayor tajada, haciendo de los pacientes un negocio basado en el miedo a enfermar y en la salvación a través de la tecnificación. Con este escenario, recuperar la confianza en las personas es muy complicado, pues se aboga por el procesamiento de los parámetros de los pacientes en una base de datos que permita ponderar qué persona es rentable y cuál no. Como decía un compañero con lamento desde una institución colegial, hemos destruido la bondad del sistema público y la relación personal y hemos entregado los despojos a los buitres carroñeros que manejan la salud en términos de balances económicos.

                El problema descrito, por tanto, no es una mera queja por la pérdida de poder adquisitivo de los médicos, porque cada cual en su sector también lo ha experimentado con esta provocada crisis, sino que apunta a la desaparición de la confianza e independencia que resultan esenciales para el desarrollo de esta actividad. Es un cambio de paradigma en la concepción del ser humano como una máquina que necesita una puesta a punto técnica, el apaño de un material que ya no es un cuerpo humano. Usted no será tratado por un médico sino por los protocolos emanados del Big-Data y la Inteligencia Artificial, porque usted no está llamado a ser humano sino "transhumano". El tan cacareado progreso ha traducido la atención sanitaria en un acto técnico y mercantil, donde a los seres humanos se les mira como mercancía de la que se puede sacar mayor o menor rentabilidad. El sistema sanitario que conocíamos agoniza, sí, ante la mirada indiferente o cobarde de los Colegios de Médicos y demás autoridades que desconocen el valor de la vida humana.