La pena por la pérdida de un ser querido es así. Tal cual. Y con el tiempo disminuye, o al menos hemos aprendido a vivir con ello o nos hemos hecho inmunes a esa intensidad de dolor. Y todos lo sentimos.

Sentimos el abandono: Nos han dejado. Y esto pasa exactamente igual con nuestros animalines. “¿Qué? ¿Estáis locos?” Escucho decir a muchos que no logran comprender lo queridos que son para nosotros, los amantes de los animales.

Cuando explicas que ellos dan amor incondicional, sin esperar nada a cambio, escuchas comentarios como: “claro, tú eres la fuente de su comida”. Pero, ¿cómo se explica su elección para dar ese amor a una sola persona, cuando hay varias que le dan de comer? ¿O el que dejen de comer hasta morir o caminen kilómetros y no abandonen la tumba de su amado dueño cuando éste ha muerto?

También se percibe este amor en dos ancianos cuando uno muere semanas después del otro. Puedes hablar de la total aceptación, sin reproche alguno por parte de los animales – aunque no les saques un día tan solo un momento a la calle para hacer sus necesidades y no a su usual paseo de media hora por estar muy ocupado o simplemente no apetecerte.

Pero en términos humanos es difícil de comprender: siempre demandamos. Puedes hablar de lo feliz y positivo que hacen tu vida. Un ejemplo viendo lo contentos que te reciben cuando vuelves, aunque hayas salido por cinco minutos únicamente o incluso cuando por error les has encerrado.

En términos humanos es imposible de comprender: si nos dejan encerrados lo primero es ¡bronca! O puedes hablar de lo culpables que se sienten cuando hacen algo malo. Esto también en términos humanos se comprende poco: muchos lo negamos, o lo justificamos por necesario, pocos admitimos el error.

Permitirme, a través de mi propia historia, intentar explicar un poco lo que ellos aportan. No es muy largo (o por lo menos me esforzaré para contenerme). Espero que al final, seáis más comprensivos, e incluso lleguen a verles con distintos ojos… Comenzando con Puffy – una bolita gatuna me fue pasada por encima de la verja por un vecino de 12 añitos.

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Al cogerlo supe que se tenía que quedar, y creció y decidió que no sólo los 1000m2 de parcela eran suyos, también las miles de hectáreas de monte, al igual que las calles colindantes. Le gustaba recibir y saludar a los visitantes, posándose sobre la pared a la entrada, maullando sus saludos en espera de caricias, ronroneando al recibirlas y acompañándoles los 100m2 por el paseo ondulante hacía la casa. ¡Todo un señor! Y cuando llegaron 3 cachorrines cruce de Bobtail y Husky – de verdad ¡se cabreó! Imaginad el rey en su palacio silencioso y de repente ¡el caos! Los perrines, Tiny, Lea y Rex – cachorros de menos de 2 meses.

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Paquetes sorpresa de la Bobtail de una amiga de una amiga. Me lo comentaron y ese mismo día, un domingo, les fui a ver, queriendo dos para que se hicieran compañía ya que viajaba mucho entonces. Cuando llegué, una bolita con unos ojos azules bellísimos, Tiny, se me acercó de inmediato y no se separó de mí. Claro que la elegí pero me dijeron que estaba prometida y viajaba esa semana a un pueblo comenzando con Al – algo. Pero me dijeron que a Lea – otra bolita, ojos marrones tiernísimos, la habían devuelto de otro pueblo también comenzando con Al – algo.

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Pedí una semana (ya que viajaba) así que volví el domingo siguiente. Para mi sorpresa, Tiny estaba (también la habían devuelto). Y claro que me llevé a los tres, yendo a comprar ese mismo día la tercera colchoneta, el tercer cacharro de comida, el tercer collar y correa. Rex estuvo conmigo menos de una semana al ahogarse una tarde que tuve una reunión de broncas mayores, encontrando su pequeño cuerpo en el agua helada a mi vuelta. Fue un golpe duro de tragar. Varias noches más tarde soñé con su carita que me miraba con una ternura aplastante, como si dijera que no me culpase (que lo hacía, claro).

Fue su despedida. Lección de perdón. Así las cachorrinas, Tiny y Lea crecieron, felices. A los días de llegar, ya jugaban todos juntos, Puffy con su juego favorito de caza, saltando a la yugular de las peques según pasaban, y Tiny o Lea corriendo con su cabeza dentro de sus fauces. Y muchas, muchas veces Puffy nos acompañaba cuando salíamos a pasear las perritas y yo. Lección de tolerancia y aceptación. Después de 7 años, por necesidad, tenía que dejar la casa. Angustiada, ¿Cómo conseguir darle a Puffy algo parecido o al menos con campo colindante?

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Lo que me podía permitir no daba la talla. Imposible de encontrar. Para las perritas no era tan importante: ellas saldrían a pasear conmigo e irían dónde fuese. Mientras empacaba y apilaba cajas. Puffy me acompañaba pidiendo caricias. Una noche, estando yo en el salón metiendo no sé qué en una caja, a la una de la madrugada escuché la voz de mi pequeño llamar pero muy, muy, tenue.

Me acerqué a la ventana de una de las habitaciones y estaba ahí, muy mal herido. Llamé al veterinario de urgencias y acudió a la clínica: le esperaba con el pequeñín en mi regazo sentada en un banco, inconsolable. Pronóstico: no salvable. Se había dejado atropellar (porque ya me dirán: ¿cómo en todos estos años nunca, nunca, ni de pequeño e inocente le había pasado nada y entonces, ya mayor y sabio, sí?) Vino a despedirse – Me daba vía libre para encontrar la casa de acuerdo con mis posibilidades.

Lección de generosidad.

He comentado poco de estas dos criaturas especiales.

Hasta hace poco, Tiny y Lea estuvieron acompañándome, pasando por 2 casas. Ellas, con su ánimo positivo, con su alegría aplastante y su visión de aceptación y de encontrar novedad en todo, previnieron que mi ánimo de frustración, de fracaso, de impotencia por mi situación económica en ese momento no se volviese en depresión.

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Lea era la cuidadora y defensora, tanto de Tiny o mía, enfrentándose en caso necesario a perros que se mostraban agresivos, incluso más grandes y feroces que ella.

Una mañana, hace 4 años, resbalé y caí en las escaleras (de piedra) dándome un tortazo en la cadera, y los sanitarios se sorprendieron de no haberla roto. Y Lea, que estaba luchando durante varios años contra el cáncer, mostró hasta dónde significaba para ella el cuidar y defender. A sus 13 añitos, según yo iba mejorando, ella fue empeorando y, de hecho, terminó con la cadera rota. Y no, no sufrió ningún accidente, ni golpe ni caída.

Se ha probado que los animales transmutan los dolores físicos y las emociones. Pero siendo humana, al no haberme ocurrido antes o que me afectase directamente, honestamente, era bastante incrédula. Después de esto, mi percepción cambió. Lección de entrega.

Tiny, durante toda su vida, fue “mi” perrita. A diferencia de Lea, si bien saludaba a las otras personas cariñosamente, no se quedaba para más caricias, sólo yo existía de verdad para ella. Otros podían llegar, pero eran mis caricias las que esperaba con anhelo.

Con mis migrañas, de joven se tumbaba debajo de la cama para estar directamente debajo de mí, y ya, más mayor, lo más pegada a mí. No le importaba no salir, no comer, no beber. Mientras yo estaba enferma, ella no se separaba. Ella siempre había sido muy generosa, poniéndose feliz cuando se llevaban de paseo a otros perritos, aunque a ella no.

Un día le dije que la quería mucho y le pregunté si me quería: aulló su respuesta realmente con un sentimiento profundo, comenzando en tono bajo y tornándose en canto luego. Y cuando se lo preguntaba cada vez después, su respuesta era la misma. Así de especial era. En sus últimos dos años luchó contra el cáncer interno y externo, falta de capacidad pulmonar, debilidad en su corazón, y varias otras cosillas también gordas.

De hecho a sus 17 años había superado por 3-5 años la expectativa de perros de su tamaño. Pero su afán de vivir, de seguir a mi lado, era tan fuerte, que incluso llegó a absorber un tumor que era más de 2cm de grande. Aun casi sin poder caminar, corría eufórica cuándo volvía de la compra, por ejemplo, y la había dejado en casa. Cuándo ya sus patitas traseras le fallaron, incluso ella no queriendo, le tuve que ayudar a marcharse. Esto fue hace tres semanas.

Todos ellos me han dado lecciones de generosidad, entrega, positividad, esfuerzo, amor incondicional, perdón y tolerancia. Y sigo intentando llegar a ser algo semejante. Y hay muchas historias con caballos, elefantes, leones, toros, vacas, cerdos, pájaros… Ya veis, los animales son seres sensibles, y esto se ha reconocido hace muy poco legalmente en España con decenas de años de retraso y matices excluyentes, aunque probado científicamente hace muchos años.

Y para mí, en efecto, son seres esenciales para nosotros. Karin Hammill