En este Occidente del siglo XXI, presuntamente regido por la Razón y la Ciencia, muchos se permiten juzgar el pasado con aires de superioridad. Con frecuencia,  las costumbres de nuestros antepasados se etiquetan como retrógradas o estúpidas, y con extrema ligereza se descalifican sus creencias como tonterías o necias supersticiones. Sin embargo, por más que halague nuestra vanidad pensar lo contrario, no somos mejores que quienes nos precedieron. Y acaso peores por semejante presunción y arrogancia. Nos reímos de los tópicos de épocas pretéritas, pero resulta interesante constatar la extensión de los que rigen la nuestra, tan “avanzada”. Algunos de estos lugares comunes especialmente ridículos –como el que motiva este texto–, tienen por valedores a científicos, intelectuales y profesores.

Todavía en 2017, José Jiménez Jiménez, ilustre doctor en Filosofía y catedrático de Estética y Teoría de las Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Madrid, defendía en el periódico ABC que “pintar como un niño es lo más difícil”. (Entrevistado por Laura Revuelta en ABC Cultural, Madrid, 22-01-2017).

“Lo más difícil es pintar como un niño”. Una frase. ¡Cuántas veces la habremos oído!

¿Pero cómo que lo más difícil es pintar como un niño? ¿Lo diríamos de cualquier otra actividad? Seguramente, no. Sin salirnos de las artes, un músico, musicólogo, o, simplemente, melómano, no dirán nunca que lo más difícil o lo más meritorio es tocar  un instrumento como un niño, por más que el talento apunte a edad temprana. Pues dejando aparte la inevitable alusión a la excepcional precocidad de Mozart, se entiende que el músico austriaco no es, precisamente, el modelo al que atiende el vocablo “niño”. Y así sigue vigente una disciplina y una formación reglada en los Conservatorios.

Ahora bien, se dirá que la frase en cuestión no puede interpretarse literalmente, sino que hay que comprender su sentido, su carácter simbólico. Que es una reivindicación poética de la inocencia incontaminada, metáfora de la creación pura… Es decir, retomando la tesis de Nietzsche en su discurso “De las tres transformaciones” del espíritu, una reivindicación nihilista de la liberación de toda carga: “El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí. Sí, para el juego de la creación, mis hermanos, se necesita de un santo decir sí. Ahora el espíritu quiere su voluntad, quien se extravió del mundo conquista ahora su mundo”. (Así habló Zaratustra).

 

Pero el caso es que esta interpretación simbólica o metafórica ha tenido un efecto nada simbólico y sí muy palpable en las artes plásticas y la pedagogía, al asumirse literalmente la sacralización del niño y la negación de la misma posibilidad de objetividad en la pintura o la escultura. Convirtiéndose en coartada bajo la que encubrir la mediocridad.

¿Y si trasladáramos la ocurrencia a otros terrenos? Por ejemplo, al campo de la Física, la Química o las Matemáticas. Los premios Nobel o el premio Abel de Matemáticas establecen –todavía– una jerarquía académica. ¿Podríamos imaginar la disolución de las Academias Sueca y Noruega? ¿Y que su desaparición diese paso a la nada? O, como sucedió con la aniquilación de las Academias de Bellas Artes a manos de las vanguardias, ¿entenderíamos que tras la voladura de las Academias de Ciencias se otorgasen medallas y el reconocimiento de la crítica y del pueblo a infantiles experimentos con Quimicefa? Evidentemente, no.

Parece lógico que cualquier actividad digna de respeto exija un adiestramiento para ser dominada, y una cierta perfección para ser valorada. Y sólo en la medida en que alcance la perfección aludida despertará nuestra admiración. El virtuosismo, la excelencia, establecen naturalmente una jerarquía. Algo que admitimos en casi todos los ámbitos, pero que, desde hace más de un siglo, se niega o trastrueca en las artes con pertinaz insistencia.

Según ya se ha apuntado, los antecedentes de la frase de marras se remontan a la involución propiciada por las llamadas vanguardias. Una involución de la que tenemos abundantes ejemplos documentados. Paul Klee (1879-1940) escribía en su Diario, en 1912, lo siguiente: “los comienzos absolutos del arte pueden encontrarse todavía, únicamente, en los museos de etnografía o en casa de uno mismo, en el cuarto de los niños”. Idea semejante a la plasmada por August Macke (1887-1914) en la revista El Almanaque, del grupo Der Blaue Ritter (El jinete azul): “¿No son los niños, que construyen directamente con los secretos de sus emociones, más creadores que los imitadores de las formas griegas?” (“Las máscaras”, mayo de 1912, Editorial Planeta-Paidós, Barcelona, 2019, p. 62).

Obsérvese aquí no sólo la magnificación de la creatividad infantil, sino la paralela e insidiosa devaluación de la formación académica clásica, implícita en la retórica pregunta. Maliciosa reducción de la Academia a mera fábrica de copistas, y de sus miembros a una suerte fallida de seres amaestrados sin personalidad propia. La misma tesis reiterada por su amigo Kandinsky (1866-1944): “En cada dibujo infantil, sin excepción, la resonancia interior del objeto se manifiesta por sí misma […] En el niño hay una inmensa fuerza inconsciente que se expresa en sus dibujos y que pone la obra infantil en el mismo nivel (¡y frecuentemente mucho más alto!) que la obra de un adulto […] La enseñanza académica es el medio más seguro de liquidar el genio infantil […] Incluso el mayor y más fuerte talento es más o menos frenado por la academia […]. Los talentos más débiles perecen a centenares. Un hombre […] instruido académicamente, destaca por haber aprendido lo práctico-utilitario y por haber perdido el oído del sonido interior. Un hombre así, entrega un dibujo ‘correcto’, muerto.” (“Sobre la cuestión de la forma, El Almanaque, ibíd., pp. 159-160).

El ataque a la tradición encarnada en “lo académico” es paralelo a una victimización de una infancia presuntamente atacada. Y, de forma no muy sutil, se invita a asociar lo uno a lo otro. Es decir, se procede al señalamiento de un culpable, la tradición, del ataque a la creatividad encarnada en el inocente niño. Estableciendo así el enfrentamiento entre lo antiguo y lo nuevo; y, más allá, entre lo viejo que sojuzga y lo sometido que pugna por emerger. Por supuesto, la santa invocación a la protección de los débiles concita de antemano una afinidad emocional inmediata en el lector u oyente, que, inclinado favorablemente hacia tan nobles sentimientos, se siente predispuesto a compartir las conclusiones que se le ofrecen. Derivadas que acepta complacido consigo mismo, con su sentido crítico desactivado.

Podrá argüirse que esta fórmula, tan antigua como rastrera, no es sino burda argucia; y, por supuesto, que no pasa inadvertida al atento. Pero, sin duda, es capaz de arrastrar a un gran número de individuos. ¿Quién se arriesgaría a emitir un juicio negativo o severo respecto a las teorías de Kandinsky y pasar así por insensible? ¿Y cuántos no se verán tentados a señalar con su dedo acusador al insensato que parezca oponerse a esa entelequia totalitaria del “sentir de la mayoría”?