La crisis de la Covid-19 está alargándose en el tiempo más de lo que se pensó en un primer momento. Tras más de un año entre confinamientos y restricciones de todo tipo, bajo una gran exposición informativa diaria y la amenaza real y latente al contagio, la salud mental de la población se está resintiendo.
 
Un concepto nuevo que ha surgido durante estos meses, y al que varios expertos de diferentes áreas de la salud hacen referencia con asiduidad, es la llamada ‘fatiga pandémica’, cuyo efecto más inmediato es el agotamiento psicológico que produce en las personas. 
 
Este término, acuñado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), no se debería confundir con la propia fatiga que sobreviene tras haber superado la infección por coronavirus, sino que, según explica Jaime Gutiérrez, coordinador del Grupo de Trabajo de Psicología del Envejecimiento del Consejo General de la Psicología de España, se asocia “a la prolongación en el tiempo de las consecuencias físicas, sociales y psicológicas de una enfermedad que ha trastocado nuestra vida diaria, nuestras relaciones con los seres queridos, ha limitado nuestra movilidad y ha influido sobre nuevas costumbres, un tanto incómodas, como la distancia social y el uso obligatorio de la mascarilla”. 
 
Nati Calvente, directora de Formación, Innovación y Relaciones Institucionales del Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos, añade que hace referencia “al sentimiento de desmotivación, a nivel social, en lo relativo al seguimiento y cumplimiento de las recomendaciones y restricciones establecidas”, y se trata de una “reacción natural y previsible que se manifiesta a través de diversas emociones y sentimientos: aburrimiento, desinterés, desconfianza, tristeza, frustración o ira”. 
 
Uno de los inconvenientes más peligrosos de esta ‘fatiga pandémica’ es que, debido al desinterés que se genera en torno a la información relativa a la Covid-19, también disminuye la sensación de riesgo ante el virus. “Esto puede llevar a un peor seguimiento de las medidas sanitarias establecidas para evitar la transmisión”, asegura Calvente. 
 
La exposición informativa puede ser un arma de doble filo ya que, por un lado, es importante mantenerse informado, pero exponerse a una sobre información puede generar una ansiedad innecesaria. “A nivel de salud mental, debemos reconocer, normalizar y reconducir las emociones negativas que puedan aparecer”, indica Calvente. Si padecemos de ansiedad o nerviosismo, “es interesante aprender y poner en práctica técnicas de relajación. También debemos intentar vivir el presente y no estar continuamente comparando con aquello que hacíamos antes de la pandemia”, recomienda.
 
Otra cuestión interesante es cuando a este tipo de fatiga le añadimos el factor edad. ¿Afecta igual a todas las generaciones? En el caso de las personas mayores, que son más vulnerables al contagio y cuya enfermedad se agrava o incluso puede ser mortal con mayor probabilidad, esta situación conlleva un impacto emocional y psicológico más intenso que en el resto de población. “Hemos de tener en cuenta que la percepción del aumento del riesgo se ha multiplicado entre las personas de mayor edad y este es uno de los factores principales del incremento de la ansiedad”, asevera Gutiérrez. En la misma línea opina Calvente, ya que apunta que en el colectivo señor puede estar afectando especialmente el aislamiento social y “es importante mantenerse conectados con familiares y amigos, por teléfono o videollamada, pero mantener el contacto resulta imprescindible para afrontar esta situación”.
 
En este sentido, Maria José Robles, coordinadora del Grupo de Trabajo de Demencias de la Sociedad Catalana de Geriatría y Gerontología, expone también que en las personas mayores se ha observado una especial “afectación del estado emocional y anímico, con un aumento de la sintomatología depresiva, ansiedad, problemas de sueño con insomnio y somnolencia diurna, y con mayor fatiga durante el día, con desesperanza, aislados de las visitas de hijos y nietos. Muchos de ellos han experimentado miedo al riesgo de contagio, lo que ha conllevado mayor aislamiento y falta de contacto social”.
 
La doctora Robles recalca además que, una vez se resuelva la situación de pandemia y volvamos a la normalidad, el peaje no habrá sido el mismo para una persona joven que para una mayor: “Las personas más jóvenes, en líneas generales, recordarán lo sucedido durante estos meses como algo anecdótico; sin embargo, en el caso de muchas personas ancianas, este tiempo perdido no lo volverán a tener jamás”.
 
Además de esta particularidad de la diferencia etaria, ¿es posible que los efectos psicológicos hayan podido ser distinto entre una persona mayor institucionalizada y otra que ha vivido la pandemia en su hogar? “Hemos comprobado cómo ha habido personas en sus domicilios que están reaccionado exactamente igual que la mayoría de las personas institucionalizadas: aislándose casi absolutamente y con un contacto social llevado al extremo en muchas ocasiones”, subraya Gutierrez, que ha podido hablar en este tiempo “con familiares que llevaban a sus padres la comida y los productos de primera necesidad a la puerta de los domicilios sin llegar a entrar a establecer contacto con ellos”. Es decir, esta circunstancia no parece ser un factor determinante en la manera en que se percibe la pandemia.
 
Sin embargo, un aspecto que sí parece relevante para Gutiérrez es la capacidad física y mental con la que parte de cada persona mayor, es decir, “de igual manera que muchos se han podido adaptar a esta situación sin desarrollar síntoma emocional alguno, en otros casos, y sobre todo en los que existe algún grado de dependencia, se ha comprobado cómo este impacto psicológico ha sido mucho más grave provocando, en alguna ocasión, síntomas ligados incluso a los trastornos del espectro psicótico”.
 
DETERIORO COGNITIVO
Cuando hablamos de un empeoramiento de la salud mental, nos referimos también al propio deterioro cognitivo que muchas personas mayores sanas o con algún tipo de demencia han podido sufrir en este último año. Precisamente, algunas implicaciones de la pandemia agravan la salud mental y, en el caso del colectivo senior, sus consecuencias son todavía más patentes. 
 
El estado de alarma trajo consigo medidas restrictivas, confinamiento y distancia social, “y con ello el cierre de los centros de día y centros donde se realizaba estimulación cognitiva”, remarca Robles. Esto favoreció, continúa, que los pacientes con demencia o deterioro cognitivo “se aislasen de sus redes de apoyo habituales, alterando su rutina y el efecto terapéutico de las estrategias generales no farmacológicas. Por ejemplo, la distracción, la estimulación o la interacción social”, que sirven “para controlar algunos de los síntomas psicológicos y conductuales de la demencia, y atenuar la carga del cuidador”.
 
Las medidas de aislamiento social aplicadas por el estado de alarma tuvieron un impacto negativo en personas con deterioro cognitivo, como señaló un estudio reciente del Servicio de Neurología del Hospital del Mar e investigadores del Grupo de investigación en Neurofuncionalidad y Lenguaje del Instituto Hospital del Mar. En él, se realizó un seguimiento a 60 pacientes con una edad media de 75 años del Servicio de Neurología y el 60% tuvo un empeoramiento cognitivo informado por sus familiares y cuidadores.
 
Es decir, cognitivamente hablando, explica Robles, el colectivo senior ha experimentado un mayor deterioro “por haber abandonado actividades rutinarias como el simple hecho de ir a buscar a los nietos al colegio o hacer de canguros, los talleres, las tertulias, voluntariado, las excursiones del Imserso, etcétera”. Asimismo, añade la doctora, “no hay que olvidar que la depresión puede conducir a una disminución del apetito y de la ingesta, con riesgo de desnutrición y del abandono del tratamiento habitual, lo que favorece descompensaciones de las enfermedades crónicas”. 
 
Al mismo tiempo, incide Robles, medidas drásticas como el confinamiento “ha contribuido a generar sentimientos de soledad, alteraciones del comportamiento como agitación y delirium, que han requerido modificaciones del tratamiento o incluso hospitalización, así como institucionalización por claudicación familiar”. Además, la doctora lamenta que, durante este periodo, “las necesidades y prioridades de salud emergente y cambiante de los pacientes y cuidadores no se han cubierto adecuadamente, anulándose muchas de las visitas de seguimientos en unidades especializadas de demencia”. En definitiva, concluye, esta crisis sanitaria “ha conducido a un empeoramiento de su estado cognitivo, con peor rendimiento funcional, estado de ánimo, comportamiento y sueño”.
 
CASOS DE ALZHEIMER
Las evidencias nos dicen que la pandemia no está teniendo compasión alguna con las personas de mayor edad, pero ¿qué ocurre si además hablamos de pacientes con Alzheimer? La directora de la Asociación de Alzheimer de Bierzo –entidad perteneciente a la Federación de Alzheimer de Castilla y León y a Ceafa–, Ana Pilar Rodríguez Guzmán, argumenta que la pandemia “ha exigido aislamiento, falta de contacto físico, miedo y precaución, casi induciendo a la desconfianza hacia el otro”, y esto “ocasiona una situación de indefensión, donde, hagamos lo que hagamos, seguimos sin poder evitar el peligro”. Todo ello, prosigue, “unido a los efectos perniciosos que en nuestro cuerpo origina el estrés y la ansiedad, son el perfecto caldo de cultivo para que la persona con Alzheimer se vea atrapada”.
 
A los cuidadores familiares y a la población, en general, les resulta muy difícil valorar el nivel de comprensión que tienen las personas con Alzheimer de la situación actual. Por este motivo, indica Rodríguez Guzmán, “nuestros mecanismos de defensa nos llevan a plantearnos que sus capacidades están mermadas y que su comprensión del mundo va en concordancia con lo que creemos que perciben. Esta hipótesis, nos lleva a elaborar conductas de ocultación, con el objeto de protegerles. Pero su respuesta se manifiesta con reacciones de ansiedad, malestar, desconfianza y miedo, al contrario de lo esperado”.
 
A este problema se le añade la propia sintomatología de estos pacientes con demencias graves (déficits en el lenguaje, en el área de razonamiento, en la atención…), lo que según Rodríguez Guzmán “provoca alteraciones en la forma de procesar la información, en el interés por las cosas, así como en la iniciativa para tomar decisiones”. Las situaciones de estrés y los shock traumáticos impulsan el agravamiento de los síntomas de la demencia. “Esto, unido al sentimiento de incomprensión, el bajo concepto sobre sí mismos y la inseguridad que caracteriza a esta enfermedad, hace que el acelerador se dispare y la velocidad del deterioro sea mayor”, reconoce la directora de la Asociación de Alzheimer de Bierzo.
 
PROBLEMAS ASOCIADOS AL INGRESO POR COVID-19
Aparte de las posibles complicaciones derivadas de la propia infección por Covid-19 y de las secuelas físicas tras contraer la enfermedad, el simple hecho de ingresar en un hospital por este motivo puede acarrear otros problemas de salud mental, que en casos de personas con alguna demencia pueden ser graves e irreversibles. 
 
La coordinadora del Grupo de Trabajo de Demencias de la Sociedad Catalana de Geriatría y Gerontología relata que, “en la primera ola, no fue posible la presencia de familiares o cuidadores en los hospitales”, las únicas vías de comunicación con sus seres queridos fueron la llamada telefónica o videollamada y, “en numerosas ocasiones, muchos de estos pacientes tuvieron serias dificultades para reconocer a sus familiares”. Hay que tener en cuenta que este tipo de pacientes con demencia tienen problemas para el lenguaje y su comprensión, y que el ingreso en un centro, sin el apoyo de sus cuidadores y con los sanitarios desbordados por el trabajo, puede convertirse en una verdadera pesadilla: “Tenían dificultades para entender lo que estaba pasando y, a su vez, no podían expresar sus sentimientos y emociones, por lo que pueden sentirse extremadamente ansiosos y tener miedo de entornos desconocidos, presentando confusión y agitación, que acaban siendo tratadas con restricciones mecánicas, aumentando el riesgo de delirium y entrando en una cascada de acontecimientos deletéreos”, describe Robles. 
 
El panorama en los ingresos hospitalarios de una persona con Alzheimer no fue, ni mucho menos, el adecuado. Rodríguez Guzmán asegura que “han recibido un trato que ha empeorado su estado de salud general, ya que el aislamiento ha sido la tónica del protocolo fijado y las personas se han desorientado desde la primera toma de contacto con el ambiente hospitalario”. La falta de recursos y, sobre todo, de profesionales  ha derivado en prácticas que serían desaconsejables en cualquier otra situación. “La ratio de profesionales, por debajo de las necesidades requeridas, ha hecho que se tomen medidas de sujeción, donde estas personas han estado inmovilizadas de pies y manos, para evitar ‘males mayores’, como podrían ser el arrancarse las vías, intentar salir de la habitación y otras conductas que se pueden considerar como peligrosas para la propia salud. Ante esta situación de desamparo la persona con Alzheimer reacciona de forma defensiva”, explica Rodríguez Guzmán.
 
Para estos pacientes se ha tratado de un entorno hostil. “Esta inmovilidad, unida a la edad, a veces avanzada, ha sumado negativamente convirtiendo a la persona en un paciente más frágil y vulnerable”, asegura la directora de la Asociación de Alzheimer de Bierzo.
 
LECCIONES APRENDIDAS
La mayoría de expertos están de acuerdo en que algunas de las medidas restrictivas aplicadas durante la crisis sanitaria deberían haber contado con excepciones, o haberse adaptado mejor a cada caso para no agravar la salud mental de las personas. 
 
No solo han fallado algunas acciones en el estado de alarma, también la forma en que se han comunicado. La doctora Robles estima que “ha fallado la información: cómo se ha gestionado y su credibilidad”. Esta apreciación también la comparte Gutiérrez: “Para evitar el miedo y la incertidumbre, la información ha de ser veraz, contrastada y transparente, ya que las contradicciones o el incumplimiento de falsas expectativas tienen graves consecuencias emocionales”.
 
El ejemplo más próximo lo tenemos en la actual gestión de las vacunas y en cómo se está percibiendo desde fuera. “Si se comienza a vacunar con una vacuna que tan pronto se retira como que se reinicia su distribución para un ‘menor impacto de las consecuencias si no se suministra’ –y no en base a su inocuidad o a la ausencia de efectos secundarios graves–, lo normal es que provoque rechazo en quienes la tienen que recibir”. Gutiérrez añade que, en los casos más graves, esta incoherencia “pueden derivar en el desarrollo de una fobia y un bloqueo emocional frente a la vacunación”.
 
Tras el impacto de la primera ola pandémica, Robles entiende que habría sido el momento idóneo para “aprender sobre cómo se había gestionado esa gran crisis y establecer protocolos de actuación para la siguiente ola”. Entre ellos, la doctora cree que hubiese sido necesario divulgar pautas y consejos prácticos para las personas mayores confinadas, “sobre ejercicios de memoria, de cómo mantener rutinas diarias, hábitos saludables, ejercicio físico y crear a través de redes sociales grupos de apoyo, estimulación o para mantenerse mentalmente activos y comunicados entre sí”.
 
Respecto al modelo de Unidades de Larga Estancia, Rodríguez Guzmán también plantea  modificaciones importantes: “Este cambio debería realizarse sin dilación y debe ir desde lo arquitectónico hasta lo atencional, planteando una filosofía basada en el buen trato”, para facilitar también la vida de los familiares del paciente.
Entre esos cambios estarían la creación de ‘Comisiones de Seguimiento y Control’ formadas por personas pertenecientes al consistorio municipal, asociaciones de Alzheimer, de mayores, etcétera, “que ayudarían a velar por las buenas prácticas basadas en los principios fundamentales de la Bioética”, subraya la experta.
 
La coordinación sociosanitaria es otra tarea pendiente. Durante la pandemia, el apoyo de los distintos estamentos y órganos institucionales han facilitado mucho las intervenciones. “Una buena conexión entre los servicios sociales y los sanitarios puede derivar en una mayor eficacia”, asegura.
 
La crítica que subyace bajo estas reclamaciones de Rodríguez Guzmán es que, en algunas ocasiones, el termómetro que ha marcado las actuaciones de las Administraciones en el estado de alarma no parece haber tenido como máxima prioridad la salud de la población. “Sin salud no podemos salvar el resto de áreas que nos ocupan, ya sea economía, cultura, educación… Hemos aprendido que aplaudir a nuestros sanitarios no es suficiente”, argumenta.