Egipcios. griegos, romanos y persas, y hoy los contemporáneos, seguimos replicando ante los estornudos

Ahora que estamos en plana campaña de la alergia y de los efectos del coronavirus, queremos imformarles que griegos y egipcios consideraban el estornudo como una advertencia divina. Los antiguos pensaban que el estornudo y el zumbido de oídos eran señales que los dioses enviaban a los mortales para que evitaran cualquier acción.

Homero lo refiere en la Odisea, ocho siglos antes de Cristo: “Telémaco estornudó, resonando en toda la casa y Penélope se rió y dijo: ve y tráeme a ese extranjero: ¿no te has dado cuenta de que el estornudo de mi hijo Telémaco confirma cuanto se dijo?”.

Llamaban entonces al estornudo “pequeña muerte” por creer que en ese momento el alma deja momentáneamente el cuerpo. Aristóteles refiere que la gente de su tiempo lo tenía por cosa propia de la divinidad, razón por la que se saludaba a quien estornudaba, diciendo: ¡Vive! Y que Zeus te guarde. En Roma se decía: Salve.

De esa costumbre da cuenta en el siglo I el autor de Vidas paralelas, Plutarco, sacerdote del templo de Éfeso: “Eufrantícides, el adiivino, observó que una llama subía hacia arriba, fuera del recinto del sacrificio, y en ese instante una persona estornudó a su derecha. Cogió a Temistófeles de la mano y le ordenó que sacrificase a los tres prisioneros a fin de que los griegos alcanzaran la victoria”.

Plinio también se hace eco de esta superstición y recuerda que el mismo Tiberio César, hombre insociable, contestaba con un ¡Salud! al estornudo de otros.

Los romanos observaron que el estornudo era presagio de enfermedad y sabían que con estornudos y aparentes resfriados comenzaba a manifestarse nada menos que la peste. Por eso replicaban ¡Salve!= que no te pase nada.

Entre los persas y otros pueblos de Oriente Medio, si se hablaba de un muerto y alguien estornudaba, el que tenía la palabra replicaba: “Gloria a Alá”.

En el siglo VIII Alcuino de York, consejero de Carlomagno decía: “los presagios, las voces de los pájaros y los estornudos deben ser evitados, pues sólo para quienes creen en esas cosas tienen sentido”.

Un cronista santanderino, Tomás Maza, comenta el dicho referido a quien estornudaba, entre gente ruin: “Dios te arrugue. A mí con el tiempo y a ti sin él; aquí tengo el culo: bésame en él”.

Y, amigo lector, procure que no te sorprenda ningún estornudo, por si acaso…