La pandemia de Covid-19 llegó casi sin que nos diéramos cuenta, a pesar de que, un año después, nos asombre no haber sido capaces de preverla. Pero tampoco nos adelantamos a una pandemia paralela sobre la que muchas sociedades científicas llevan pocos meses alertando: la de los casos de enfermedades cuyo diagnóstico llega tarde.
 
Las primeras en preocuparse fueron las relacionadas con el cáncer –desde la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) hasta la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), entre muchas otras–, al notar que el número de pacientes con cáncer nuevos había decrecido. Concretamente, un 21% durante el confinamiento, con respecto al mismo periodo del año anterior. Un número que sube hasta el 32% entre los meses de abril y mayo. También bajaron, aunque poco, los pacientes que recibían quimioterapia (un 9,5%) y los que se atendían desde los servicios de radioterapia (9%).
 
Xavier Matías-Guiu, presidente de la Sociedad Española de Anatomía Patológica (SEAP) pone de manifiesto que “se produjo un descenso muy significativo en la realización de biopsias de hasta un 41%. Este descenso afectó a los pacientes con cáncer, aunque este descenso fue proporcionalmente menor, lo que indica que, en lo posible, se priorizaron los estudios de estos pacientes”. En lo relativo al impacto en la actividad asistencial, según afirma el presidente de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia, Ramón García Sanz, se notó una “reducción importante en los peores meses, recuperada en época estival”.
 
Que el diagnóstico se retrase tiene un lado muy peligroso si se trata de personas mayores, ya que son quienes sufren enfermedades crónicas que, si no se tratan a tiempo, pueden llegar a ser mortales.
 
José Miguel Laínez, presidente de la Sociedad Española de Neurología, admite que no tiene cifras en las manos que lo confirmen, pero es posible “que se hayan retrasado algo los diagnósticos en tanto que se hayan reducido las consultas en presencia física con los pacientes”. De hecho, María Lourdes Cos, médica adjunta Servicio de Medicina Interna del Hospital del Mar, confirma las sospechas: “No hemos visto tanto un descenso, sino una demora en los diagnósticos, de modo que terminamos viendo pacientes con enfermedades más graves o avanzadas”. 
 
En el área de la Cardiología, se llegó a detectar una reducción del 40% en el tratamiento del infarto durante la primera semana del estado de alarma en marzo de 2020. En cambio, según un nuevo estudio de la Sociedad Española de Cardiología, “la Covid-19 ha tenido un tremendo impacto sobre la mortalidad aguda por infarto. En concreto, la mortalidad hospitalaria por esta causa prácticamente se ha doblado durante la pandemia frente al periodo previo”, afirma uno de los autores del estudio, Oriol Rodríguez Leor.
 
CON MIEDO A IR AL MÉDICO
Otra de las vertientes de este problema viene del propio paciente, y es el miedo a ir al médico, ya sea por la posibilidad de contagiarse al salir de casa o por tratar de colaborar en no saturar las consultas. Algo que, para Jesús Santianes, coordinador del grupo de trabajo de Cronicidad de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen), sucedió durante el primer confinamiento. “En el momento actual, nos encontramos en un extremo opuesto y existe una mayor demanda de asistencia y de resolución inmediata” debido a que “los síntomas del paciente puedan ser debidos al coronavirus”. “Sin embargo”, matiza Santianes, “estos cambios no han afectado de manera importante al diagnóstico de enfermedades crónicas como sí ha podido hacerlo la suspensión o retraso de pruebas complementarias”.
 
Por su parte, Cos considera que “en los primeros meses de pandemia, muchos pacientes no solicitaron atención médica, por lo que terminaron consultando más tarde de lo recomendable. Eso ha condicionado que patologías que inicialmente podrían haberse tratado en el ambulatorio hayan terminado requiriendo ingreso hospitalario”. En la actualidad, “estamos recibiendo menos derivaciones a nuestra unidad, lo que nos hace sospechar de que la población vuelve a tener miedo de ir a los centros sanitarios, con el riesgo de que haya retraso en el diagnóstico y las implicaciones que tiene en el tratamiento y pronóstico de la enfermedad”.
 
La internista asegura que “los pacientes que tienen enfermedades crónicas saben cómo ajustar su medicación ante una descompensación leve y cuándo deben solicitar asistencia médica. En este caso, no deberían posponer la consulta”. En caso contrario, es decir, si aparecen síntomas nuevos, Cos recomienda que solicite atención. “A día de hoy no hace falta ir al ambulatorio, se están realizando visitas telefónicas y, con ello, el médico de cabecera valora si tiene que ir al ambulatorio para una exploración o no. En caso de que el médico solicite una prueba, sería aconsejable no posponerla”.
 
DE LA CONSULTA A LAS UNIDADES COVID
Según la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), los médicos de esta especialidad atendieron al 80% de los pacientes infectados hospitalizados no críticos. Es decir, hubo una especie de trasvase de estos médicos para atender a los pacientes con Covid-19. ¿Qué pasó con sus consultas habituales? Que las dejaron de hacer. Cos explica que el servicio “ha tenido que reestructurar y adaptarse al día a día en función de la situación epidemiológica”. 
 
En cambio, la Atención Primaria vivió la irrupción de la pandemia de otro modo. Santianes explica que “ya con anterioridad, la sobrecarga asistencial era un gran problema para nuestro sistema sanitario, con plantillas con falta permanente de personal, una tasa de sustitución insuficiente, una elevada demanda por parte de la población... Todo esto condiciona que la Atención Primaria se encontrase en una situación límite, con una capacidad de respuesta disminuida ante situaciones ‘anómalas’. Además, también se han suspendido muchas consultas de otras especialidades en los centros hospitalarios y aplazado pruebas diagnósticas, por lo que el paciente también solicita más citas en Atención Primaria al sentirse desamparado”.
 
Pero las cosas han cambiado mucho. La internista explica que, en la actualidad, “no solo tenemos más información de cómo se comporta el virus, sino que además hemos adquirido experiencia en su manejo. A todo esto, se suma la llegada de la vacuna que, a pesar de que nos pueda provocar cierta incertidumbre, no deja de traernos la esperanza de poder poner fin a esta situación”.
 
IMPACTO EN EL PACIENTE
Laínez lo tiene claro: a nivel cognitivo, la pandemia pandemia ha tenido una afectación enorme en las personas mayores. “La situación ha hecho que acelere la aparición de los síntomas en pacientes sanos, y que empeoren los que ya los tenían. Y, lógicamente, los retrasos diagnósticos que se produzcan ahora, van a aparecer después”. 
 
Cos también lo nota. Concretamente, dice que “en estos últimos meses, estamos diagnosticando un aumento de casos de depresión-ansiedad. Son pacientes que empiezan a perder peso y apetito, sin una causa aparente. Pero cuando hablas con ellos, te expresan su temor al contagio, tanto para ellos como para la gente de su entorno. Les crea ansiedad el hecho de estar constantemente pendiente de si han tocado una cosa u otra en el supermercado, de ponerse bien el gel hidroalcohólico, llevar la mascarilla... Además, muchos han perdido su rutina, ya no pueden ir a talleres de memoria o centros cívicos lo que ha conllevado un empeoramiento más rápido de pérdida de memoria”.
 
En este sentido, muchos expertos hacen un llamamiento general al autocuidado, con mayor hincapié para las personas mayores. Este término alude a las medidas que se pueden adoptar con el objetivo de prevenir la aparición de enfermedades o, en el caso de padecerlas, estabilizarlas y evitar su evolución. Santianes nos explica cuáles son –si bien ya todos las conocemos– la alimentación saludable, evitar el consumo de tóxicos, aumentar la actividad física evitando el sedentarismo, la higiene adecuada incluyendo la bucodental, el control de las patologías crónicas y la adecuada adherencia terapéutica. “Eso sí”, matiza Laínez, “con mascarilla y bien protegido, teniendo cuidado”. En el ámbito de la Neurología, las otras medidas de autocuidado incluyen, por un lado, “mantener las actividades intelectuales”, como leer o jugar a las cartas; y por otro, el contacto con los allegados para “mantener la afectividad al máximo”, eso sí, desde el distanciamiento social y, aunque sea, a través de videollamada.
 
EL CASO DE OLATZ
Uno de los casos más mediáticos de los retrasos en los diagnósticos es el de Olatz Vázquez, una joven de 27 años con cáncer gástrico y metástasis abdominal. Desde su cuenta de Twitter (@OlatzVazquez), Olatz escribió que “el 9 de junio de 2020 me diagnosticaron un cáncer gástrico con metástasis abdominal. Estadio IV. No me sorprendió; llevaba un año yendo de médico en médico porque no me encontraba bien”.
 
El problema era su juventud. Los médicos apuntaban a celiaquías, gastritis o enfermedades pélvicas, hasta que la derivan a hacerse una gastroscopia. Esta tendría lugar el 22 de abril de 2020.
 
Debido a la llegada de la Covid-19 y con ella la presión asistencial, esa cita se atrasó hasta el 9 de junio porque no se consideraba grave. Ese día, le detectaron úlceras tumorizadas en el estómago. La joven relata que, al salir de la consulta, lloró y gritó de “rabia, impotencia y dolor”. Finalmente, y una semana después de la gastroscopia, llegaron los resultados, que eran los peores que barajaba: “Es maligno y hay que meterme a quirófano para ver si me lo pueden extirpar, pero ya es demasiado tarde. Ha habido metástasis y me mandan a oncología”.
 
Olatz lamenta que, por un lado, se haya descartado la posibilidad de enfermedad grave debido a su edad, pero también considera “que parte de mi ‘mala suerte’ viene de tener que vivirla en mitad de una pandemia. La Covid-19 está ahí, pero el cáncer también, y un diagnóstico precoz es la mejor cura para esta enfermedad”, manifiesta. Como ella, se prevé que existan otros muchos casos, pero no solo en Oncología, sino en prácticamente todas las especialidades y, también, en todas las edades.
 
LUCES Y SOMBRAS DE LA TELEMEDICINA
Llamar por teléfono al médico tiene muchas ventajas a la hora de agilizar las consultas, especialmente en Atención Primaria. Pero al meter todas esas citas “en el mismo saco”, surgen problemas. Santianes explica que las patologías crónicas tiene fases estables y episodios agudos. “Es en estos momentos de agudización cuando la atención se va a ver más afectada con la tendencia actual de consulta telefónica”. En cambio, durante los periodos estables, “la consulta telefónica puede ser una magnífica herramienta de trabajo que permite realizar el seguimiento, resolver dudas, educar al paciente, programar revisiones... pero en el momento de la exacerbación, es imprescindible una valoración presencial”. En cualquiera de los casos, Santianes apunta a que el perfil del paciente es un factor a tener en cuenta en aras de que la visita telefónica sea fructífera. “Los pacientes de edad avanzada, con deterioro cognitivo, con dificultades para la comunicación, con escasas competencias en medios digitales… van a presentar mayores dificultades para el seguimiento telefónico y probablemente requieran de una mayor atención tradicional”, explica el experto.
 
Por su parte, Laínez es consciente de que “ahora mismo es necesario priorizar otra asistencia, la telefónica, porque es el mal menor. Pero no es lo ideal”. De lo que ha podido observar en su especialidad, “se ha hecho un esfuerzo enorme para atender”, aunque admite que “la calidad asistencial no es del mismo nivel que antes”.
 
Pero no todo es negativo, pues como adelantaba Santianes, la telemedicina puede ser una herramienta muy útil. Por ejemplo, la Sociedad Española de Cardiología (SEC) apunta a que las listas de espera de esta especialidad se redujeron en un 21% gracias a esta modalidad de atención. Incluso, se redujo la mortalidad, las visitas a urgencias y los ingresos.