El reciente y tan esperado positivo en coronavirus de Carmen Calvo, una feminista radical procedente de la vieja guardia del PSOE, una de las tantas que encabezaron la manifestación multitudinaria del pasado 8 de Marzo en Madrid, a la que asistieron unas 120.000 personas, mayoritariamente mujeres, prueba que tal evento constituyó un gigantesco foco de infección que se extendería sin piedad por casas, calles y barrios de toda esa ciudad.

Es obvio pensar que en evento tan esperado, en momentos de tanta euforia con toda la tropa en su día grande, se diera forma a uno y mil gestos de cariño y complicidad al encontrarse cada feminista con su inesperada amiga del alma, esa vecina de bloque que ella no creía profesaba una misma religión de castradoras, esa amiga que tantos años atrás fue un amor de juventud a la salida del instituto, esa desconocida que te guiña el ojo y te saca la lengua… Besos y más besos, abrazos, grititos y suspiros que se escapan de emoción, alguna tos que otra te zampa a la de al lado en plena cara, un aaaachís que te vuelve la melena grasienta...

Por fin llegó el gran día en el que exhibir esa pancarta preparada con tanta mala baba, enseñar esa teta de aspecto grotesco que en absoluto entra en la esfera de su maternal misión, ese cabello rojo berenjena, esa ferocidad que causa lástima…

Y toda esa orgía de desahogo esperado, nada más y nada menos que en Madrid, la capital de lo que queda de país, sede del Gobierno nacionalfeminista, ese desgobierno amigo.

La bulla, empujones… esa que te coge el culito, otra que se pega contra ti como una lapa y aplasta ambos pechos, ese olor a colonia barata que ya comienza a mezclarse con el sudor y otros aromas tan característicos que suben y suben. Es el momento, el día, la hora y el lugar propicio para dar rienda suelta a esa libido en dique seco durante meses: besos robados, mordisquitos y achuchones de histérica complicidad e irrefrenable urgencia, de necesidad absoluta.

Claro que ahí me tienen al astuto coronavirus dándose un festín del quince, infectando a mogollón, en cantidades industriales, perplejo ante tanta incompetencia de los responsables políticos de tal masificada concentración de votantas desprevenidas. No obstante, algunas ministras van provistas de guantes de color azul e incluso hay quien lleva una mascarilla.

Al llegar a casa el abuelito pregunta: ¿Qué tal te fue, querida? Ay, abuelo, ahora te como a besos, muá, muá, requetemuá, qué pasada, más de cien mil colegas gritando “¡El machismo mata más que el coronavirus!” Anda, ve y dale un par de besos a tu abuelita que la mujer anda preocupada, está en la salita viendo Sálvame, como siempre.

Decenas de miles de infectadas propagarían el Covid-19 a sus familiares, vecinos del bloque y dependientes de su barrio.

La propagación exponencial del virus, por mor de una aglomeración con fines puramente electorales, estaba, pues, garantizada, y con ello Madrid se convertiría en una trampa mortal para sus habitantes, en una ratonera sin salida. De modo que justo a las siguientes dos semanas, las víctimas en la capital no se contabilizarían por centenas, sino por miles.

En recuerdo a estas víctimas políticas y absolutamente innecesarias, tras de las cuales hay un drama familiar, para que quede en la memoria de todo aquello que no debió de ocurrir y fue el desencadenante de una masacre que pudo evitarse de haberse suspendido una aglomeración que no fue otra cosa que una bomba nuclear en el corazón de la capital, en recuerdo a día tan trágico, a jornada política tan indeseable e infame, irresponsable e inhumana, en recuerdo a ese día de autos en el que el ansia de mantener votos feministas estuvo por delante de la salud y de la propia vida de la ciudadanía de Madrid, cada próximo ocho de Marzo será, en el corazón de las gentes de bien, Día de luto Nacional.

José R. Barrios