La memoria histórica

Mucho se ha comentado sobre la posición del Papa Pío XI respecto a la España que combatía en la guerra civil en el bando nacional, en esa pugna de los católicos nacionalistas vascos por lograr la primacía de las relaciones con la Santa Sede. Son muy abundantes las misivas papales que prueban sus preferencias. Desafiaron algunos a los nacionalistas vascos para que aportasen documentos de aprobación pontificia; y así lo hicieron los católicos no separatistas, tal y como recordamos hoy aquí.

Pío XI, como Vicario de Cristo, presentó con toda crudeza la persecución de los católicos en la España republicana. También les llegó la protesta a los vascos por formar parte de un conglomerado político que perseguía a la Iglesia y a los católicos, y por las matanzas y martirios que se produjeron en Euskadi y en el resto de España.

Desde el inicio de la confrontación entre los españoles, la representación diplomática de la Santa Sede ante el Gobierno “legal” quedó vacante, aunque el Papa nombró a un confidencial representante suyo ante la España de Franco, el cardenal Gomá. Luego asignó como Delegado Apostólico del Pontífice en la España Nacional al cardenal Ildebrando Antonuitti, con la categoría arzobispal, que tuvo una significación especial para la diplomacia vaticana.

Habla la Jerarquía de la Iglesia

Algunos quisieron ver en aquel nombramiento, entre ellos los vascos, como una reprobación papal. Pero escuchemos la voz de Pío XI en estas declaraciones: “Cuanto  hay más de humanamente humano y más divinamente divino: personas sagradas, cosas e instituciones sagradas; tesoros inestimables, e insustituibles  de fe y de piedad cristiana al mismo tiempo que de civilización  y de arte; objetos preciosísimos, reliquias santísimas; dignidad, santidad, actividad benéfica de vidas enteramente consagradas a la piedad, a la ciencia y a la caridad; altísimos jerarcas sagrados, seglares de toda clase y condición, venerables ancianos, jóvenes en la flor de la vida, y el mismo sagrado y solemne silencio de los sepulcros, todo ha sido asaltado, arruinado, destruido con los modos más villanos y bárbaros, con el desenfreno más libertino, jamás visto, de fuerzas salvajes y crueles que pueden creerse imposibles, no digamos a la dignidad humana, sino hasta la misma naturaleza humana, aún la más miserable y la caída en lo más bajo”.

La postura del Pontífice se corona con el nombramiento de Gaetano Cicognani, arzobispo titular de Ancira, para Nuncio de Su Santidad cerca del Jefe del Estado español. Viena era Nunciatura de privilegio, como España, y Cicognani era Nuncio en Viena, de donde no se iba a otra Nunciatura. Todo un gesto de cariño del Papa por España.

Todavía Pío XI tendría un gesto de reconociminto especial hacia los niños, a causa de la repatriación de los niños vascos, injustamente derramados como mercancía de propaganda por muchos países.

Aquella España no republicana no tenía tantas prisas como los nacionalistas vascos; mira al Vaticano, lo encuentra propicio por sus palabras y por sus hechos para exclamar: Ubi Petrus, ibi Ecclesia: donde está el Papa, allí está la verdad, la Iglesia.

Pro tempore belli

Cuando la España de Franco había desechado la condenación del Pontífice, la autoridad religiosa en las provincias vascas publica una Pastoral conjunta de los obispos de Vitoria y Pamplona en el Boletín Eclasiástico de la Diócesis, el 1 de septiembre de 1936, en la que condena a los sedicentes católicos vascos que luchan contra España, unidos a comunistas, anarquistas, socialistas, etc. Ya el 24 de agosto de ese mismo año el Dr. Múgica, obispo de Vitoria, ordenaba la oración pro tempore belli en la Misa, para conseguir del Dios de los Ejércitos que triunfen de los enemigos de Dios y de España, aunque entre algunos clérigos vascos no se dijera esta oración ni se diera a conocer a los fieles la doctrina de su obispo.

Non licet

En ese momento crucial surgió esta condenación precisa: “Hijos amadísimos. Nos, con toda la autoridad de que nos hallamos investidos, en la forma categórica de un precepto que deriva de la doctrina clara e ineludible de la Iglesia, os decimos: Non licet. No es lícito, en ninguna forma, en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra, última razón que tienen los pueblos para imponer su razón, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo”.

Lo que sigue es aún más determinante al adquirir el valor de una fuerte condenación: “Menos lícito, mejor, absolutamente ilícito es, después de dividir, sumarse al enemigo para combatir al hermano, promiscuando el ideal de Cristo con el de Belial, entre los que no hay compostura posible; y el ideal, prescindiendo de otros que quizás quieren conservarse incontaminados, es el exterminio del enemigo, del hermano en este caso, ya que la intención primera de toda guerra es la derrota del adversario”.

Con estas palabras, el separatismo vasco quedaba condenado por la Jerarquía propia por dividir las fuerzas católicas y por luchar con enemigos de Dios y de la Iglesia.