Existe la creencia infundada de que las personas con diversidad funcional padecen una enfermedad. Y esto no es así. Pero este sector de la población ha sido marginado y vilipendiado a lo largo de la Historia.

Afortunadamente, hace años que este perjuicio ha comenzado a cambiar en algunos centros europeos, gracias al poder del asociacionismo en algunos casos, pero sobre todo gracias al esfuerzo de los investigadores, familiares, profesionales y de las mismas «personas con discapacidad» que han emprendido una cruzada quijotesca por implantar un nuevo paradigma.

Desde mi punto de vista uno de los grandes errores de nuestra sociedad en relación a este asunto tiene mucho que ver con nuestro desconocimiento sobre otros tipos de inteligencia frente a la clásica inteligencia cognitiva.

La teoría de las inteligencias múltiples es un modelo de entendimiento de las mentes elaborado por Howard Gardner. Para él, la inteligencia no es un conjunto unitario que agrupe diferentes capacidades específicas, sino una red de conjuntos autónomos interrelacionados. Reconoce varios tipos de inteligencia: lingüístico-verbal, lógico-matemática, espacial-visual, musical-auditiva, corporal-kinestésica, individual, personal, naturalista; y también habla de una inteligencia existencial-filosófica. Si al observar a quienes formamos parte de nuestra sociedad tuviéramos en cuenta la teoría de Gardner, muchas de las personas sin el etiquetado de Personas con Discapacidad Intelectual o, incluso si me apuran, con algún tipo de enfermedad mental (ansiedad, depresión, paranoia, esquizofrenia…) podríamos ser consideradas menos inteligentes que quienes componen este sector tan denostado.

Tal ignorancia permea en quienes gestionan estas políticas desde las instituciones salpicando así a la gestión de la COVID 19 en los diferentes dispositivos que vehiculan esta odisea a la que me refiero en el comienzo del artículo. Nuevamente, la responsabilidad recae en manos de la dirección de los centros, de los gestores, de las Juntas Directivas y de sus múltiples equipos de trabajo, igual que en los centros educativos.

Los centros residenciales ya han adquirido una experiencia impagable desde que comenzó el confinamiento allá por mediados de marzo. Ahora son los profesionales de los Centros de Día y de Atención Temprana quiénes afrontan esta terrible situación, obligados a tomar medidas en medio de una incertidumbre y un desamparo proporcional al que han sufrido las personas a las que atienden en estos centros. Porque , no sé si lo intuyen, las cuidadoras, los auxiliares de enfermería, los sanitarios, las psicólogas, los equipos de cocina, de lavandería, de mantenimiento o de limpieza… trabajan en unas condiciones laborales muy por debajo de lo que se merecen: no olviden que con la crisis de la COVID 19 estos profesionales están en primera línea de batalla. Así que, desde aquí, mi reconocimiento a la heroicidad de todas ―y digo todas porque en este sector ellas son (somos) mayoría― las profesionales que se dedican al sector.

Mi experiencia como cuidador tras catorce años en la Asociación VALE, y en estos momentos tan críticos, fundamenta mi exposición. Trabajar para estas personas me ha convertido en mejor persona. Doy gracias por ello a quienes me han brindado la oportunidad y espero contribuir en estas transformaciones tan necesarias con esta columna. ¡Ánimo, valientes!

rosa