Los hábitos estéticos cambian con los años. Tener un lunar en la antigüedad era algo positivo e indicaba otros aspectos de la vida cotidiana, cercanos a la superstición; tener lunares en el rostro señalaba las veces que una mujer se iba a casar o el número de hijos que podía tener; si los tenía en la mejilla derecha sería muy amada por su esposo y si contaba tres lunares en el espacio de un palmo de su cuerpo se casaría con un terrateniente; tenerlos en la cintura era de buen augurio; pero si están en la parte alta del pecho,  hacia sospechar que la mujer era bruja y, en todo caso, auguraba riqueza; tenerlos en la espalda también era signo de riqueza; en la nuca constituía un pésimo augurio, pues su poseedor podría ser reo de muerte en la horca. No es extraño que muchas mujeres trataran de ocultar sus lunares, por si acaso.

Una coplilla popular con reminiscencias de refrán aseguraba:

Mujeres de lunares, 

Mujeres de pesares.

 

En el siglo XVII, para paliar las cicatrices que dejaba en las mujeres la viruela, recurrieron a lunares postizos, que tenían formas muy variadas: de estrella, media luna y corazón de seda, de colores o terciopelo negro, preferentemente colocados junto a los labios y los ojos, en la frente y mejillas o incluso en el pecho. Aquella moda vivió en el siglo XVIII sus días de esplendor y no tardaron en surgir en torno a ellos un lenguaje propio: junto a los labios significaba aceptación de un flirteo; en la mejilla derecha indicaba que la mujer era casada, y en la izquierda, prometida; si el lunar se situaba junto al ojo significaba que la dama estaba dispuesta al romance.

De esta manera se potenciaba el poder mágico de estas pequeñas manchas que adornaban el cuerpo y que hoy son tenidas como portadoras de suerte y felicidad, aunque como antes, depende del lugar donde se tengan. Sobre la sien, augura suerte en el amor; sobre el ojo derecho, paz y alegría en el matrimonio. Las mujeres fatales suelen tener un lunar sobre el ojo izquierdo, que es donde mayor poder de atracción ejercen. Sobre la nariz pronostican éxito económico. Un lunar en una oreja indica buen carácter; tenerlos en las manos señala sensatez, pero las damas que lo llevan en sitio muy visible llevan al hombre a la desgracia.

No hace tanto tiempo que, en Guadalajara, se oía decir que las mujeres que tienen lunares con pelos, era porque tuvieron antojo de comer tocino cuando estaban preñadas, y no lo satisficieron; también hemos leído cosas de calibre más grueso, relacionadas con la ubicación de los lunares. Algunos cantares viejos andaluces rezan así:

Tiene la prenda que adoro

un lunar en un carrillo

que me tiene prisionero

sin haberme echado grillos.

 

Esta voz aparece relaciona con el término “luna”, por creerse que eran causados por nuestro satélite. Otros piensan que se llaman así por la forma que adoptan, ya que los primeros lunares simulados fueron lunas menguantes, porque el término se documenta a finales de la Edad Media.

El andaluz Antonio de Nebrija escribe en su diccionario, del año de 1942: “lunar, señal del cuerpo; naevus.