La destitución de doña Cayetana Álvarez de Toledo confirma el acercamiento de la principal fuerza de la oposición a la revolución comunista y separatista que se ha instalado en Moncloa, y a que ya apuntaba la pasividad —un término muy apropiado para la presente situación— del PP respecto el gobierno socialista. Y es que lo que en un primer momento constituía un voyerismo del ménage à trois entre PSOE, el separatismo y Ciudadanos, ha dado paso al acoplamiento definitivo del observador, quien desde hacía tiempo parecía deslizarse por el tálamo, e incluso rozar ligeramente el terceto político al mando del ejecutivo.

Esta escena, que de no ser por el elevado número de participantes de sexo masculino recordaría la obra maestra La mamain et la putain, es la que ha llevado a la implantación del anticonstitucional “estado de alarma”, que ha dejado tras de sí una tasa de paro del 15,33 % (40,8 % en los jóvenes), y que según las optimistas cifras del Banco de España llegará casi al 25 % en 2021 (y que realmente ascendería a aproximadamente al 35 % si sumamos los 3,38 millones de  afectados por ERTE y potenciales desempleados); en el marco de una caída del PIB del 15 %.

Esta destitución constituye la culminación de un proceso de extrema gravedad para el país, y que se advertía de forma cada vez más clara en los últimos meses, de la suspensión de un proceso que se percibía como un giro a la derecha del PP, y de afianzamiento en su línea política en dirección a consolidarse como la fuerza principal —y más eficaz— de la oposición.

No obstante, la posibilidad de una decisión como la tomada se antojaba muy real, teniendo en cuenta el hecho de tratarse de la única personalidad política con criterio propio en la actualidad; la cual, de la misma manera que el personaje de la canción de Joaquín Sabina, El capitán de su calle, se ha caracterizado por llamarle siempre al pan, pan, y al vino, vino. Por otro lado, es comprensible que haya resultado incómoda la irrupción de esa aguafiestas de la política del pensamiento único, el enchufismo (de creación de ministerios enteros para las novias/señoras de los miembros del gobierno), el clientelismo y la hipocresía en unos niveles que superan el entendimiento humano.

Y es que doña Cayetana Álvarez de Toledo es una rara avis de la política, que nunca ha dudado en decir las verdades que el discurso dominante había conseguido reducir a simples excentricidades, vetustas creencias de épocas pasadas.

Pero más allá de las cuestiones ideológicas, lo que es realmente admirable, es el hecho de haber dicho a la cara, con el lenguaje directo (aspectos estos por los que, insisto, siempre ha destacado), lo que no es sino una verdad (de la que los sujetos en cuestión se enorgullecen, y que, además, se recompensa económicamente por lo establecido en la totalitaria Ley de Memoria Histórica), en respuesta a la vil, ruin y repulsiva descalificación por la filiación  de la diputada popular por parte del sujeto Pablo Iglesias. Tan despreciable como la propia burla ha sido la falta de apoyo por parte de Casado y el resto de dirigentes del PP, por los indignos ataques que ha recibido Álvarez de Toledo, por el simple hecho de defenderse.

Además de lo expuesto en el párrafo anterior, lo que ensancha el infranqueable abismo que media entre la XIV marquesa de Casa Fuerte y el resto del panorama político —dominado por entero por la mediocridad y la vulgaridad—, es su nivel intelectual. El nivel no sólo de formación —infinitamente superior a la de cualquier líder mundial actual, por no hablar del resto de miembros del Congreso (doctorada en Oxford, con uno de los mejores historiadores del mundo como supervisor, y con una producción científica prodigiosa) —, sino de inteligencia, y que la convierte en la única política digna de la presidencia del gobierno.