Tristitia de bono alterius in quantum est

diminutivum propiae gloriae et excellentiae

 

Todo lo que había llegado a realizar en su vida había estado motivado por el vano afán de pretender saberse la más envidiada de sus conocidos. Desde allá donde pudiera recordar, Ana había calibrado cada milímetro, cada detalle, cada instante minuciosamente, sin otro interés que provocar ese insano deseo. Así fue su proceder desde donde quisiera recordarse.

Sobrepasaba escasamente la barrera de los treinta años, pero por dentro, y en cierta medida por fuera, su cuerpo y su espíritu eran realmente los de una vieja. Todas sus energías las había malgastado en pretender aparentar estar por encima de los demás, todos los esfuerzos empleados en provocar envidia habían consumido sus mejores años y, ahora, sintiéndose abandonada, se preguntaba qué era lo que había podido suceder para terminar sola y sin nadie a quien confiarse. Refugiada en su antigua casa familiar, entre las paredes que le habían visto crecer, recordaba todos los años perdidos, malgastados en pequeñeces y cuestiones sin sentido. A media luz, sentada en el cómodo sillón de cuero de aquel vetusto y burgués despacho familiar, con la mesa desperdigada de fotos y vestigios de años mejores, divagaba entre los recuerdos y no hallaba otra cosa que tristeza, amargura y soledad. Ana llevó su memoria hasta los tiempos en que en ella no había comenzado aún a anidar el extraño e insidioso veneno de la envidia, los días de su infancia junto a sus padres y sus hermanos, cuando por lo que vivir era únicamente el jugar e ilusionarse ante cualquier cosa nueva y todo resultaba más sencillo. De aquellos tiempos apenas quedaba nada en su memoria. Más tarde llegó el instituto, la universidad y todo su mundo cambió sin poderse explicar exactamente cómo. Vinieron en tropel nombres y caras de personas que creía ya olvidadas para siempre. De repente recobró al instante, con claridad, todo un mundo al que había dado por perdido definitivamente muchos años atrás. Ahí estaban en algún rincón de su cerebro los compañeros de clase, sus profesores, el vivísimo recuerdo de su abuela, de todos aquellos que compartieron su vida en el barrio, sus novios, sus padres y hermanos, su marido, las personas que habían desfilado por su vida. Pero sobre todas las cosas tenía presente la imagen de aquel hijo que tan repentinamente, y sin pedir permiso para salir de este mundo, murió apenas habiendo cumplido los siete años.

La envidia que había causado y sentido le incomodó y angustió de tal grado que, deseaba con todas sus fuerzas volver a nacer, pretender poner remedio a todo lo hecho. Se sintió insignificante al pensar de qué manera deseó tantas veces privar de bienes, expectativas y esperanzas, a tantas personas que legítimamente los habían conseguido y al que ella, por su impotencia, no había logrado alcanzar. Por ello, este deseo de arrebatar al otro lo más preciado con lo que pudiera contar, le condujo a procurar por otros medios a desposeerles o de hacer ver a otros, con el uso del chismorreo, que su prójimo no debería o no merecía lo que tenía. La mentira, la traición, la intriga, el oportunismo, le habían hecho desembocar en esta tristeza frente a la dicha ajena y a su propia incapacidad de acceder a tales bienes.

Como si de una revelación se tratase le fue concedido el poder vislumbrar nítidamente cómo todo por lo que había luchado con tanto afán había resultado tan vano. A fin de cuentas, de qué le servía todo lo conseguido ahora que conocía con exactitud los pocos meses que le restaban de vida y que debía afrontarlos sola, pensaba en los más profundo de sí misma. Echada sobre la mesa, con los brazos rodeando su cabeza, lloró amargamente.