EL IDEAL DE VIDA RELIGIOSA COMO SIGNO CONTRACULTURAL MADRID, 30 DE MAYO DE 2020.   

A LOS SANTOS FERNANDO DE CASTILLA Y JUANA DE ARCO, ROGAD POR NOSOTROS.

El punto de partida de la vida religiosa siempre fue la dedicación total a Dios. Y hubo un tiempo en el que no resultaba algo contracultural, sino todo lo contrario. En este caso podemos afirmar que la vida religiosa refleja la realidad de la Iglesia en la historia: hija de un tiempo y de una cultura de la que se nutre y a la que enriquece, y a su vez, profeta que por fidelidad a Dios resulta rebelde para el mundo. 

Los primeros monjes cristianos partían a los desiertos de Siria y Egipto, hastiados de las grandes ciudades, donde consideraban que la fe no podía vivirse de modo provechoso para el crecimiento espiritual. En el desierto estaban las fieras y los demonios; estos monjes iban a combatir al enemigo a su propia guarida, donde ningún otro hombre tenía el valor de ir. Con el colapso de la civilización romana en occidente y el alzamiento del mundo medieval, la vida religiosa alcanza su mayor fuerza como expresión de los ideales de la sociedad. Y es que, en el occidente medieval, el monje, y posteriormente también el fraile, son el ideal de vida. Toda la cultura tiene sus ojos puestos en la dedicación de los religiosos y religiosas y confía en ellos la salvación de todos, los perfectos y los imperfectos. Algunos reyes y reinas, nobles y caballeros pretenden hacerse “pequeños monjes” practicando un ascetismo y una piedad que, fuera del tiempo medieval, es impensable para estas clases dirigentes. El pueblo llano también pivota en torno a los monasterios, practica ayunos y mantiene estrictamente la regularidad de las oraciones de la Iglesia. Las mismas órdenes militares indican que hasta los guerreros de este tiempo buscan en la austeridad, la ascética, la oración, y la acción caritativa la perfección del servicio a Dios. De la misma manera, predicadores y penitentes dominicos y franciscanos se dedican a recorrer los caminos de Europa, predicando y sirviendo de la manera que haga falta, y siempre desde la pobreza, la castidad y la obediencia. 

No obstante, incluso en la Edad Media como cumbre del cristianismo cultural, la vida religiosa nunca pierde cierto elemento de denuncia a los excesos y carencias de algunos elementos del mundo medieval. Permanece este ideal de vida como encarnación palpable de la perfección de la fe, a la que todos, siervos, nobles, reyes y altos eclesiásticos, han de mirar siempre. 

Si bien el Renacimiento y el surgimiento del humanismo influyen en la vida religiosa, no se puede pasar por alto la Reforma protestante. Sus consecuencias son nefastas para el ideal de los consagrados. En el joven mundo protestante, la obediencia al papa y a la Iglesia es sustituida por obediencia a los príncipes civiles, y el celibato es completamente desechado; se vacían conventos y monasterios, y las antiguas religiosas se amontonan en las puertas de las iglesias para que el príncipe o el obispo reformista les asignen esposo de manera inmediata. La reacción de Trento supone la reafirmación de la vida religiosa y clerical como la perfección, exaltándola por encima de la vida matrimonial. 

Aunque la modernidad supuso un gran cambio, tenemos que señalar a los autodenominados ilustrados y sus revoluciones liberales como un punto de inflexión en la historia del cristianismo occidental. Primero se intenta incorporar a la Iglesia al Estado, convirtiendo a los clérigos en funcionarios. Esto, si bien es la primera vez que triunfa, no era la primera vez que se intentaba, pues hemos visto en el primer protestantismo del norte de Alemania, en los husitas y en el galicanismo, signos de este deseo de nacionalizar las iglesias fuera de la obediencia papal, para romper la catolicidad de la Iglesia. 

Es en este tiempo, nieto de la Ilustración, donde la vida religiosa ha pasado de ser el culmen de la cultura a ser un signo contracultural. 

La pobreza evangélica tiene un doble frente. Por un lado, denuncia a un capitalismo y una sociedad consumista muy fuerte, señala con dureza profética a la exaltación del éxito laboral y el dinero como meta última de la vida. El ejemplo de triunfo de la sociedad ahora está en los deportistas y las modelos. Ahora más que nunca, la pobreza es signo del Reino, señalando que los favoritos de Dios están realmente lejos de donde la mayoría de las personas contemporáneas ponen los ojos. Por otro lado, hay una denuncia mucho más dura, contra la pobreza como justificación del odio: el marxismo. Hoy día, el comunismo institucional se ve lejano en occidente, aunque sigue llevándose a muchísimos inocentes por delante en países de América del Sur y Asia. Sin embargo, en nuestra sociedad, el marxismo de la URSS ha dejado paso a un marxismo cultural, floreciente en institutos públicos y universidades. Este neomarxismo se ha hecho enormemente fuerte en los viejos ideales de pobreza revolucionaria, pero mucho más en los de la libertad ilimitada e irresponsable. Esta corriente de pensamiento ha calado profundamente en todos los ámbitos de nuestra sociedad, y tiene otro gran sello de identidad en el odio enfermizo por el pasado, creando una exageración de la brutalidad, crueldad y oscurantismo de nuestra historia. Busca que nieto se avergüence de su abuelo y de la sociedad en la que se crio, y forma de esta manera otra generación de jóvenes (y no tan jóvenes) que se ven como salvadores ante una historia de represión religiosa, tradicional y patriarcal.

Frente a esta pobreza vengativa y orgullosa, la pobreza evangélica es signo contracultural. La pobreza de San Francisco o Santo Domingo era sincera y no impositiva, recordaba, pero no clamaba, es una pobreza que respeta a ricos y pobres, que busca una manera humilde de servir a Dios, y no pretende derribar catedrales ni palacios, no se revuelve contra sus padres ni maldice al mundo que le dio la vida. La polarización del mundo entre capitalismo liberal o socialismo ha hecho que los católicos del mundo se acumulen en una u otra postura, por eso no ha faltado un catolicismo que se acomoda al sistema consumista o que coquetea, con infantil imprudencia, con los ideales del marxismo. La pobreza evangélica que intenta expresar la vida religiosa (con sus imperfecciones) no deja de ser el ideal cristiano de humildad, respetuoso con los que tienen y atento con los necesitados, intenta animar la caridad de unos con otros, y tiene un fuerte compromiso por la justicia social. Pero este compromiso, el cristiano ha de buscarlo en la tradición de su fe, en el propio Cristo, y no en las ideologías revolucionarias, porque sólo en nombre de Dios hay verdadera justicia. 

La obediencia es, según muchos el más duro de los votos religiosos. Todos obedecemos a alguien a lo largo de nuestra vida. Podemos hacer de esta obediencia una virtud de humildad y de disciplina, o podemos revolvernos con rabia y compadecernos de nosotros mismos, pobres que no tenemos más remedio que obedecer. La obediencia religiosa, como todo lo religioso, no busca la anulación de la persona ni de la vida sino su máximo desarrollo. Jesucristo fue por definición el obediente, el que vivió tan sólo para cumplir la voluntad de su Padre y Señor. La contraculturalidad de este voto es enorme, pues hoy día, sobre todo los jóvenes, hijos todavía de la Ilustración, nacemos inoculados de un espíritu individualista que se nos refuerza en la sociedad actual. Por todas partes discursos de cómo el futuro nos pertenece, de cómo no hay límites para nosotros, de cómo podremos lograr cualquier cosa que queramos, y naturalmente, que sigamos nuestro criterio el primero de todos. Se ve como una virtud la insumisión, la rebeldía sin mayor causa que la rebeldía misma. Arrodillarse, reconocer la superioridad, reconocer la autoridad, se ve indigno. Para el cristiano ha de ser su mayor orgullo.

Frente a las generaciones que se glorían en no tener Dios, ni patria, ni familia, el cristiano ha de ser el que se arrodilla ante su Dios, sirve con tranquilidad a su país y honra a su familia. El espíritu de la sociedad actual, que busca la libertad ilimitada, propone que el ser humano alcanzará su mayor desarrollo cuanto mayor sea su grado de independencia. Las religiones de los hijos de Abrahán van frontalmente en contra de esto; sólo en su humilde servicio y obediencia a Dios y a su pueblo, el ser humano alcanza la plenitud. El heroísmo no está en luchar para lograr lo que uno desea, como se nos quiere transmitir, sino en entregarse al servicio de Dios, y, por tanto, de los hermanos. Jesucristo fue la persona más libre que jamás ha existido, y su voluntad fue una con la del Padre, porque la libertad que nos da el Hijos no es la que nos quiere dar el mundo, es una libertad que pasa por el servicio, la obediencia, y si es preciso, por el sufrimiento. Nada para uno mismo, todo para Dios y los hermanos. Podemos rastrear esta máxima en Cristo y en todos sus santos, y debe ser la que nos guíe. Ahora, la obediencia como negación de uno mismo y libre entrega por el Reino de Dios, es un fuerte signo que señala en dirección contraria a las mareas que claman por una libertad desenfrenada. 

El voto de castidad puede ser, en los últimos diez años, el que más significado ha cobrado como oposición a la cultura contemporánea. La castidad es lo primero que señalan, o que le viene a la mente, a todos los que piensan en el sacerdocio o la vida consagrada. Y es un signo de identidad profundamente cristiano. Si bien el judaísmo y el islam han subrayado la importancia de la pureza y moderación sexual, el voto de castidad se lo debemos en su mayoría a la fe cristiana. Cristo lo vivió como dedicación total a Dios, y así cobraría identidad desde entonces; hay eunucos que se hacen tales por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda (Mt 19,12). En el cristianismo occidental, se fue implementando progresivamente durante la primera etapa de la Edad Media para todo el clero, culminando en la reforma gregoriana, donde la Iglesia dejó de ser una confederación de obispados para ser una unidad espiritual y administrativa desde la Sede de Pedro. Es muy difícil negar la hipersexualización que nuestra sociedad padece en extremos que rozan lo patológico. Cine, series de éxito, novelas… lo sexual rebosa por todos lados, mostrando lo invasiva que se está volviendo la sexualidad en la mente de los occidentales del siglo XXI. El sexo se ha vuelto algo tan natural como el respirar, y la virginidad, que antes se veneraba por su coraje en la entrega a la causa divina, es ahora un insulto. De manera infantil, muchos piensan que esto es la liberación de la represión sexual acumulada por siglos de domino de las religiones de los hijos de Abrahán. Estos mismos no se detienen a pensar, por un momento, el motivo de esta “represión”. Quizás el hombre contemporáneo necesita que le recuerden por qué las religiones del desierto han buscado la regulación de la sexualidad y su armonización en la sociedad y en la familia. Quizás es porque estas religiones, sabias y antiguas, saben que el desenfreno sexual, una vez se le quita la cadena, es difícilmente domable, y que se apodera de los cuerpos y las mentes de las personas, anulándolas para muchas otras cosas. En los días en los que escribo, el cuerpo ha sido totalmente esclavizado por el sexo, gran parte de la salud y estética corporal está destinada a fomentar el atractivo. Olvidan que el cuerpo tiene un precioso valor en sí mismo, y no necesita buscarlo en la centralidad del placer. Y de la misma manera que esclaviza al cuerpo, esclaviza también a la mente, hasta alienar a una sociedad por completo. Aquí, la vida religiosa muestra su oposición más profética; el hombre y la mujer pueden alcanzar su plenitud desde el celibato, y no por ello serán menos hombres o menos mujeres, sino que lo serán de manera plena. Al igual que los otros dos votos, la castidad no busca la reducción de la persona sino su plenitud. La sexualidad no debe admitirse con simple carácter de igualdad entre las emociones elementales o los actos de la vida física como el comer y el dormir. En cuanto el sexo cesa de ser un siervo se convierte en un tirano[1], nos advertía Chesterton. Si se pone el acento de la vida en resultar sexualmente atractivo, como estamos peligrosamente cerca de hacer, se lleva a la sensación de fracaso a muchos jóvenes, hombres y mujeres cuyos talentos y capacidades están eclipsados y alienados en la absolutización del sexo y la búsqueda del placer. Realmente, pocas cosas expresan mejor la llegada del reino de Dios que la castidad. Es el indicador más fuerte de que hay otros caminos, y que el fracaso sexual, el peor enemigo de la sociedad, es un espacio tan privilegiado como la pobreza donde Dios se manifiesta. Una vez más, el Reino y los favoritos de Dios están en la dirección contraria. La castidad conyugal y familiar es tan importante como el celibato religioso, porque expresan lo mismo: una purificación del verdadero amor y la definitiva redención de lo masculino y lo femenino. 

La vida religiosa, como búsqueda radical de Dios, sigue estos ideales no como para un grupo de élite, selectos y elegidos, sino en la unidad del Pueblo de Dios. Esto significa que la vida religiosa no expresa otra cosa que la fe de la Iglesia y la vivencia por el Reino anunciado en el Evangelio de Jesús, el Cristo. El religioso expresa con mayor cercanía su fe, pero también la de sus hermanos laicos y religiosos, y la de todos los cristianos detodos los tiempos y lugares. La pobreza es expresión de la austeridad y piedad con la que los cristianos se relacionan armoniosamente con las cosas materiales.  La obediencia es expresión de la humildad que todo cristiano, de cualquier condición, ha de tener. La castidad es expresión de la fidelidad y el respeto al cuerpo, a los individuos y a la familia. Como vemos, estos votos sólo buscan negar el pecado, no del religioso, pues es pecador como tantos otros, sino mostrar el rechazo de toda la Iglesia al pecado. No buscan negar la vida, sino integrarla en la fe con armonía, darle plenitud, porque el camino más abrupto es el más directo, el más verdadero, y sólo entregando la vida se encuentra la vida misma.

Que el Señor regio, pobre y obediente, y su Madre María Santísima, nos bendigan a todos.

Pax et bonum.

[1] G. K. CHESTERTON, San Francisco de Asís.