A pesar de ser este país el único que ha frenado la pandemia, el gobierno de Sánchez mantiene el cierre de fronteras para viajeros procedentes de Taiwán, restricción que, sin embargo, ha levantado para la dictadura comunista de la China continental.

A lo largo de los últimos meses hemos podido comparar las distintas estrategias que han puesto en marcha los líderes de cada país con objeto de afrontar la crisis sanitaria y aminorar el impacto económico resultante de la última; poniéndose de manifiesto, además, la capacidad de gestión de estos dirigentes (o, en el caso del gobierno del PSOE, confirmándose su total incompetencia, así como la tendencia de sus miembros a mentir diariamente).

La comparación entre las actuaciones de los distintos gobiernos conduce a la conclusión de que la mayor tardanza en la aplicación de unas medidas concretas —y si no son las adecuadas, en un grado todavía mayor— acarrea inexorablemente una crisis sanitaria extrema, y, ligado a ello, unas consecuencias nefastas para la economía.

En Europa el buen ejemplo lo han proporcionado Alemania (cuya medida de detección precoz de los casos ha sido minusvalorada reiteradamente en TVE) y Suecia. No obstante, existe un país que ha gestionado la crisis todavía mejor que los países precitados, la República China (establecida en Taiwán por el gobierno legítimo nacionalista del Kuomintang, tras la victoria de los comunistas en la Guerra Civil).

Y tal como acaeció con el resto de países que han destacado por su gestión, el caso de Taiwán apenas si ha tenido cobertura informativa por parte de los grandes medios (la inmensa mayoría próximos al PSOE), y todavía menos en el aparato propagandístico gubernamental llamado RTVE.

Hasta este momento, Taiwán tiene tan solo 474 casos confirmados y 7 muertes (estando a poco más de 800 km de Shanghái, y a aproximadamente 300 km de Xiamen).

Los resultados de la gestión taiwanesa —que pueden ser considerados como un éxito absoluto, a la par que un ejemplo para todos los países occidentales—  no han sido el fruto de un encerramiento de los ciudadanos del país asiático en sus casas ni del atropello de sus derechos como ha acontecido en España y en Italia; tampoco se ha tenido que atentar contra la propiedad privada mediante el cierre de sectores enteros, además de las restricciones en la actividad de otros (y que en sí mismo constituye un acto criminal, sólo equiparable al atentado contra el derecho a la vida y a la integridad física—.

La estrategia del gobierno de la presidenta Tsai Ing-Wen (de la derechista y contraria a la reunificación Coalición Pan-Verde —que, por cierto, nada tiene que ver con los verdes-comunistas europeos—), ha tenido como ejes, por un lado, no fiarse de la China comunista, y, por otro, la adopción de medidas que no vulneren los derechos fundamentales de sus ciudadanos, y que, en la medida de lo posible, no tengan consecuencias negativas para la economía.

De suerte que las medidas principales que adoptó el gobierno de Taiwán (reitero, sin confinar a los taiwaneses ni cerrar sus negocios en ningún momento) han sido las siguientes:

-Cierre de las fronteras con la China continental ya en enero (cuando el gobierno de Sánchez mantuvo abiertas las fronteras hasta la imposición del confinamiento ilegal el 14 de marzo).

-Uso obligatorio de las mascarillas en lugares públicos y espacios cerrados (innecesarias en pleno pico de contagios para el portavoz del gobierno socialista en la crisis, el sujeto Ricardo Simón).

-Prohibición de las reuniones de más de 100 personas.

-Prohibición de la asistencia a eventos deportivos que superen la limitación anteriormente referida.

Cabe recalcar que durante todo el período que ha durado la crisis, el gobierno taiwanés ha mantenido abiertos los bares, restaurantes, cines y otros locales de ocio.

El caso de Taiwán, por tanto, nos permite darnos cuenta de que el único responsable del elevado número de contagios y muertes en los países más afectados son los propios gobiernos de dichos países. También deja en evidencia las autoridades públicas y sujetos de los principales medios de comunicación que animaban a los ciudadanos a no usar mascarillas, el uso de las cuales —además del factor de la responsabilidad individual de sus ciudadanos— ha sido clave en éxito taiwanés.